
Por Nicolás Alonso
Uno de los slogans más utilizados por el gobierno de los Kirchner es “Crecimiento con inclusión”. Pero cabe preguntarse: ¿quién crece y a qué costo? ¿De qué manera? Es que la idea del crecimiento económico medido en torno al producto bruto interno es un modo de comprender el desarrollo que no se pone en tela de juicio, ni hacia la derecha, ni hacia la izquierda. De esto, precisamente, se trata Decrecer con equidad (Ediciones Ciccus), un compendio de artículos coordinado por Lucio Capalbo en el que el razonamiento va a la médula del paradigma del consumo y el crecimiento, intentando poner sobre la mesa los límites que el planeta y las sociedades humanas le imponen a esa concepción incuestionada de “progreso” humano.
Es curioso el comportamiento de muchos gobiernos latinoamericanos en la era “post neoliberal”. Son gobiernos progresistas resignados, vaya paradoja. En su mayoría, son gobiernos nutridos por cuadros políticos provenientes del campo de la izquierda. Es decir que son los de aquellas personas que creen que es necesario modificar un status quo de por sí injusto e irracional. Algunos, incluso, pusieron ese espíritu transformador al servicio de organizaciones en las que la lucha armada era la herramienta central de transformación. Sin embargo, todos ellos reconocen limitaciones insalvables. Critican el modo de producción del capitalismo financiero, pero asumen que deben vivir en él de la manera más prudente posible. Están resignados a la supremacía del afán de lucro como rector de la vida humana, por sobre el resto de las características propias del hombre. Por eso se torna tan necesario, en una Argentina convulsionada a partir del descubrimiento, en sus entrañas, de reservas de petróleo y gas no convencional, pensar las cuestiones relativas al desarrollo. Este libro puede ser un eje sobre el cual reflexionar no sólo en torno a los límites ambientales, que no tienen que ver con tal o cual técnica de producción de bienes, sino con un estilo de vida y una particular manera de concebir al hombre como mero consumidor.
Además, también articula la reflexión en torno a la defensa medioambiental con la iniquidad social, con las rupturas paradigmáticas en diversas áreas de la ciencias, con el modo de organización política de las sociedades y comunidades. En fin, con todos los aspectos que definen la particularidad del hombre que, aunque se lo niegue sistemáticamente, no se reduce a su rol en el mercado. Cita Capalbo a un joven aymara: “Venían los gobiernos y nos decían que éramos pobres; venían las ONGs y nos decían que éramos pobres; venían los de la iglesia y nos decían que éramos pobres. Y nosotros nos creíamos pobres. Un día nos reunimos en comunidad y vimos cuánta riqueza teníamos: en tradiciones, afecto, sabiduría ancestral, vínculos comunitarios, conocimiento de la Naturaleza. Y el solo hecho de romper con la visión de esa pobreza, la pobreza del dinero tal como la entiende el pensamiento hegemónico, nos liberó y nos permitió iniciar nuestro propio proceso endógeno, emancipado de la imitación de todo modelo foráneo”.
Esa visión global pero no globalizante de la condición humana es la que valoriza este libro. Aquéllo que se engloba bajo el título “nuevo paradigma civilizatorio” y hunde sus raíces en una perspectiva que no aísla la cuestión medioambiental en una meramente técnica. Esto es: no restringe el asunto a la manera en la que el hombre produce los bienes que consume, la energía que utiliza y los desechos que aquel proceso deja. Lo cual redundaría en una solución técnica, como la utilización de energías más limpias, el reciclado de desperdicios y el consumo responsable. Por el contrario, del libro surgen indicios para pensar una salida en clave civilizatoria. Mostrando cada elemento que actuó en la génesis de la cultura hegemónica occidental y, a su vez, descomponiendo cada dispositivo de esa lógica en la actualidad. Y poniendo a la luz, de esa forma, la irremediable aporía a la que se enfrentan las generaciones futuras.