En su debut solista, un disco completo, complejo y profundo, el además Le Microkosmos le canta al amor y a la vida, en un clima de ensoñación mental y embriaguez emocional.
Por Luis Paz
Buenos Aires, noviembre 22 (Agencia NAN-2010).- Un disco llamado En busca del beso mágico no debería trasmitir menos que belleza, ternura, angustia y fantasía. No le iría bien otra ropa que la de historia circular, la de una historia de muerte y resurrección. Y tal vez no debería tener otro objetivo que andar el camino. En su primer disco como solista, Guillermo Beresñak (de Le Microkosmos) no se queda corto en ninguno de esos intentos y propone un relato en plan cinta de Moebius: la onda propia y la ajena en movimientos de explosión y depresión y con una única posibilidad de equilibro, entre infinitos puntos posibles. Al amor –o eso que se parece a su definición– y a la vida –o eso que se parece al amor– es que le canta Beresñak.
Que canta, simplemente. Porque detrás viene una instrumentación (vocal también) de una fineza y ubicuidad intachables, compuesta por él, también, pero muy bien interpretadas por Burbujas Amarillas, un colectivo del que de verdad bajan unos y suben otros: Santiago Mundo, Héctor Correa, Martín Benito, Pablo Retamero, Soledad Napal, Juan Ignacio Serrano, Marcelo Von Schultz, Sergio García Marín, Martín Ignacio Farina y Rafael García. Todos bárbaros.
El desgarro emocional con el que Beresñak entra a “Sin moverse”, la canción que abre este disco de canciones que no quieren ser de despedida, es conmovedor. “¿Dónde está la verdad?”, se pregunta al final. ¿Es ella el beso mágico? ¿O hay un beso más mágico aún? Tal vez esas estaciones sean las que propone desandar este disco clavado en el eterno flashback del amor, en el que Beresñak parece intuir en la acción de cada canción la contracción de la próxima, proyectando también a futuro (en el disco) una situación de la que igualmente no podrá escapar (es el amor, idiota). Algo así sucede entre el “pasa que no entiendo qué pasa cuando vuelve a pasar” de la narcótica “Martes 13” y el “pasa que no entiendo qué pasa cuando pasan las cosas” de la impresionante pieza de pop clásico “Quiero saber”.
En “Señales de humo” retoma de “Sin moverse” aquello de “todo sigue dando vueltas sin moverse del lugar” y ahora propone: “estoy girando sin moverme del lugar”. Eso que venía del otro, ahora se continúa en mí y viceversa. Cinta de Moebius, bah. La infinitud de una vida más in-certera que in-cierta. “Por más que sigas arrancando tu piel, no acabarás por sangrarlo todo”, tranquiliza en “Vuelve a suceder”. “Vuelve”, reincide: otra vez acá ese demonio, esa deidad y este purgatorio de la vida que nunca termina de oler bien.
La desazón se vuelve fantasía en “Serpientes”, donde los miedos acechan. Miedos varios: el miedo a la muerte que se convierte en ciencia ficción, el miedo a la soledad que se convierte en fábula (moraleja, moraleja, yo sabía, yo te dije, yo, ¡superyo!) y el miedo a la dependencia que se convierte en paralizante porque ahora también hay que recibir las explosiones y las depresiones de la onda ajena. Tal vez por eso Beresñak rompe los espejos de su casa y grita.
“No te vayas”, canta después, entre que la puerta se abre y se cierra. Y no es una figura: en el disco, al comienzo del tema se oye una puerta abriéndose. Al final, otra cerrándose. ¿O es al revés? Investigue usted según su humor. El picaporte de esa puerta y de todo el disco está en la magnífica producción del mismo Beresñak, deudora del muy buen trabajo de mezcla de César Silva en el estudio El Hornero. La decoración de la historia es fabulosa: si las canciones son acerca del erotismo y la filo-tanasia (o como se le diga al asesinato del amor), la post producción viste esa tensión de relato quimérico, la vuelve singular con arreglos que ayudan; y En busca del beso mágico adquiere un clima de ensoñación mental y embriaguez emocional. Es un disco que se va completando, en cada escucha, un vidrio a desempañar una y otra vez. Sí, también, como la vida, el amor o lo que usted desee entre sus frustraciones y sus obsesiones.
En “Por los días de sol”, Beresñak directamente intenta la verdad: lo eterno. Y no le vamos a contar el final de la película. Pero ya sabe cómo son estas historias: de muerte y resurrección. Y así el disco vuelve a empezar y esta vez es más complejo, más completo y más profundo.