El último disco de la banda de Aldo Bonzi dispara un recorrido en el que la cancionística tradicional sobre la música de rock no arroja resultados habituales. Sin duda, alguna virtud tienen para encontrar algo llamativo en los lugares comunes.
Por Luis Paz
Buenos Aires, mayo 28 (Agencia NAN-2012).- La inclusión de agradecimientos en los libritos que acompañan los discos suele ser bastante elocuente. En principio, es algo resumido a la música y sobre todo la literatura mandar un saludo a partir de una obra artística. En la televisión, el cine y el teatro, el agradecimiento se da en un sentido comercial (“A usa ropa X” o “Peinó B para peluquerías J”). Bueno, pero los cuadros no incluyen agradecimientos –o habría que descolgarlos y comprobar en sus dorsos–. Para el caso de los músicos, a quiénes o qué saludan es, por lo general, un elocuente mecanismo de identificación con un tipo de producción colectiva, con una serie de personas implicadas en la producción de un disco o que sirvieron como musas, con un entramado de fuerzas necesarias (“Gracias a Dios, al amor de mi familia, a Deportivo Merlo”). En todos los casos, dan una pauta sobre la banda: en el caso de Los Pérez García, el guitarrista y corista Federico Esquivel agradece en su quinto disco a la música y al paso del tiempo, consecutivamente. Cuando sostenidamente se unen, y el paso del tiempo es acompañado por la música y en la música se incorporan nuevos tiempos, se dan discos como éste, un álbum que solidifica la mejor propuesta de Los Pérez García: una cancionística habitual sobre música de rock tradicional que, no obstante, no da resultados repetitivos.
Los Pérez García surgieron de ese umbral de urbanismo que es Aldo Bonzi, en el conurbano bonaerense, a mediados de los ’90. En consonancia con el determinismo epocal de la música en los barrios (qué era lo que programaban las radios locales, qué grupos tocaban cerca, qué pintadas aparecían, qué tipo de credibilidad se ponía en juego, qué actitudes y sonidos reivindicaban), Los Pérez García reunieron al rock con el reggae, la música popular, la canción de autor, la pop, la crónica urbana, la historia de amor, la amistad y la noche. Nada muy raro. Es que tampoco lo hay en La mesa está servida: nuevamente, Los Pérez García ponen en su nuevo disco embudos para todo eso, recibiendo una cancionística tradicional sobre música habitual de rock que, sin embargo, no ofrece resultados comunes. Alguna virtud tienen para encontrar algo llamativo en los lugares frecuentes. No es algo raro, es algo hermoso, como dispositivo para la vida. De igual manera, en su música se disparan recorridos que a cualquier oyente de canciones puede reconocer como familiares, pero Los Pérez García logran, también en eso, desprenderse ligeramente de las normas. Incluso cuando, muchas veces, no escapan de los lugares comunes. “Están los que hacen y están los que critican”, canta Alberto Beto Olguín en “monoloco”. Bueno, para comenzar, el disco se llama La mesa está servida. Más claro…
Y sin embargo, Los Pérez García son hipnóticos. Quizá sea la suma de cuestiones conocidas, la cercanía que pueden darle a quien sea. Quizá sea la trasversalidad y horizontalidad que ofrece su música. Quizá sea que cuando le ponen “21 gramos” a una canción, no es para hablar de “noches, rigidez, sonrisas duras, miradas amplias”. No, no, no. Hablan del peso del alma. Y más profundamente, hablan de perder algo muy grande: el fin de nuestra travesura. Los Pérez García le podrían gustar a nuestras madres y a nosotros, sin dramas. Tienen, desde la música independiente underground, lo que pueden tener Estelares o El Cuarteto de Nos. Tienen, también, demasiados años (en todo sentido) como para ser una banda nueva. Pero son una banda de su edad radiantemente fresca, dispuesta a hacer un arte cuidadoso, que no daña a nadie aunque apele a las heridas (solo de a ratitos), de una manera entretenida y en ocasiones divertida, con ternura y firmeza.
En su mesa se sirve en banquete ejemplar, platos frescos realizados mediante costumbres argentinas y migrantes. Rocanroles cárnicos como “¿Dónde está mi elefante?”, carbohidratos rioplatenses como “Show time”, “Monoloco” y “Todo eso que nos queda”, cremas suaves como “Entretiempo” y “21 gramos”, condimentos latinas como “La previa”, la sal de la tierra de “Curarte” y “Sirenas y tiburones”, ensaladas como “Algunas chicas” y pastas frescas como “Posdata”, “Tren Fantasma” y la “Doble Carolina”, que es “la peor de Argentina”. Algo muy local hay, también, en su propuesta musical, como en un eventual romancero bonaerense (que, igualmente, no menciona a ningún barrio, ninguna calle, ningún bar famoso) que no está terminado hasta que no se contrasta su sabor con el de unos sorbos de vino en un vaso de acero inoxidable.
