El último trabajo discográfico de Tantra es un disco de paradigmas: un único bloque de música de una hora que, arbitrariamente repartido en siete instancias, invita a un viaje sin pronunciar una sola palabra.
Por Luis Paz
Buenos Aires, abril 18 (Agencia NAN-2011).- El tantrismo es una filosofía que va demasiado más allá de la mera idea de coger mucho y acabar poco. En realidad, ya de por sí esa idea es errada: coger mucho tiempo y acabar pocas veces; y coger mucho y acabar poco, son cosas diferentes. Aún así, reducir el tantrismo a eso sería como reducir la disciplina patriarcal del catolicismo a la sola idea de «el hombre arriba, la mujer debajo». Aunque uno bueno, como indicador cultural y como espectro de las energías íntimas, el sexo es solo un índice más. Fundamentalmente, el tantra se basa en dos ideas que ofician de campo magnético y ubican en un cuadrante de dignidad, amor y plenitud al tantrista: la posibilidad de la liberación de la energía (no en el sentido de «eyacularla» sino en el de hacerla efectivamente libre) y la elevación de la conciencia a través de siete instancias, con el fin último de lograrse amplio, profundo y cósmico (en un sentido universal que se hace posible cuando se deconstruye el ego). «Einführung», «Niño de Cobre», «Tensiones», «El emisario», «El lenguaje es un virus del espacio exterior», «Bajo tierra» y «Satori» son los siete niveles de (in, pre y sub) conciencia que el cuarteto marplatense Tantra atraviesa en Satori (2010), su segundo disco: una obra de rock psicodélico y cósmico cuya calidad hay que medir en gigahertz.
Claro que es una idea compleja, difícil de aprehender. Ése es el gran mérito de Tantra: su consecuente intento de abrazar un cosmos ajeno, de rozar lo que está lejano y vedado. Sería más claro poder escribir sobre cómo un grupo de canciones analiza, describe y pone en crisis cierto tipo de relaciones interpersonales, pero Satori no es un disco de canciones: es un disco de paradigmas. Es un único bloque de música de una hora, arbitrariamente repartido en siete instancias, en donde con un mínimo conocimiento de a) ciencia b) astrología c) budismo zen d) electrónica ó e) cine de ciencia ficción se pueden notar una energía que circula azarosamente por un tablero musical (stoner rock, psicodelia, space rock) hackeado con magnetos, osciladores y resistencias.
Una música de laboratorio, sin intentar que eso sea una metáfora: acá la ciencia es cierta y todos usan su bata: Jupi Medvescig, Ramiro Orensanz, Gonzalo Rey, Maru Valdez Estrada y Pablo Puntoriero (como invitado) se encargan de las guitarras, los bajos, las teclas, las percusiones y los vientos, en ese orden. Nadie canta y es lo mejor que le podía pasar a esta música para terminar de ser libre: una gracia que surge de una elección tangencial a la norma de ponerle letra y voces a la música. Entre los cinco arman esta obra incidental, que no documenta, denuncia ni invita a bailar, sino que recubre y acompaña, como una escafandra sónica, el viaje específico que la justifica como tal: un proceso de extrusión introspectiva, de explosión a partir de la reducción (por sustracción, entonces por análisis) del yo, de expansión en todas las dimensiones a partir de la autocrítica.
Si el tantra se practica siempre con la luz (interior) prendida, Satori es un disco que provoca del mismo modo en que lo haría un corte de luz a tus seguridades.
Tantra presenta Satori el 29 de abril a las 19.30 en el Teatro Colón de Mar del Plata. http://www.tantrarock.com.ar