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El arte, el amor y la necesidad zurcidos con el mismo hilo.-

Tras flotar en la nebulosa de la indecisión post-adolescencia, Uriel Valentín encontró la forma de volcar su vocación artística en objetos que, además de enamorarlo, le dan de comer: retazos de tela, carretes de hilo, pinceles y un poco de guata se transforman, cuatro horas de trabajo manual después, en miniaturas de Woody Allen, Julio Cortázar, Evita y Perón, entre los más de 100 otros personajes de la cultura popular joven –y no tanto– que vende a través de un blog.

Por Luis Paz
Fotografía gentileza de Uriel Valentín

Buenos Aires, noviembre 26 (Agencia NAN-2009).- «Quiero entrar en tus cosas, revisar, abrir cada cuaderno y dejarlo en su lugar. Y buscar en tu libro de secretos del mar, darle cuerda a tus juguetes y verlos funcionar. Quiero estar entre tus cosas, quiero estar entre tus cosas». Es difícil precisar cuántas veces esos versos de Daniel Melero entonados por María Gabriela Epumer se reprodujeron en la conciencia de Uriel Valentín. La primera fue en algún momento de 2000, cuando la fallecida guitarrista y cantante recién publicaba Perfume y Uriel comenzaba el milenio con más dudas que certezas, más dificultades que posibilidades y más frustraciones que adornos. Casi una década después, esas relaciones cambiaron para el artista plástico de 27 años criado en Boulogne y curtido en Bellas Artes: ya sabe por dónde ir, aunque no sea el único camino; y algunos pesares se han ido, en buena medida gracias al buen momento del que gozan sus obras más conocidas, los muñecos de personajes de la cultura popular que vende a través del blog Mediodescocido.

De no haber sido por ese tema, las cosas podrían haber sido muy distintas. Y si el destino en verdad no existe, al menos Uriel sabe que dentro de un mes alzará la copa por la casualidad. «En el comienzo de la década, con 20 años y en plena crisis, ese tema me daba vueltas y vueltas en la cabeza. Quería regalarle algo a mis afectos pero no tenía un mango. Y en ese tema encontré la respuesta: un juguete, un muñeco, algo mío que al regalarlo quedara aunque yo me fuera de ese lugar o pasara lo que pasara». Cuando la iluminación llegó, en medio de una época oscura en la vida de Uriel, que por entonces recién se recuperaba del fallecimiento de su madre y recién salía al mundo adulto luego de recibirse en Bellas Artes y de terminar sus estudios secundarios en una nocturna, tomó retazos de tela, un carrete de hilo, pinceles y un poco de guata y le dio forma a un Kurt Cobain alado de unos 30 centímetros. «Eso es lo que generan las crisis, las económicas y las personales –y en su caso llegaron de la mano–: abrir la bocha para ver cómo sobrevivir». Luego vinieron las Frida, los Cortázar, las Marilyn, los Woody, las Evita, los Perón… pero para llegar a ellos, primero debió seguir sobreviviendo.

Clásico

«Creo que empecé a desear ser artista a los ocho o nueve años». Si el destino sigue sin existir, habrá entonces otra casualidad allí: su padre, Víctor Hugo, y su madre, Viviana, tuvieron mucho que ver con aquello. Ella escribía, él pintaba y las salidas a teatros, conciertos y galerías eran comunes en el hogar de Boulogne, en el partido bonaerense de San Isidro, durante la década del 90. «El arte siempre estuvo en casa y soy un agradecido de ese apoyo de mis viejos, que no siempre pudo ser económico, pero siempre me impulsaron a hacer lo que deseaba». Un momento rastreable ocurrió a mediados de los 90s, cuando Víctor Hugo encaró a Uriel con una de las mejores propuestas que un pibe de 12 años interesado en el arte puede recibir: «Estuve averiguando en Bellas Artes y podrías hacer tu secundario ahí, son todas materias relacionadas con el arte», así de simple.

Pocos años después, muchas cosas cambiaron. Viviana falleció como consecuencia de un cáncer, Víctor Hugo entró en shock y Uriel, con apenas 14, entraba a su juventud y a Bellas Artes a la deriva, con una seguidilla de dos repeticiones de grado en su secundario. Por una decisión ideológica suya y de su padre, que «siempre pensó que la educación pública aportaba otras cosas además de contenidos», aunque básicamente por la estrechez de dinero, Uriel siguió frecuentando Bellas Artes de tarde y se cambió a otra escuela por la noche. «En las escuelas del estado no estás tan mimado y eso hace que aprendas otras cosas: tantas libertades te ayudan a ponerte tus propios límites», concede. Y la nocturna completó su instrucción en la vida: «Cuando ves a compañeros de cuarenta o cincuenta que se rompen el orto laburando todo el día y a la noche van a estudiar, te caen las fichas y te ponés las pilas».

Pero era difícil: la partida de Viviana lo había dejado «en cualquiera, colgado de una nube» y fueron años difíciles, de evasión non sancta entre cebada y humo, y de instrospección divina en su modesto atril. «Fueron cuatro o cinco años en los no sabía qué hacer. Tenía mi título de magisterio pero no quería dar clases; intenté con la música pero sabía que no era lo mío. Así fue desde los 19 hasta los 23 o 24», hasta que, recordando la voz de Epumer, empezó otra etapa.

Contemporáneo

Se anotó en el IUNA con la firme decisión de sobrevivir con su arte. Pero no le gustaba la postura academicista que señala que allí –en los conservatorios, academias e institutos—se hacen los artistas. ¿Se nace artista? «En el magisterio estaba creído de que si no naciste con un talento artístico, fuiste, pero no es así. Muchos compañeros grosos, con una facilidad tremenda para dibujar, no sé dónde quedaron. Y otros, con muchísimo esfuerzo, llegaron a ser lo que quisieron. El artista se va haciendo. Las escuelas ayudan, pero no son lo único».

En esa época, comenzó a frecuentar Plaza Francia para intentar vender los muñecos que primero había pensado como regalo. «Los artesanos tienen otra filosofía, yo no soy tan hippie, aunque tuve mi etapa». Un día conoció el apriete de un artesano que lo mandó a mudar de allí si no hablaba con «el Indio». Uriel no planeaba pelearse con nadie para poder vivir y, desde la soledad de su cuarto, abrió un blog y con ayuda de las herramientas virtuales gratuitas, dio forma a Mediodescocido, su distribuidora online. Así generó contactos, algunos con chicas que creían que su arte era «tierno», aunque tal vez «demasiado»; otros profesionales que le valieron una exposición en la galería Appetite. «Y ahí vino el click y decidí apostar a esto», hace memoria.

Si bien Uriel es un artista plástico multifacético y realiza logrados cuadros en los que conjuga lo pop, la clase B, la psicodelia y el arte urbano, se hizo conocido por sus reproducciones de personajes de la cultura popular joven, no sólo rockeros, sino también pensadores, escritores, tangueros, cineastas, políticos, líderes carismáticos, personajes animados y de videojuegos. «Muñecos» que pueden ser muchas cosas a la vez: juguetes, adornos, peluches, figuras vudú u obras de arte, según los resignifican sus compradores. «Al ser formato muñeco, tienen características de juguete. Que yo les cambie el concepto es otra cosa, porque aunque los entienda como obras únicas y todas sean artesanales, cosidas distinto, pintadas diferente y con ropa variada, tampoco puedo estar pensando en qué van a hacer con ellas».

Su poder de decisión sobre venderlos o no llega hasta donde el conocimiento del fin del muñeco llega, pero no deja de estar atado a las necesidades económicas. Cuando le pidieron uno con clavos, pudo negarse. Lo mismo recientemente, cuando le pidieron figuras del matrimonio Kirchner pinchados como en una práctica oscurantista. «Es mi laburo y necesito la guita, pero siempre preferí resignar una salida, un recital u horas de sueño a entregarlo para fines con los que no concuerdo», destaca Uriel, vestido de camisa a cuadros y bermuda militar e investido de una mansedad más fácilmente rastreable que la alegría que le provoca sobrevivir con lo suyo.

Es un tipo curtido por la paciencia obligada por centenares de muñecos hechos. «Distintos habré hecho entre 100 o 120, no puedo decir cuántos con seguridad porque de muchos no me acuerdo y no tengo registro, porque recién hace poco pude comprarme una cámara para sacarles fotos y mostrarlos», se disculpa. Todo el amor que tiene por cada uno queda traspasado a la obra en entre tres y cuatro horas. A veces son cuatro o cinco figuras las que, al final del día, empaca en las cajas que su novia y concubina le ayuda a armar y diseñar. La cuenta no es muy difícil: algunas jornadas se extienden durante 20 horas. La razón tampoco: «Hay que comer». Sabe que la crisis no terminó, más allá de los titulares de los diarios, pero no extraña la década anterior: «Volvieron los 60s, los 70s y los 80s, y cuando regresaron todos festejamos. Pero los 90s son nuestra década infame; el arte, entonces, si no era careta, tenía una carga de desconsuelo que no sé si quiero recuperar».

Lo rescatable del menemato, reconoce, es que en esa época el arte urbano se revalorizó (o empezó a tener valor por vez primera en Argentina), de la mano de jóvenes irreverentes que cruzaron las estéticas de todo lo que tenían al alcance –videojuegos, libros, películas, bandas– y sentaron las bases para que, diez años después, los artistas callejeros y también los independientes dejaran de ser parias y fueran mirados de otro modo. Porque en definitiva, de eso entiende que se trata su arte y también su trabajo: de resignificar. «Mi deseo hacia los muñecos es que a la gente les interesen, que los quieran aunque sea mínimamente como los quiero yo, que los alegren, que les sirvan para alegrar a otros». Aunque parezca un deseo aislado, responde a un concepto mucho mayor: «Hoy hay gente como uno que desea tener arte original en su casa, que no se conforma con que el arte sea para otras personas, de otros barrios o con otros trabajos. El arte puede ser para todos», asegura más que convencido.

A pocas cuadras o, como mucho, un colectivo hasta Once, el arte está disponible para todos en reproducciones de Klimt, Van Gogh o Rivera comercializadas en los Todo Por Dos Pesos. La competencia es, así, desleal para con los artistas que no desean seriar su trabajo, sino seguir haciéndolo de un modo artesanal. Y aunque los costos de eso sean muy altos aún, «todo se puede charlar», entiende Uriel. «Lo que más me importa es el interés de la gente. Si hay interés y no hay posibilidad económica, se charla. Lo esencial es que esté la pregunta: en el arte, el solo hecho de que te interese ya me parece una iniciativa re grosa». Y ése es el modo de hacer que representa y defiende hoy.

Moderno

Hacer futurología no es tarea ni del arte ni del periodismo. Pero la charla con Uriel, que no permite que el protector de pantalla se apodere de su notebook y sacude el mouse lentamente en cada ocasión que ocurre, entra en los carriles futuros: ¿qué viene ahora? ¿y después? «Sigo haciendo cuadros, aunque más para mí, y ahora que los muñecos se venden más eso me da un resto para quedarme algunos porque tengo la idea de exponer todo junto el año próximo», comienza. También señala que, aunque le encantaría poder producir más arte, no está dispuesto a que sus obras pierdan el aura: «Me ofrecieron ayuda y ponerme más gente, pero el arte no puede ser seriado, no tengo ganas de hacer reproducciones de mil muñecos iguales. Ahí si que lo que hago pasaría a ser como un peluche o un muñeco y no más que eso».

Olmedo, Luca y su novia parecen asentir sus dichos desde fotografías en la pared. Los mira y continúa: «No pueden seguir cerrándonos las puertas, el arte independiente es lo que pasa ahora y los espacios clásicos tienen que renovarse». Uriel habla entre sus herramientas, sus cuadros, sus muebles. Imaginarlo trabajando es como imaginar a Bukowski escribiendo encerrado en una habitación de hotel, en soledad, entregado al hacer.

Blog: http://mediodescocido.blogspot.com/