
Por Adrián Figueroa Díaz
“La crisis causó 2 nuevas muertes” fue el título de tapa que escribió Clarín como quien elige su propio epitafio. La confesión de su modus operandi. El punto de pus de una larga infección. Pero también fue la puerta por la que el relato mediático ingresó a un laberinto de autoanálisis y descrédito en el que sigue atrapado. Diez años después, esa tapa, grieta madre del periodismo de principios de siglo, lejos de ser el bochorno a evitar fue el inicio de un proceso de blanqueo de los medios como aparatos de publicidad en vez de información. Y también de una disputa de poder que, en una especie de bloque histórico adentro de la profesión, conduce a los trabajadores de prensa al precipicio de admitir y trabajar en la falsa dicotomía de ser oficialista u opositor.
Mucho se escribió sobre esa tapa (que en rigor repitió la del día posterior al asesinato de Teresa Rodríguez en 1997: “La crisis en Neuquén ya produjo una muerte”) y su historia es conocida: al día siguiente de los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, ocurridos el 26 de junio de 2002, Clarín culpó por esos crímenes a “la crisis” y no al comisario que gatilló con la venia de la gobernación de Felipe Solá, la Side y el presidente Eduardo Duhalde, aliado, protegido y protector del medio que tituló de esa manera. Sí, la primera reacción de Clarín fue encubrir. Y para ello (como todos los medios) comenzó con la construcción de una creencia, de un relato: la culpa fue de “la crisis”, esa figura abstracta en la que estaba sumida el país. O sea, la culpa fue de todos; es decir, de nadie.
Lo que ocurrió después de “La crisis causó 2 nuevas muertes” ya se sabe. Se juzgó y condenó a los matadores pero no a quienes dieron las órdenes de ejecución. Sin embargo, desde entonces, quien sigue sentado en el banquillo y a la espera de una sentencia es el periodismo. Con un dilema o problema: el acusado es también juez y querella. Es un triángulo de fuego cruzado del que nadie sale indemne y que estancó la posibilidad de superar la lógica con que se ejerce la profesión, que es la misma con la que se pensó aquella tapa vil. Sí, porque quienes aún critican esa portada —lo admitan o no— tomaron el modus operandi de quienes la escribieron: ocultar a favor de sí mismos y develar solo aquello que perjudica al otro.
LA REALIDAD RELATA
Es sabido que los medios no son objetivos y que el relato que hacen no presenta nunca los hechos en su manera más pura. No “refleja” nada la realidad. No la expone objetivamente, sino que la interpreta. Tampoco la “recorta”, sino que la crea. ¿Por qué? Porque quien relata resignifica, tiene el poder de establecer los parámetros de cómo fueron las cosas. La verdad es la realidad relatada (hasta que aparece un contrarrelato). Y esa significación es claramente intencional. ¿Cuál es la intención? Ser creída y aceptada por buena parte de la sociedad, ser dogma, ser discurso dominante. Más allá de desenmascarar el ocultamiento de información de una empresa periodística, lo que develó “La crisis causó 2 nuevas muertes” fue el modo con que los medios construyen la realidad.
La narración de la realidad objetiva. El relato. La historia. Las palabras que la definen; la palabra, cumbre de lo simbólico, el plexo en que la sociedad asienta sus relaciones y se conforma como tal. Crea grupos de pertenencia que establecen los parámetros del nosotros y el ellos; el yo y el otro diferente a mí. En un medio periodístico, el punto de partida para la construcción de un relato está en el título. ¿Por qué? Porque ese enunciado apela y orienta los modelos cognitivos y experienciales previos del lector; es lo primero que uno lee sobre un hecho y luego recuerda.
De modo que el título condiciona la comprensión de la noticia, devela o disuade la realidad. Por ejemplo, el título “Mató por amor” pone al asesino en lugar de víctima: mató porque amaba, no odiaba a la víctima sino que la amaba; entonces, ¿quién puede condenar a quien hace las cosas por amor? Esto es lo que hizo Clarín al culpar a “la crisis”.
Pero el diario no sólo encubrió la Masacre de Avellaneda con el lenguaje escrito, sino también con el visual. Ocultó las fotografías que probaban la culpabilidad de los policías y echaban por tierra las versiones del gobierno respecto de que los crímenes habían sido el saldo interno de un enfrentamiento entre organizaciones sociales. Palabras e imágenes, dos elementos del campo simbólico por excelencia, puestas al servicio del encubrimiento. La desinformación en acción al servicio de la esquizofrenia, entendida esta patología como la creación de una realidad paralela.
La aceptación de que toda prensa no es independiente sino “dependiente” sirvió a los periodistas como un justificativo para silenciar las voces disonantes. Un sincericidio. Como si uno dijera “bueno, no soy independiente, pienso tal cosa y esta sinceridad me habilita a ocultar”.
LA FALSA OPCIÓN
Un relato sólido une y desune, forma grupos sociales que construyen su cultura y su mirada política e ideológica en torno de lo que legitima y deslegitima la justificación de sí mismos. Y no sólo eso. Cada grupo se constituye como tal por oposición al otro, por la negativa, y ambos legitiman la falsa opción de que, en este contexto de la historia argentina, sólo se puede estar a favor o en contra de fulano. Llevándolo al escenario mediático actual: ser oficialista u opositor a mengano, sin los matices que necesita el buen análisis periodístico. Reconocer a un diario como oficialista y a otro como opositor es admitirles la incapacidad de hacer periodismo.
Así, siempre en el terreno mediático, el presunto fuego cruzado entre opositores u oficialistas no es nada más que un combate de paintball: se disparan para ensuciarse y no para destruirse. Y, manoseados en ese mismo lodo, unos mienten y los otros ocultan. Ambos silencian, resignan y mienten: la misma lógica del encubrimiento usada en “La crisis causó 2 nuevas muertes”. A tal punto que los acusadores de aquella tapa actúan con la misma injusticia que denunciaron, sencillamente porque no les interesa que haya equilibrio, sino que el desequilibrio esté a su favor.
La legitimación de esta lógica abrió una etapa en la historia de los medios: la del blanqueo de los motivos por los cuales se miente o se oculta. La aceptación de que toda prensa no es independiente sino “dependiente” (del gobierno, de la empresa, del capital concentrado, de quien fuere), en lugar de ser sólo el sinceramiento de las condiciones en las que se trabaja, sirvió a los periodistas como un justificativo para silenciar las voces disonantes. Un sincericidio. Como si uno dijera “bueno, no soy independiente, pienso tal cosa y esta sinceridad me habilita a ocultar”.
LA LÓGICA PUBLICITARIA
Otra lógica que durante los últimos años se consolidó en las redacciones es la del publicista: publicar es hacer prensa. Lo cual es una falacia que contradice la ontología de la actividad periodística y carcome los criterios más elementales de la profesión, que poco tienen que ver con los de la publicidad. Admitir que “publicar algo sobre zutano es hacerle prensa” es asumirse como “prensero” y no como periodista. Es decir, operar con la misma lógica de “La crisis causó 2 nuevas muertes”. Bastará citar a Horacio Verbitsky, que en su libro Un mundo sin periodistas definió acertadamente que el deber del periodismo es “ver y decir el lado malo de cada cosa, (por)que del lado bueno se encarga la oficina de prensa; de la neutralidad, los suizos; del justo medio, los filósofos, y de la justicia, los jueces. Y si no se encargan, ¿qué culpa tiene el periodismo?”
Atado a esto está el presunto análisis que desde los medios se hace sobre los medios, que no son más que fuegos de artificio desde adentro de un laberinto techado y sin salida. “Los medios hegemónicos mienten”, dicen. “Los diarios oficialistas también”, responden. Pero ambos siguen mintiendo. Lo sabemos hace mucho. Y esto se evidencia en la selección de noticias que hacen, que no sólo blanquea la existencia de una censura ejecutada bajo el eufemismo de “política editorial”, sino que también redefine el concepto mismo de “noticia”. Porque si es cierto que hay noticias que no pueden publicarse para no afectar los intereses del diario, entonces hay que asumir que “noticia” es todo aquello que no trastoca el proceso de rutinización del trabajo de una redacción, todo aquello que no pone en riesgo la existencia de la empresa periodística como tal, todo aquello que no impide que el diario salga normalmente al otro día…
Y no sirve admitir que las cosas son inevitablemente así. Mentir y avisar que se miente no debería ser ninguna jactancia. Para insistir con otro ejemplo, sería como decir: “Querida, te confieso que tengo otra mujer, y exijo que esta valentía de decírtelo me permita continuar nuestra pareja como si nada”. Un pedido de legitimación del delirio. La construcción de una realidad excéntrica a propósito de justificar una ridiculez.
Este estado de cosas supera el viejo chiste de que “noticia es todo lo que se escribe en los intersticios que dejan las publicidades”. ¿Por qué? Porque ahora la noticia se convirtió en su propia parodia, en la moneda de cambio que garantiza que el producto va a continuar en el mercado de compra y venta de cristales policromos. Y todo aquello que trastoque este interés central no se publica, es censurado por editores bajo amenaza de inestabilidad laboral y autocensurado por redactores preocupados por que la camiseta del medio en que trabajan no se manche o bien resignados a la desidia. Ahora el chiste es negro. Y no tiene más gracia.
BASTA YA
Para contrarrestar el diagnóstico de la desesperanza, es imperioso volver a creer que la noticia que no pone en tela de juicio las acciones de quienes ostentan el poder no sirve. Porque si el objetivo es no tocar al poder político y económico, no hay periodismo posible de hacer. Y también porque si el objetivo es tocar esos poderes al costo de la mentira o la exageración, no es periodismo lo que se hace. El periodismo busca la verdad aunque le pese a uno mismo. Sí, la busca. No espera que le llegue a través de una gacetilla. Y cuando la encuentra, no la esconde. Porque si la esconde o sectoriza, contradice la esencia de la profesión y de la militancia.
Intentar salir de la lógica con que se interpretó que “La crisis causó 2 nuevas muertes” es tener la voluntad de agrietar este segmento de la historia, superar la encrucijada frente a la que está paralizado el periodismo del bicentenario. Para explicarlo mejor con el eco de Antonio Gramsci: cuando un relato es aceptado por la mayoría de la sociedad, ese discurso se vuelve dominante y conforma un “bloque histórico”, un segmento de la historia en que prima un relato por sobre los demás. Podríamos decir, sin temor a exagerar, que la aceptación de que sólo pueden existir medios oficialistas y opositores, y de que un periodista no puede optar por otras vías, es el discurso dominante de un “bloque histórico” dentro del mundillo mediático. Y hasta que no se produzcan más grietas en ese bloque, el periodismo seguirá entrampado en argumentos que se autodestruyen no bien se pronuncian frente a un espejo.
El periodismo quedó atrapado en la lógica de los “indignados” europeos, uno de cuyos slogans era “queremos ser incluidos”. Claro, no protestaban en contra del sistema injusto que los había incluido pero como su residuo necesario, sino que exigían su vigencia. Esto ocurre con el periodismo “progre” que pugna por ser hegemónico. No quiere revolucionar. No quiere cambiar de sistema, sino dominar el mismo que tituló “La crisis causó 2 nuevas muertes”. Y, en este sentido, ese periodismo es reaccionario. No quiere que haya justicia, sino injusticia a su favor.
Entonces, ¿cuál es la salida? Pues, salirse. Abrir nuevos espacios en los que se pueda recrear la profesión, porque los demás ya están perdidos. En esto están los medios de menor tirada, los colectivos periodísticos y las organizaciones sociales que debieran ser las principales beneficiarias de la vigencia de la nueva legislación sobre medios pero que, como son bastardeadas por el Estado cuando recurren a él, quedan condenadas a los avatares de la utopía. Y en buena hora que así sea. Hay que salirse, sí. Pero del todo. Decirle “basta ya” al Estado, las grandes empresas que publicitan y a los medios masivos que regalan una mención en una nota de color. Decirles “basta ya, no los necesitamos. Ahora nos toca a nosotros” y empezar a cambiar los modos de producir información. Pero ante todo, crear un nuevo relato del periodismo desde las universidades y los terciarios que enseñan la profesión. Porque, como dijo Roland Barthes, “nada es más esencial para la sociedad que la clasificación de sus lenguajes”, puesto que “cambiar esta clasificación, desplazar la palabra, es hacer una revolución”.
No resucitar al periodismo desde otro sistema y resignarse a la lógica acusatoria de ver el error en los demás es reaccionar contra la posibilidad de una profesión libre y quedar dispuesto a escribir que la crisis fue la que causó la muerte del periodismo.