/Archivo

El rincón de los excluídos.-

La novedosa iniciativa reúne fotografías que no fueron aceptadas en el Salón Nacional de Artes Visuales del Palais de Glace. Se trata de una muestra que responde al cantito «¡otra oportunidad!» de los fotógrafos que, libres de toda intención vengativa, tan solo quieren mostrar su arte.

Por María Laura Bernatené
Fotografía de Mariano Frisioli

Buenos Aires, septiembre 8 (Agencia NAN – 2011).- Elegir la fotografía, copiarla en grande, enmarcarla, embalarla y llevarla hasta el lugar de recepción de obras; esperar semanas para obtener el veredicto. Llegado el día del resultado, la respuesta es negativa. Tal sorpresa no sólo significa quedarse afuera del Salón Nacional de Artes Visuales del Palais de Glace. Implica también que la obra vuelva a casa sin haber visto la luz y con una letra R roja, inicial de la palabra «rechazada», estampada al dorso. Una mezcla de bronca y desilución; el ego casi aniquilado. Sin embargo, hace dos años que la no selección a esta muestra abre otra puerta: la del Salón de los Rechazados, una joven iniciativa que reúne muchas de las fotografías que no fueron admitidas. Su segunda edición puede visitarse en FM La Tribu hasta el 21 de este mes. Aquí hay clavito y espacio en la pared para todas.

El Salón Nacional de las Artes es una exposición anual que tiene lugar en en el Palais de Glace entre junio y diciembre y en la que se exponen diferentes disciplinas de las artes visuales: pintura, dibujo, escultura, arte cerámico, arte textil, fotografía, instalación y grabado. Al ser tan prestigiosa, una catervada de obras intentan participar y, lógicamente, la mayoría quedan afuera. Para tener una idea, se calcula que este año casi 500 fotografías fueron remitidas desde todo el país, pero son sólo 30 las que consiguen entrar.

«El año pasado preparé un foto bastante grande para enviar al Palais de Glace. Y como yo hago marcos, me hice el mío y les hice el marco a otros también. Vi que había varias obras grandes muy buenas. Después, tanto la mía como las otras quedaron afuera. Me pareció una pena que hubiera tanta cosa alucinante que no se iba a ver», cuenta Valeria Sestua, impulsora del Salón Nacional de los Rechazados.

Acerca de la centenaria exposición anual de gran prestigio, Sestua reconoce que participar del Salón es interesante por la experiencia y por la calidad de los premios que se otorgan. Ella es consciente que el recorte de aceptados es necesario, pero sostiene que eso provoca que se vea muy poco en relación a la cantidad de obras que se envian. Y como alguien le había comentando sobre los impresionistas del Salon des Refusés de París, allá por 1860, nacido para albergar a aquellos que haían sido incomprendidos por el jurado, Sestua se preguntó por qué no hacerlo aquí, unos cuantos años después. «Todo queda un poco reducido al criterio del jurado sostiene. Entonces está bueno que exista algo que sirva de complemento. Está el Palais como un eje, una manera de mostrar, y también está lo demás, algo más diverso donde no hay jurado ni juez. Yo no puedo rechazar una obra porque me parece que no corresponde a lo demás, porque me parece que no tiene valor o porque no me gusta».

La primera experiencia con el Salón de los Rechazados fue «muy casera y a pulmón, bastante improvisada» dice Sestua. Surgió la idea, se convocó a los fotógrafos, consiguieron el lugar, y listo. Este año Sestua volvió a presentarse a la convocatoria del Salón artíctico del Palais con «una foto más chica para, por lo menos, tenerla en mi habitación». Sin embargo, su atención ya estaba puesta a priori en todos aquellos que obtendrían la tan temida y odiada letra «R». Al enterarse quiénes habían quedado afuera los contactó. Veintiocho fotógrafos dieron el sí, número que casi triplicó la convocatoria del año anterior. Dada la buena respuesta, este año se realizaron dos ediciones de la muestra. La primera fue en julio, en una galería de Palermo, mientras que la segunda está actualmente colgada en Radio La Tribu, Lambaré 873 y se la puede visitar hasta el 21 de septiembre.

Las fotografías enviadas al Palais de Glace no son sólo una lámina sino que previamente fueron enmarcadas en el formato y con la estética que el autor elije. Las hay gigantes de un metro cuadrado; también de veinte por treinta centímetros; blanco y negro o color; con marco de madera grueso o de pvc más angosto, con passepartout o no; papel fibra o metalizado. Asímismo sucede con el estilo de la imagen. Mientras que algunas son obras conceptuales y abstractas, otras son pictóricas e incluso las hay periodísticas. De esta manera, cada imagen toma un verdadero caráceter de obra plástica con la marca propia del autor convirtiendo, a la vez, la muestra en un espacio heterogéneo y no en una seguidilla de imágenes dispuestas en serie.

Débora Devicoor es una de los miembros del grupo que expone en el Salón Nacional de los Rechazados, sobre el que plantea: «Éramos un grupo grande de personas que no habíamos logrado quedar entre los fotógrafos elegidos por el jurado. Teníamos las obras enmarcadas listas para colgar y las ganas de mostrar nuestro trabajo. Nos organizamos y buscamos lugares alternativos para poder exponer, nos autofinanciamos y difundimos nuestro trabajo. Se supo aprovechar las circunstancias y ver la situación desde otro punto de vista».

Otro de los fotógrafos que integra la muestra es Bernardo Carbajal. Él afirma que ésta «contribuye a crear un espacio más, una contracara de la muestra del Salón Nacional oficial. Un lugar donde la gente puede ir y enterarse qué es lo otro que se presenta en el salón y queda afuera y así poder sacar conclusiones. Creo que sirve para ampliar el panorama de la fotografía contemporánea argentina».

Luego de tanta dedicación y hasta enamoramiento de la fotografía como objeto, el gusto al recibir la mala noticia puede llegar a ser bastante amargo. «Al ver que no quedé seleccionada la sensación fue un poco frustrante; me preguntaba qué es lo que estarían buscando, cuál otra foto tendría que haber enviado», cuenta Devicoor. «Este año me pasó que al ver el listado de los seleccionados descubrí que un amigo había obtenido una mención. Me tocó darle la buena noticia, entonces ésta vez fue una mezcla de sentimientos, de alegría por él y de desilusión por mi», concluye.

Sin embargo, para Carbajal la no selección de su obra no le significó tanto, sino que hasta la esperaba un poco. «Los premios, las menciones y las selecciones del Palais de Glace abren puertas y son estímulos para el autor. En mi caso fue la primera vez que presenté una fotografía al Salón Nacional de las Artes, y lo hice porque sabía que estaba la posibilidad de mostrar mi obra en otra instancia». Carbajal no encuentra una desilusión al quedar afuera. Parece no importarle gran cosa la mirada de los jueces. «Gracias a esta oportunidad me esmeré, elegí una buena imagen, la mandé a copiar y la enmarqué. Todo ello fue una experiencia hermosa.»

Pero mostrar el trabajo propio es sólo una instancia más, y sobre todo no obligatoria, de todos los pasos que hacer una fotografía comprende. Entonces, si ésta es un paso eludible y que puede tener un final no muy feliz o por lo menos no el esperado, ¿por qué mostrar? Cada artista tiene sus motivos. Para Devicoor ese acto significa exponerse a una crítica más objetiva, que no es la propia ni la del núcleo afectivo más cercano. Pero hay otra razón: «Si un artista quiere formar parte del mundillo del arte, tiene que tener presencia y una participación continua en salones, muestras y concursos. De a poco, si su obra es sincera, va a poder ganarse un lugar en el circuito».

Al respecto, Carbajal dice que exponer la obra propia es muy interesante. «Hoy en día existen muchísimas vías de difusión por internet, muchos medios y canales por los cuales se puede llegar a que una persona de Asia, Rusia o Bolivia, mande un mail felicitandote por tus fotografías. Pero nunca es lo mismo que ver una serie de imágenes tuyas colgadas en un mismo sitio, en una pared. Eso es exponer tu obra y también es exponerse uno mismo, como autor, como fotógrafo y como persona».

Por su parte, Sestua opina que exponer no es algo que realice con frecuencia pero que es positivo hacerlo porque para ella «está buenísimo ir a ver. La mirada de otro es riquísima, entonces si uno hace algo y eso lleva un tiempo, está bueno compartirlo. Mostrar algo significa comprometerse con lo que uno hace.» Respecto de su crecimiento como artista, Sestua va un poco más allá: «A mí no me interesa tanto mostrar; me encantaría mostrar; hacer un libro; vender obras; vivir de eso, claro. Pero en realidad lo que más me gustaría en la vida es tener cincuenta, sesenta años y decir ‘bueno las fotos que estoy haciendo ahora… esto soy yo'».