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El triángulo de las Bermudas en Teatro Beckett.-

 
Con una historia de abandono paterno como trasfondo, la obra de Gisela Benenzon que dirige Enrique Federman hace alusión a ese espacio en el interior de cada uno en donde nacen y se encuentran las acciones y los deseos más profundos del inconsciente.  
Por Lola Kuperman 
Fotografía gentileza de El triángulo de las Bermudas 
«María del Valle: el destino es el destino, una palabra no te lo cambia”. 
Buenos Aires, octubre 30 (Agencia NaN-2012).-La pleiotropía es la capacidad de un gen, una porción de ADN que controla una característica que se heredará, de mutar y crear diferentes afecciones aparentemente inconexas, aunque todas derivan de la misma mutación. En la obra El triángulo de las Bermudas, de Gisela Benenzon y con dirección de Enrique Federman, ocurre exactamente eso: el abandono temprano de un padre marcará a dos hermanas que tienen dificultades en sobrellevar su vida, con ellas mismas, con los hombres, con su rutina, y todo converge en un único gen corrompido. Tras pasar un mes en la cárcel acusada de parricidio, vuelve a su casa y encuentra que su hermana le alquiló su habitación a un afroaméricano del cual está enamorada. Un día después vuelve su padre, sin permiso ni aviso, quien salió del hospital y le levantó los cargos por intentar asesinarlo en estado de sonambulismo. Esa es la vida de Mabel. Y peor aún, es verano y los ventiladores no andan. 
La incoherencia será el alma materna de El triángulo de las Bermudas, al igual que el lugar geográfico que lleva su mismo nombre. Un triángulo equilátero de casi cuatro millones de kilómetros cuadrados entre una parte de Florida, Puerto Rico y las islas de las Bermudas, que se ha gestado como mito/realidad de numerosas desapariciones y fenómenos sin sentido. Allí se fue el padre de las hermanas, abandonándolas cuando eran todavía niñas. Luego, vuelve. Su cuota de extravagancia supera a la del mítico lugar. 
La música dividirá las escenas, unas melodías pegadizas, alegres y veraniegas se encargarán de sumar a la obra otros tintes que difieren de los depresivos grises. La decadencia de ambas hermanas, la tristeza de su cocina y su heladera (que en una esquina tiene un imán pegado con poxipol que, por su difunta madre, advierte “no hay presencia más profunda que la ausencia”), y la violencia que generan las actitudes del padre en el espectador, todo eso se verá matizado por la música alegre a cargo de Jorge Arias. 
Las actuaciones de Mariana Chaud y Laura López Moyano y del padre, en la piel de Alejo Mango, serán lo más admirable de la obra. Pasivas por momentos y escalofriantes por otros, ellas sabrán proyectar las ilusiones para su vida con tal convicción que atravesará la cuarta pared y llegará como una daga hacia el espectador. Aunque, todos lo saben, las ambiciones de esas hermanas se perderán como los tripulantes que navegaron en aquel triángulo misterioso. 
Un agujero en la pared detrás de la heladera, hecho para observar al inquilino que le prometió a María del Valle escapar hacia una isla tropical en las Bermudas, es una de las tantas manifestaciones de la locura de ambas hermanas. Queribles y odiables de una escena a la otra, su inestabilidad emocional se verá encarnizada por el padre que se instala en su comedor y les roba plata, felicidad y una parte de su infancia. 
 La combinación es explosiva: con un ritmo constante la obra indaga en la locura de cada uno y cómo ésta misma, proyectada en el otro, se ve siempre magnificada. Las distintas afecciones de la vida de las hermanas -la falta de amor, de un vínculo estable entre ellas, de un orden psicológico y de coherencia con la realidad- se pueden explicar por una única razón, un gen maldito y un tanto freudiano: el abandono temprano de un padre. Como factor condicionante externo, el sonambulismo de Mabel no le permite separar los estados de sueño de los de vigilia, llevando a la obra a expresar situaciones que sólo podrían tener coherencia en un sueño. 
Con una puesta naturalista y un tono tragicómico, El triángulo de las Bermudas se pregunta hasta dónde se puede llegar por amor, qué promesas uno está dispuesto a interiorizar como verdaderas y cómo se dividen las sensaciones que nos dejan los sueños de la realidad. Con esta pintoresca confusión, el espectador abandona la sala con una premisa: cada uno tiene su propio Triángulo de las Bermudas de donde nacen y a donde vuelven las acciones incoherentes, los deseos reprimidos y, a veces, hasta se gesta una capacidad sobrenatural de transformar el odio en amor, o viceversa. 
*El triángulo de las Bermudas se presenta todos los viernes a las 21 en Teatro Beckett, Guardia Vieja 3556, Cuidad de Buenos Aires.