La editorial “más colorinche del mundo” lleva siete años de vida en el barrio porteño de La Boca: cada día, un grupo de cartoneros arriba a Aristóbulo del Valle 666 con el material del que, pintura mediante, hará tapas de libros de autores nóveles y consagrados, como el fallecido Tomás Eloy Martínez. Con casi 150 títulos editados, la cooperativa se erige como “un espacio de pertenencia y de acción” para sus integrantes frente a la desidia del Estado. “Eloísa es un fenómeno que, a través de la producción de libros desde lo que se desecha, borronea las fronteras entre arte y vida social”, resume el escritor Washington Cucurto, uno de sus fundadores.
Por Nicolás Sagaian
Fotografías gentileza de Eloísa Cartonera
“Juntando cartones, papeles, pedazos
de viejos diarios, botellitas, plásticos
iba solita, toda pintadita
como una muñequita”
“La cartonerita” – Washington Cucurto
Buenos Aires, abril 2 (Agencia NAN-2010).- No surgió como producto de una crisis. Tampoco a partir de un intento de estetizar la miseria. Sino de algo más profundo. La editorial Eloísa Cartonera irrumpió como un modo alquímico de producir libros, generando una ruptura en las formas tradicionales de producción desarrolladas por las grandes y medianas empresas. ¿Cómo? A través de la integración del trabajo de cartoneros, artistas plásticos y escritores en la edición de libros artesanales, elaborados con tapas de cartón, pintadas a mano, con páginas fotocopiadas y tiradas limitadas (que no sobrepasan los mil ejemplares) de autores, narradores y poetas latinoamericanos. Por eso cada ejemplar es único. No hay ninguno igual a otro: “Todos tienen una esencia especial”, afirma Santiago Vega, responsable del proyecto, junto a Javier Barilaro y Fernanda Laguna. Y en cada uno de los textos se evidencia la distinción, y también el trabajo que propone la cooperadora desde hace siete años, cuando hechó a andar este carro, sustentado por una estética de fuertes principios sociales y comunitarios. Una idea materializada que se encuentra en movimiento y avanza a paso firme, sin intenciones de parar.
La cuestión se hace notoria en el trabajo diario. Desde que los cartoneros llevan lo que pudieron juntar en el día al pequeño local de La Boca hasta que el libro terminado llega a manos de un comprador, el impulso se hace evidente. Es por ello, quizá, que Eloísa, “la editorial más colorinche del mundo”, no para de crecer. O también porque una de las grandes atracciones de la casa es la impresión de títulos inéditos de escritores reconocidos, como Ricardo Piglia, Rodolfo Fogwil, César Aira y el recientemente fallecido Tomás Eloy Martínez, entre otros, que conviven en los mismos estantes con autores no tan públicos, como David Wapner. “Todo material olvidado, de vanguardia y de culto”, remarca en diálogo con Agencia NAN Vega, también conocido como Washington Cucurto, autor del best seller latino Cosa de negros. Así, el grueso de la difusión llega a estar destinado a ediciones que por lo general se transforman en joyas de coleccionistas.
Y eso es “muy importante para la literatura tanto nacional como latinoamericana. Porque hay trabajos muy buenos que no encuentran la exposición que se le tiene que dar”, sostiene Cucurto. En ese sentido, la editorial cuenta con casi 150 títulos que, en menor o mayor medida, son vendidos a precios baratos, que oscilan entre los 5 y los 30 pesos en librerías, ferias e instituciones como la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo y el Centro Cultural de la Cooperación. “De ahí se sostiene la producción, ya que este trabajo lo hacemos a pulmón. Obviamente nos gustaría instalar un puñado de puntos de venta en las calles, pero por el momento ese es un deseo a largo plazo”, explica uno de los fundadores de la cooperativa que enriquece los modos de producción editorial por la forma en la que se encara el trabajo: siempre en conjunto.
Una puerta abierta
A saber, a la sede denominada No Hay Cuchillos Sin Rosas, ahora anclada en Aristóbulo del Valle 666, todos los días llegan hombres y mujeres, también chicos lamentablemente, que venden su cosecha de cartones a un precio cinco veces superior al que los intermediarios del reciclaje pagan por kilo. Una vez que tienen el cartón, se corta y se pintan con témperas los nombres de la obra y del autor, se encuaderna la tapa junto al cuerpo de la obra y sale como pan caliente. Ese trabajo lo hacen los mismos miembros de la cooperativa o algunos cartoneros que se animan a darle rienda suelta al proceso, mientras buscan una salida a su situación de calle.
Es el caso de Miriam Merlo, también conocida como “La Osa”, que hace un par de años cayó a Eloísa “por pura intriga” y luego se quedó porque intentó darle una vuelta a su vida. Con el tiempo, se transformó en una de las cartoneras más simbólicas de la cooperativa. No sólo pinta y prepara libros. Sino que además vende, distribuye y hasta lleva la idea de la cooperativa a jornadas de debate y ferias del libro regionales. “Hago lo que me gusta. Me pone muy contenta este proyecto en mi vida. Desde que pasé, quedé enamorada, y además vi una puerta distinta de salida a la frialdad de la calle. Por eso creo que muchos otros que hicieron la calle como yo desembocaron acá”, le dice Miriam a esta agencia mientras dibuja una sonrisa.
Casos como el de ella hay varios. Puntualizando sólo algunos pueden nombrarse los de Juan, Alejandro, Ricardo, Carolina y Celeste, integrantes permanentes de Eloísa. Ellas y ellos encontraron en la cooperativa “un lugar de pertenencia y además un espacio de acción”. Es por ello que puede pensarse a esta comunidad artística y social como un centro en el que se ha hecho mucho más por las personas marginadas de la sociedad de consumo que las administraciones municipales y nacionales. Por ejemplo, las leyes dicen que los cartoneros son trabajadores, pero lo único que se les concede es carnet, guantes y pechera. Además, por decreto, para protegerlos se dispuso la creación de “centros verdes” para separar sin riesgo cartones y vidrios de la basura, pero estos lugares siguen siendo letra muerta. Para colmo, reunidos en cooperativas, los cartoneros tienen derecho a recibir un carrito y 200 pesos, según afirman los mismos protagonistas del tema, pero como está a la vista diariamente los reflejos públicos a tales aspectos siguen siendo escasos.
“Ofrecer una oportunidad de vida digna parece demasiado para el Estado”, afirma Cucurto. Sin embargo, los cartoneros le dan rienda suelta a sus impulsos e ilusiones desde la simpleza de un par de hojas, algunas témperas, un libro. Y se descubre allí un movimiento activo, de doble cara, porque “la cooperativa es tanto un escenario de animación literaria como un fenómeno que, a través de la producción de libros desde lo que se desecha, borronea las fronteras entre arte y vida social”, dice su fundador y deja en evidencia el núcleo crucial de la cooperativa.
Frente social y cultural
Pero el trabajo de Eloísa Cartonera no concluye allí. Se expande mucho más allá en talleres de literatura latinoamericana y de edición de libros, por ejemplo. El primero es comandado por el escritor Ricardo Piña y el mismo Cucurto; mientras que el segundo, de confección y armado de libros, es impartido por los cartoneros y miembros de la cooperativa. “Se desarrolla como una veta adicional, una vuelta extra a como funciona el lugar”, asegura Miriam. “Aparte, nos permite darle una mano a los nuevos compañeros que se quieran sumar al proyecto e inculcar un aprendizaje de cooperativismo y laburo en equipo con el objetivo de que se den cuenta de que pueden hacer otras cosas tomando algunas mínimas herramientas”, continúa.
Por eso, de las acciones que germinan desde el frente cultural pueden florecer nuevos proyectos. En un panorama más lejano y amplio, algunos “eloísos” están ideando la posibilidad de conseguir un terreno en algún otro lugar de la provincia de Buenos Aires para instalar nuevas sedes y organizar seminarios “culturales y políticos” junto con organizaciones sociales. Incluso, sueñan con construir una huerta “para hacer dulces para la venta”, apunta Miriam entusiasmada.
Pero lo que sigue llamando la atención es la combinación entre trabajo y arte. Un tiempo después de desembarcar proveniente de Colombia, Juan Guillermo Gómez se integró a la cooperativa con ganas de progresar. Si bien el dinero que consigue por mes “no es mucho”, lo que allí se produce lo inunda de bienestar porque “da cuenta de una forma de encarar la vida, de construir un tipo de relato y recuperar ciertas idiosincrasias que son amenazadas frente a la cultura que impera en la actualidad”, afirma y trasluce las intenciones que existen detrás de la producción de cada uno de los libros y del trabajo en comunidad.
Por eso, la editorial le escapa a aquellos sectores que se autocalifican como “alternativos” cuando en realidad no dejan de ser una reproducción del orden original. Es que sus integrantes piensan que no es necesario cargar esas banderas. El trabajo habla por sí solo y la expansión a través de las fronteras deja en evidencia esa caracterización aún más. Sucede que la idea de la editorial tal como hoy se la conoce pasó a convertirse en un hito y se instaló en varios países de la región. El fenómeno se expandió a Perú con Sarita Cartonera (nombre de una santa que la Iglesia no reconoce, pero a la que el pueblo cree patrona de los marginados); a Bolivia con Yerba Mala; a Chile con Animita; a Paraguay con Yiyi Jambo y a Brasil con Dulcineia Catadorna.
Cada una de esas editoriales está atravesada por un hilo común: se define como “un proyecto social, artístico y comunitarios sin fines de lucro, donde los cartoneros cruzan ideas con artistas y escritores con el fin de democratizar el libro, la lectura y la creación”, explica Cucurto sobre la continuación de su proyecto madre. Pese a eso no hay personalismos ni cerramientos entre las editoriales. Cada una de ellas intenta con sus hermanas tener un contacto frecuente a partir de foros y ferias, porque el objetivo de todas es uno: expandir un proyecto que no tiene fronteras. Y va mucho más allá de lo que hacen las grandes o medianas empresas editoriales. Su objetivo no es el dinero. Hasta ahora ni “La Osa” ni Juan han podido conseguir la plata necesaria para solventar algunas de sus necesidades que ya no son las de antes. Pero no se desesperan. Ambos lograron descubrir sueños diversos, igualmente bellos, mucho más profundos, que van mucho más allá.
Eso fomenta la cooperativa; que mientras tanto piensa en expandirse. El objetivo de alcanzar un terreno propio y dejar de alquilar por el momento no preocupa pero a veces desvela. De todas maneras, la editorial no pierde su meta. Sigue caminando por senderos tumultuosos en busca de la integración y del progreso a través de un tipo de trabajo. Ese que proponen a diario. El que sustentado en fuertes principios comunitarios acapara la mirada de cientos de cartoneros y gran parte de la sociedad, en principio acercando a todos ellos a la literatura pero, también, brindando un modo distinto de hacer social. Colorido, enriquecedor, con un objetivo siempre utópico: darle una vuelta de tuerca constantemente a la realidad.