Por Paula Sabatés
Fotografía gentileza de Esperante, no tan pronto hagas de mi un ausente
Buenos Aires, julio 12 (Agencia NAN-2011).- Si todas las obras del off tuvieran la fuerza del final de Esperante, no tan pronto hagas de mi un ausente (domingo a las 21 en Elefante – Club de teatro, Soler 3964), ningún puestista de ese circuito podría defenderse ante una crítica alegando la falta de recursos o la precariedad de las condiciones de estreno. No serían necesarias entonces grandes escenografías ni teatros bien situados: alcanzaría con una pequeña salita con no más de cinco filas de asientos porque la fuerza del texto dramático sería tan avasallante que hasta el más agudo espectador quedaría asombrado por el poder de la dramatización. Y es que resulta realmente liberador, después de cincuenta minutos de (quizás demasiado) insistentes tensión y sufrimiento, ver al joven Macedonio Fernández que encarna Eliseo Barrionuevo (también dramaturgo) liberarse de todos sus fantasmas y romper con la locura (o con la cordura, depende de cómo se lo mire) que lo atormentaba.
El drama –un unipersonal que no podría no serlo– hace foco en la peor época del escritor, cuando la ausencia (no queda claro el motivo en la obra, pero Google dice que fue por muerte y si lo dice Google muerte será) de su esposa Elena lo paraliza de tal modo que no sabe cómo seguir con su vida y por ende cómo encausar su obra. Durante la hora que dura la pieza, el actor pone en escena recuerdos de su pasado que no son más que eso: secuencias y sujetos que viven sólo en su memoria y a los que no puede revivir siquiera escribiendo sobre ellos.
Es emocionante, y desesperante a la vez, ver cómo Barrionuevo se pone en la piel de ese hombre y se juega su propio cuerpo en la representación, aunque puede criticársele que en los momentos de gran tensión, que son varios –y lo verdaderamente entretenido de la obra– se apresura a decir el texto sin interpretarlo como lo hace en ocasiones donde prima la calma.
Pero, aunque es justo empezar por lo bueno, no sería justo obviar el detalle de que para apreciar el clímax final y cerrar como espectador la propuesta global de la puesta, hacen faltan unos largos cincuenta minutos en los que, salvo alguna que otra revelación y acierto desde lo dramatúrgico (Macedonio era grande, y muchos pasajes están basados en sus textos), la escena no hace más que mostrar a un escritor enloquecido (que no es lo mismo que actuar de loco) arrancar escritos nostálgicos de una pared repleta de ellos, una y otra vez, sin más motivación –ni explicación, símbolo de solidaridad con un público que hasta ahí mucho no entiende– que traer de regreso a esos seres perdidos (además de su amada, su padre y su amigo imaginario de la infancia). Cosa que no estaría tan mal si el juego de luces cumpliera la doble función que en un principio se cree que cumple, pero que no es más que una idea que luego se deja de lado al ver que es un uso mecánico el que en verdad se le da: el de marcar, mediante rojos y blancos bien delimitados, los estados mentales del personaje. Lástima que el recurso se abandone demasiado rápido, antes, incluso, de que el público pueda notar esa dualidad que hubiera sido de lo más interesante.
De todos modos, el esfuerzo es válido: el unipersonal, y más cuando se trata de uno que retrata la vida de un tipo del 1800, es algo difícil de escenificar y Barrionuevo (que comparte co-autoría con Francisco Grassi, quién también dirige) deja la vida en esa sala de 15 x 15. Los desaciertos –básicamente de dirección, cabe decirlo– quedan momentáneamente olvidados por la superación final, un momento verdaderamente admirable donde todas las partes de la representación están a tono, y la trama cobra sentido allí donde parecía no haber más que una sucesión de monólogos inconexos (última objeción: el unipersonal no debería ser eso, o por lo menos no debería notarse).