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Estrella del Oriente: “Las potencias económicas quieren que pintemos gauchos y sandías y que no discutamos sobre qué es el Arte”.-

Marcelo Céspedes, Pedro Roth y Juan Capurro son tres de los cinco miembros del colectivo que “salió al ruedo” en 2007 con una revista abocada a la reflexión sobre la “desorientación” del arte pos-posmoderno. Además de sus intervenciones en los baños del Malba, entre sus proyectos se cuenta “La ballena va llena”, que pretende convertir a personas en obras de arte a través de una epopeya oceánica. Intentan demostrar que el régimen de legitimación actual “expulsa a las personas a la Nada, mientras coloca al arte en el Todo”. Aparte, opinan sobre el mercado del arte y el clima de “velorio” en los museos.

Por Facundo Gari
Fotografías de Cecilia Villegas

Buenos Aires, febrero 26 (Agencia NAN-2010).- Una locura: un gigantesco crucero de titanio con forma de ballena y una enorme réplica del mingitorio de Marcel Duchamp sobre cubierta. Una sensatez: hacer de hombres y mujeres, obras de arte. Una locura: un presupuesto estimado de ¡108 mil millones de dólares! Una sensatez: un cafecito con amigos por miércoles en asamblea en la confitería Lorea, en Congreso, siempre sobre la misma mesa contra un ventanal. Locos o sensatos, una gentileza: el cortado de Agencia NAN corre por cuenta del Círculo Social Artístico Deportivo y Cultural Estrella del Oriente (EO), conformado por los artistas plásticos Juan Carlos Capurro y Pedro Roth y el productor de Cine Ojo Marcelo Céspedes. El pintor Daniel Santoro y el cantante Tata Cedrón completan el quinteto (otrora sexteto, antes de la muerte del periodista de jazz Nano Herrera). ¿A qué se dedica el colectivo? Esencialmente, a la edición de una revista epónima que se puede descargar e imprimir desde http://www.estrelladeloriente.com/. Pero también a una miscelánea de iniciativas que se desprenden de su devenir reflexivo a propósito del estatuto del Arte.

Es que cada presentación de un nuevo número de la publicación –que va por su cuarto ejemplar– está supeditada a ese punto cardinal pero a su vez alimentada por la multiplicidad de miramientos que contempla el colectivo desde su génesis y en su denominación –es decir, sociales, artísticos, deportivos y, englobando a todos ellos, culturales–. Ello, barnizado además con esa clase de humor que algunos padres insisten en adjetivar “sano” y con esa viveza que, tal vez por desprenderla de la “criolla”, acaece sobre el concepto tan poco consensuado de “inteligencia”. Para dar un ejemplo, lo antedicho: en junio del año pasado, EO presentó en el Centro Cultural Recoleta (CCR), y ante un auditorio lleno y jocoso, el proyecto “La ballena va llena”, que mejor lo explica uno de sus mentores:

Juan Carlos Capurro: — “La ballena…” es una experimentación en campos muy diversos que estamos plasmando en una película. Nace porque trabajamos la idea de que en el mundo se expulsa a la gente que quiere migrar de un lugar a otro, que es como se desarrolló la humanidad. El hombre empezó a caminar desde África, se encontró con el neandertal en Europa y siguió hasta Tierra del Fuego. Y ahora, en los países industrializados, la legislación contra los migrantes es persecutoria y criminalizante. Por otra parte, la política para la protección de las obras de arte es extraordinaria, ejercida por la Comunidad Europea y EEUU. Lo que vimos es que, aplicando las mismas leyes, si una persona se convierte en obra de arte no puede ser expulsada. Al respecto, uno de los principios fundamentales es el de legitimación. Cuando uno lleva un cuadro a un museo, el legitimador decide: “Esto no, esto sí”. Y tenemos todas las herramientas necesarias para demostrar que una persona puede ser una obra de arte a través de un proceso alquímico en un barco de titanio con forma de cetáceo.

Una sensatez.

Pocos días antes de la última Navidad, otra conferencia en el CCR los encontró con un doble anticipo audiovisual que será parte del cuerpo del documental que Capurro menciona: un corto que ilustra la marcha de los cinco artistas en busca de financiamiento para la construcción del crucero (particularmente, la alegre insistencia de Roth y Céspedes por comunicarse telefónicamente con Begoña Guerrica, responsable del área de Arte de la Fundación Botín española, en busca de un subsidio); y la fotonovela titulada Cómo el CAYC nos cambió la cabeza. Fotonovela para adultos del mundo del arte, que muestra al quinteto en una peluquería situada en lo que durante los ’80 fue el Centro de Arte y Comunicación, corazón porteño de la vanguardia artística de antaño. Lo que intentan probar allí en sus propios cuerpos (en sus propias cabelleras) es que el “pasaje” a obra de arte es fáctico. Un desfile de melenas verdes, amarillas y rosadas sobre la calle Viamonte lo verifica. Resulta una pena que hayan tenido que cortarse el pelo para las fotos que ilustran la entrevista con esta agencia.

— ¿En qué circunstancias crearon EO?
J.C.C.: — En las circunstancias en las que estamos en este momento: en este bar, en esta mesa, en la que nos reunimos desde hace muchos años con Santoro. Luego se sumó Roth y con el proyecto “La ballena…” se incorporó Céspedes. También Cedrón, que se encarga de la cuestión musical (en cada aparición, interpreta el himno de la agrupación, una milonga cuya letra corresponde al poema “Lejos”, de Federico Peralta Ramos). Y Herrera, que se incorporó a la mesa. Entonces, se creó un espacio de trabajo semanal. Y, en 2007, decidimos salir con una revista. Por qué tomamos ese nombre es una larga historia…

— ¡Por fortuna, el soporte virtual no pone límites!
J.C.C.: — Bueno. Primero fue por azar, que es lo que gobierna todos los actos, en particular a los de la creación. Segundo, porque tenemos un particular imán por Oriente desde que Occidente es lo que es. Oriente es lo opuesto: lo místico, lo maravilloso. Y tercero, porque descubrimos en un libro usado de Almafuerte un sello de una asociación anarquista de Valentín Alsina que se llama así. Un sello realizado por un artesano…
Pedro Roth: — En Argentina existe una tradición de grandes grabadores que son los que llevaron adelante la preocupación por lo social al arte, tema que no ocupan los pintores desde sus obras.
J.C.C.: — Y eso es bueno, porque estamos completamente en contra de la orientación social entendida como una cuestión de realismo.

— ¿Cómo es eso?
J.C.C.:
— ¡Ah, claro! Estamos a favor de la absoluta libertad del arte y decimos que no debe estar condicionada por nada.

— ¿Por eso no hay un “arte argentino”?
J.C.C.:
— Claro. No hay un “arte argentino”, ni un “arte japonés”, ni un “arte mexicano”. Y ése es un tema muy polémico.
P.R.: — Lo países centrales quieren obligarnos a hacer un “arte argentino”. “El ‘arte grande’ lo hacemos nosotros, ustedes hagan ‘arte argentino’. No nos jodan, no queremos que todo el mundo tenga cartas para jugar en la mesa en la que están Picasso y Andy Warhol. Pinten gauchos y sandías y no nos discutan sobre qué es el Arte”. Es una imposición que viene de allá.
J.C.C.: — Por eso, si bien cada uno tiene su punto de vista, y esa amalgama va dando sus resultados, en general opinamos que en el arte no se puede estar sujetado más que a la ley de la absoluta libertad.

— ¿Lo opuesto de ello serían las “industrias culturales”?
J.C.C.: — La imposición de cualquier tipo de dogma, sea político, estatal o el que fuese. No porque desechemos lo político en sí, sino que el Arte está sujeta a leyes propias que tienden a ser las de la anarquía, en un sentido profundo. No puede trabajarse de una manera condicionada, no te pueden decir que tenés que sacar una foto en la que salga tal o cual cosa.
P.R.: — Lo que realmente nos conjuga es pensar haciendo. Todo esto que estamos pensando, lo estamos haciendo para transformarlo en EO. No es sólo una mesa de café que termina cuando levantan las tazas.

— ¿Pero cuánto tiene que ver en esta pérdida de libertad del artista la mercantilización de las obras de arte?
J.C.C.: — La obra de arte es una mercancía como cualquier otra y un artista tiene derecho a vivir de ello. Una cosa no implica la otra, claro: se puede hacer arte sin dinero. Ese no es el punto. El tema es si eso condiciona…

— Si quienes tienen dinero son los únicos que pueden decidir qué es una obra de arte…
J.C.C.: — Claro. Estamos en una época de grandes elegidores. Por ejemplo, hoy las fundaciones condicionan el arte mundial. Eso no lo decimos nosotros, lo dice la revista The economist. El templo mayor del capital internacional sacó un dossier hace dos meses sobre la actuación del arte en el mundo como un tema financiero, con la explicación de las fundaciones involucradas, cuántos millones de dólares se manejan y la incidencia de la crisis en el mercado del arte. No es la forma en la que lo vemos nosotros. Intentamos comprender. Muchas veces los artistas no podemos pensar este problema, pero lo debemos hacer porque está incidiendo en el desastre que hay en el terreno del arte mundial, admitido por griegos y troyanos.

— Eso dicen en la presentación del primer número de la revista. Allí hablan además de los “opinólogos” del arte. ¿Quiénes son?
J.C.C.: — Aquellos que pretenden vivir del arte sin realizar. Nos parece bien que puedan criticar, siempre y cuando sean hacedores quienes lo hagan, que estén comprometidos, involucrados. Si alguien opina no es un opinólogo, sino alguien que se apasiona. No estamos en contra de los críticos, pero sí de los que hacen de ello una profesión vinculada al negocio…

“Negocio” no se escucha del todo, por el tumulto repentino que crece desde la vereda de la confitería: un hombre, tal vez de unos 40 años, toma del buzo camperita a un joven, quizás de unos 20 años, y lo empuja. El joven cae. Un policía se aproxima y hace que el muchacho coloque sus manos en la espalda. Lo tendrán en el piso al menos veinte minutos. Poco se le entiende al hombre, que grita enardecido, pero Céspedes balbucea lo que algunos curiosos pensarán al pasar: “Parece que alguien robó algo”. Capurro acota: “No me parece que haya robado… Lógicamente, el tipo agarró a un pibe flaco y es un gordo que mide 400 metros. Me hubiese gustado que fuera de otra manera.” Roth también mira a través del ventanal. El hombre continúa gritando, busca adeptos a su reclamo: “¡Ahora lo agarran y después lo dejan libre!”. Por una abertura de la ventana, Capurro le responde con un alarido: “¡A los gobernantes dejan libres, a los ricos dejan libres!” El de afuera sigue: “¡Hay que colgarlo, hay que colgarlo!”. Desde adentro: “¡Cortala!” Y, entre bocinazos y voces, Capurro no escucha el insulto del hombre (“¡Qué me gritas, viejo de mierda!”) porque, casi a la par, comenta: “Esto genera una violencia terrible”. Vuelve a mirar por la ventana y ahora son tres oficiales los que revisan al joven en el suelo.

J.C.C.: — (Acude por la hendija de la ventana hacia los policías) ¡No tiene nada! (Vuelve a la conversación) ¡Ese “luchador de toda la vida” dice que “hay que colgarlos a todos”! (Exclama con el índice en alto. Luego suspira decepcionado) La realidad irrumpe y también es una forma de desenvolverse. Si hiciéramos una película mostrando esto, no estaríamos contribuyendo. El arte tiene caminos muy misteriosos. Porque confrontar con cuestiones, desde otro lado, ayuda a desenvolver el pensamiento.

— Pero hay artistas que deciden mostrar este tipo de situaciones. ¿No es válido?
J.C.C.: — Sí, todo es válido. No es nuestra búsqueda porque lo ve todo el mundo. Y el arte ayuda a mostrar las cosas que no vemos.

El que pedía la horca es visible, pero al menos ya no se escucha.

— Volviendo sobre “La ballena…”, ¿cómo se produce lo que ustedes denominan “pasaje” del ser humano a obra de arte y qué analogía guarda el concepto con las formas de legitimación actuales?
P.R.: — Antes, cualquiera podía decir lo que era arte y lo que no, por una tradición de dos mil años que venía de la religión. Con el cambio de diccionario, cuando la Verdad dejó de ser religiosa y pasó a ser científica, no fue acompañada de una nueva estética. Entonces, aparecieron los nuevos grandes expertos que deciden sin denominador común. Nosotros ampliamos las fronteras y decidimos que las personas también son obras de arte, y nadie nos lo puede discutir porque lo puede ser un pedazo de vidrio roto o un sistema virtual. Y hay antecedentes: en el Instituto Di Tella, La familia obrera, de Oscar Bony, era una familia real en exhibición.
J.C.C.: — No pretendemos ser novedosos. Lo novedoso es la situación. Cuando Bony hizo La familia… fue para recordarle a la generación de los ‘60 que se llevó el mundo por delante en las empresas, que el que estaba trabajando era el obrero. Ahora es al revés: a la familia obrera la tiran a la calle. Si Bony hiciera lo mismo hoy, sería un fracaso. Para lo único que podría exhibir a la familia es para ver si le dan de comer. Entonces, esa indagación que hoy está vacante fue surgiendo en “La ballena…”, la de la expulsión de los seres humanos a la Nada, mientras el arte es colocada en el Todo.
P.R.: — Por eso los que tienen algún tipo de sensibilidad social se concentran en los cartoneros, porque ahí sucede Algo, hay alguien que acciona sobre la realidad. Es muy difícil hacer la Nada visible: hay que rodearla y crear un dibujo. Y cuando esa Nada empieza a accionar sobre la sociedad, aparece porque hizo Algo, como este joven tirado en el suelo. “Osó dejar de ser la Nada.” Esto empieza con Martínez de Hoz cuando destruye la industria nacional pensando que así puede eliminar al movimiento obrero.

— Y por el lado del Todo, ¿qué sucede con las instituciones? En palabras de Santoro, ¿cómo acciona el tiempo sobre las vanguardias, como lo fueron el Di Tella y el CAYC y lo es el Malba?
J.C.C.: — El eje de nuestro trabajo no indaga a las instituciones, pero en el camino surgen estas cuestiones. En marzo, saldrá un nuevo trabajo de EO sobre la situación de las instituciones que son manejadas por el mercado financiero, con un Estado que resigna en parte su intervención. Hay un gran negocio en el arte que tiene que ver con el lavado de dinero, con las transacciones internacionales, el flujo de capitales.
Marcelo Céspedes: — Por eso, cuando hablamos de financiación de los proyectos como “La ballena…”, me río. Acá no hay sino autogestión. Lo de la búsqueda de financiación es una crítica a esa búsqueda del arte para legitimarse.
P.R.: — Estamos haciendo una investigación sobre cuáles son los dirigentes de las últimas bienales y grandes ferias, cómo se vinculan entre sí y por dónde pasan las decisiones que se toman en relación al mercado del arte y la estética.

— Por último, ¿qué creen que debería suceder para que más gente se acerque a los museos?
J.C.C.: — Tendrían que ser autogestionados. No puede ser que un comité o una persona anciana y del balero esté decidiendo qué hacer. Lo primero sería permitir que gente que esté interesada por el arte participe en asambleas para decidir qué se hace con el lugar. Tiene que irrumpir la vida, porque es un velorio. Y uno de los aburridos.

Pedro Roth: http://www.pedroroth.com.ar/
Daniel Santoro:
http://www.danielsantoro.com.ar/
Cine Ojo:
http://cineojofilms.blogspot.com/