Nacho Vavassori y Gabriel Molinelli interpretan, según escribió y dirige Alfredo Allende, casi lo mismo que son: un dúo de actores. En vez de argentinos sorteando el siglo XXI, son griegos a punto de decretar, en clave cómica y sobre el escenario, la debacle de Sófocles. De visita en el IV Festival de Teatro Independiente de Esteban Echeverría, la puesta sigue su marcha en la Avenida Corrientes.
Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de Fueron los griegos
Buenos Aires, octubre 4 (Agencia NAN-2011).- Tantísimos años antes de la llegada del mismo Cristo nació el acto de sentarse y posar el ojo en una acción que transcurre a una distancia física y emocional, y que lleva en sus entrañas eso que la psicología lacaniana denominó “pulsión escópica” (simplificando demasiado, el placer de mirar). Fueron los griegos, los responsables de una pila de aportes, en filosofía, en política, en teatro. Aunque, de más está decirlo, el dispositivo haya sido modificado en demasía –del gigante auditorio al aire libre al pequeño teatro en Monte Grande donde estamos situados– es innegable que conserva su esencia: sentarse y posar el ojo en una acción dramática. Que, por cierto, en este caso, tiene a dos actores griegos como personajes principales.
Si en los diarios sale todos los días alguna noticia de la crisis griega, con el mismo grado de insistencia la cartelera teatral añade una obra griega, tal cual, inspirada o basada. A más de 2500 años de su surgimiento, el teatro griego vive su auge. No extraña: habla tanto de política como de sufrimiento individual, de decisiones extremas, de ética y moral, de la poderosa lucha entre el instinto y la racionalidad. Siempre se puede dialogar con él. Y eso hacen, cómicamente, Nacho Vavassori y Gabriel Molinelli, que, más que dos actores, son un verdadero dúo: esto es importante, porque el narcisismo de los artistas es mucho más notorio de lo que ellos creen. Muy alejados parecen de eso estos dos tipos con menos pinta de griegos que las mellizas Xipolitakis.
La obra que dirige Alfredo Allende –también responsable de la dramaturgia– se presentó el sábado por única vez en el teatro Brancaleone de Monte Grande (9 de abril 935), en el marco del IV Festival de Teatro Independiente de Esteban Echeverría. De ahora en más se la puede ver los viernes a las 23.30 en Belisario Club de Cultura, Avenida Corrientes 1624. Fueron los griegos transcurre en Atenas, en el año 420 A.C. Vavassori y Molinelli (Hipófisis y Peroné, respectivamente) son dos actores en la víspera de un festival que posiblemente marcará la decadencia del gran Sófocles, para quien ellos trabajan: Eurípides viene pisando fuerte en el mundillo teatral clásico, al que imprimió elocuentes cambios, como tecnologías en la escena y la incorporación de un tercer actor.
En la noche previa al certamen, Hipófisis y Peroné se disponen al último ensayo de Edipo, la obra que los tiene por protagonistas. Ni siquiera se saben la letra, y no les cabe ni medio el texto del “viejo” –así lo llama Hipófisis– y venido a menos Sófocles. Sobre esta base –la ignorancia de los actores con respecto a su trabajo–, Vavassori y Molinelli construyen, más que una historia hecha de peripecias, una situación en tiempo real, un teatro dentro del teatro que es una deconstrucción cómica de la tragedia. Y esto no es apenas un intento en estos dos actores, sino que es todo un logro. No por nada el público se acerca a darles la mano cuando termina la función.
Y eso que al principio la obra no parece lo que será: cuando se esfuerzan por hacer reír, Vavassori y Molinelli no brillan. Menos cuando el humor que utilizan se apoya en lo chabacano: Peroné es homosexual, y de eso tratan los chistes fáciles del comienzo. Gracias a Zeus, a los pocos minutos la obra da un giro de 180 grados. Sigue teniendo, sí, un humor sencillo, inclusivo (que llega a romper la cuarta pared); pero no fácil. Es un humor que tiene otras dos características fundamentales: es didáctico sin ser educativo y es crítico sin ser moralista. Decía Osvaldo Soriano sobre uno de los más inmensos dúos del humor, el conformado por Laurel y Hardy, que ellos cuestionaban a la propiedad y a la autoridad, “los valores más preciados por los norteamericanos de entonces”. ¿Qué critican y que cuestionan, entonces, Vavassori y Molinelli, que sí que saben hacer reír?
Si Vavassori, con un humor más de palabra, es el timón de la acción; Molinelli encarna a la reacción: responde mágicamente con su lenguaje corporal, sobre todo con la riqueza de los gestos de su rostro. Con el recurso del teatro dentro del teatro, ellos critican los valores más preciados de la disciplina actual que, según parece, no son tan distintos a los fundacionales. Tácitamente, critican la solemnidad a la hora de acercarse a la génesis de todo, riéndose de los autores que se merecen el mayor de los respetos. Explícitamente, se ríen de un público que es “lo peor del teatro”, porque no sabe un comino sobre aquellas obras a las que va a ver. También, prueban que el mundo artístico en general y el teatral en particular están hechos de una vil competencia que no siempre está emparentada con el afán de renovación. Y finalmente, se preguntan, una y otra vez, para qué son actores, si ni siquiera saben lo que mañana tendrán que decir.
IV Festival de Teatro de Esteban Echeverría: http://www.estebanecheverria.gov.ar/