
Por Nicolás Sagaian
La Carlos Gardel despierta bajo un cielo aplomado. Entre el barro, la basura arde y larga un humo grisáceo. Más allá, a un costado de los monoblocks, descansa el esqueleto de un auto derruido. De fondo, ladran los perros. La calma del barrio se corta de cuajo. Suenan tiros. Paf, paf, paf. Taca-taca-tatatatata. La crudeza golpea en el pecho sin piedad. Así: en seco y de entrada, sin vaselina ni diluyentes, arranca y transcurre Diagnóstico esperanza, la ópera prima de César González, que se proyecta en el Cine Gaumont todos los días a las 13.40 y a las 20.20. El largometraje es “una ficción documental que se plantea una especie de ensayo sobre lo micro del capitalismo y cómo el consumismo ataca con locura a todas las clases sociales”. Es un relato descarnado sobre la soledad, la exclusión, la violencia, el dolor, la marginalidad, la envidia, el poder y los sueños. En clave rizomática (con el permiso de Gilles Deleuze y Félix Guattari), el film producido íntegramente por manos villeras no transcurre sólo en la villa, aunque hay una fuerte marca del contexto tierra adentro, ya que pretende exponer sin mediadores la visión de sus habitantes acerca de la sociedad actual. A ver, “no trata de mostrar ‘una única verdad’ sino que trata de dar una batalla cultural en medio de tanta hipocresía”, explica el poeta y escritor de Morón, ahora devenido en director, guionista y realizador de cine.
Lejos de la bizarreada barata de Policías en acción y de la esterilización de la marginalidad en formato cool tipo Slumdog millionaire o Elefante blanco, Diagnóstico esperanza apela a una trama precisa de historias entrelazadas para pinchar la burbuja socio-cultural burguesa e incluso incomodar al progresismo demodé. Con una estética muy propia, sin mediaciones ni ánimos de señalar a víctimas y victimarios, González desnuda su preocupación por las “formas”, la puesta en escena, más allá de cualquier limitación técnica o escasez de recursos físicos. Influenciado por las obras de Godard, Robert Bresson, Andréi Tarkovski, Jim Jarmush o Paolo Pasolini, entre otros, busca “romper” con los modelos narrativos típicos que imperan en la pantalla. “Todo ser humano posee en su psicología un lugar invadido por Hollywood. Desde el cine o los videojuegos se propone un modelo de pistolero que cae preso para siempre o se muere épicamente. Yo acá busco otra cosa”, apunta César. La muestra cabal está a primera vista en la trama: la línea argumental está enfocada en la soledad de un niño que crece a la deriva en la villa, pero el film no tiene un protagonista excluyente; son varios caminos que se cruzan en paralelo, desde el pibe que labura y no consigue nada hasta el cacerolero.
“El mensaje de fondo desliza cómo la lógica perversa en la que vivimos atraviesa todas las clases sociales; cómo en este mundo desde el villero hasta el clase media juegan en la carrera loca por tener, porque tener es ser, y no sólo algo material, el anhelo es tener un título también, tener respeto, tener brillo, un cargo, lo que sea”, esboza su teoría este joven artista que en apenas unos pocos años publicó dos libros de poesía, La Venganza del cordero atado y Crónica de una libertad condicional; creó la revista Todo Piola, produjo y condujo en el Canal Encuentro el programa Alegría y dignidad, y que ahora espera para presentar Corte rancho, un mini de cuatro programas “con una visión villera de las cosas, desde diferentes barrios, donde el dolor se recicla en belleza y se construyen nuevos espacios de diálogo”.
Flojo currículum para este pibe que entró a los 16 años al Instituto de Menores Rocca aún con la cicatriz de cinco heridas de bala, pasó por el Instituto Belgrano y el Agote, para luego desembarcar en el penal de Ezeiza y, finalmente, terminar en el de Marcos Paz. En ese camino a la libertad gestó un espíritu creativo. Ahora busca pegar el salto. Mientras deja atrás la piel de Camilo Blajaquis, pretende desnudar su esencia. A cada paso abre un nuevo campo. Cuenta: “El cine siempre me apasionó porque desde un principio supe que es una gran herramienta no sólo artística sino también didáctica al alcance de todos. En cambio la poesía es un camino más individual, espiritual, más interno de uno con el mundo y su percepción. El cine es algo que necesita a los demás, es un poema que escribimos de a muchos, cada uno con su tinta”.
En Diagnóstico esperanza el guión central lo armó él. Fue hace dos años. Después de ponerse manija hasta la nuca con las clases de cine en el Centro Cultural San Martín, tres cortos y algunos videoclips. Con un boceto armado, contactó uno a uno a los actores, les comentó la idea y cada uno puso algo de lo suyo. A medida que iba pasando el tiempo, la idea que había comenzado por un lado, tomó impulso propio y terminó por otro. Con cientos de horas de trabajo, sólo una cámara HD y sin mucho más, el film obtuvo forma. En una PC, no de último modelo, ganó fuerza y fue puliéndose imagen y sonido. La avant premiere, como no podía ser de otra manera, fue en el barrio. “Necesitaba de esos críticos”, resalta César, como si fuera necesario. “La idea es que nos representemos a nosotros mismos, sin máscaras ni traductores de por medio”, continúa, y recuerda que en la mayoría de los medios, sin distinciones de bandería ideológica, cada dos por tres siempre alguien con supuestas credenciales se da el tupé de hablar de la villa en nombre de su gente, como si viviera allí.
Este no es un problema en la película. Casi no hay actores externos, apenas un par de “profesionales”. Actúan vecinos de Carlos Gardel, de Fuerte Apache y Ciudad Oculta. Madres, hijos, primos y amigos. Comparten elenco y los pasillos: Alan Garvey, Nazarena Moreno, Esteban El As, Mariano Alarcón, Sabrina Moreno, Nicole Blanco, Javier Omezoli, Analí Céspedes, Tino Vera, Mariano del Río y César. Sin subrayados ni estereotipos. Sin exageraciones burdas. “Toda la puesta actoral tiene la naturaleza de la fuerza que llevan los villeros en el cuerpo. La ficción es un elemento poético esencial para indagar en las profundidades de la especie humana y, fundamentalmente, denunciar injusticias”, señala el cineasta. La transparencia de la película también se nota en el paisaje social que retrata un contexto contrariado: las historias, con sus complejidades, no suceden en la desolación de chapa y cartón de los ’90, sino en casas nuevas, de un lugar urbanizado, con agua potable, luz, asfalto, donde se cruzan el progreso y la derrota. Ahí está la cuestión, en este escenario incierto los pibes siguen muriendo y matando.
En este punto es que César insta a volver a “lo más sagrado de nuestra especie”. “El arte salva. No me canso de decirlo por más que suene algo trillado. Si yo no hubiese conocido el arte, hubiese muerto, pero no en el sentido existencial. Estar preso es una pequeña muerte. No tener un lugar digno para vivir, también. Ser rehén de los valores de la sociedad de turno puede traer graves consecuencias y con esta película se está apuntando hacia otro lado, salvando de ese destino a muchos otros más”, se explaya. Su reflexión va más allá de la lógica o la filosofía concreta. Como intenta en cada uno de los barrios con Todo Piola, los cortos o cada talleres de escritura, la movida esconde un plus: más allá del acontecimiento artístico, de la producción y el desarrollo de cada uno, “lo que se genera es una contención, una mirada distinta, con la que los chicos de la villa se dan cuenta que pueden ser escritores, filósofos, actores, que pueden ser artistas de calidad, pensar por sí mismos y retratarse a sí mismos”. Sí, son conscientes de la cantidad de dificultades que hay en el camino. Así y todo se plantan y le ponen el pecho. El diagnóstico todavía es abierto. Esperanza no falta.