/Archivo

#HQCL volúmen 3 en La Casita

PUNGAJ_ENTRADA1
Javi Punga y Juanchy Manchy a dúo armaron un cierre histórico para una nueva edición del ciclo de música en vivo de NaN. Antes, Myrna Minkoff adelantó su disco.    .

Un ensayo sobre el cambio en la estructura de poder en el universo de la música urbana —en particular el rock argentino— podría escribirse a partir de lo que ocurre en un pequeño bar de Temperley un frío sábado de abril. Un texto en línea con Alfredo Rosso, que hace casi un mes le dijo a NaN que “estamos en una era de oro del rock nacional y no nos damos cuenta”. Adheriría a la visión de que la crisis de rotación de nuevos rockeros en las radios, los canales de televisión y los grandes escenarios guarda estricta relación con una crisis de la industria discográfica, originada en la Internet interactiva y cuyo placebo es, qué duda cabe, cada vez menos sofisticado (googlear “Tan Biónica”). Pero no se quedaría ahí. Ahondaría en aquello de que “no nos damos cuenta”, salvo que no desde la óptica del sedentarismo periodístico, siquiera desde una postura enteramente pesimista, porque acaso esa ignorancia se deba a que nos alcance con seguir a nuestras nuevas y masivamente ignotas estrellas por bares, clubes y parques, lejos de los Indec de la circulación humana (que en el recital del Indio Solari en Gualeguaychú tuvieron un margen de error de 50 mil asistentes). Diría que “no nos damos cuenta” porque la vivencia es nodal en lugar de monstruosa, porque somos muchísimos disfrutando esos sonidos velados por las FM en sitios que no soportan más de cien personas y en los que interactuar es una ilusión muchísimo menor que frente al muro de Roger Waters. Y que esa cualidad es la que hace que no vivamos esta “era de oro del rock nacional” a la manera de los fenómenos colectivos mediatizados (como los linchamientos) sino de una forma generacional y energética que tendría progresivamente consecuencias, por ejemplo, sobre la proliferación de escenarios, comerciales o no. Si la realidad es la relatada, si quien denomina domina y si la renovación del sentido se efectúa en sitios distantes y a la vez en lugar de hacerse siempre en el Monumental, el poder del rock argentino está pluralizándose, diversificándose, fortaleciéndose (y nos) en diversos exponentes y espacios. El ensayo podría titularse “La accidental distribución de la riqueza real que es la propiedad de los sentidos”.

La noche del sábado pasado en La Casita de Temperley, durante la tercera edición de Hasta Quitarles la Ciudad a Los Lagartos, el ciclo de música en vivo que organiza esta revista, esa accidental distribución provocó un momento acaso histórico en lo que respecta a una hipotética futura mitología de pequeñas mitologías de la música underground local, lapsus enmarcado en esta “era de oro del rock nacional” del que sólo unas sesenta personas (con margen de error de dos asistentes) fueron testigos directos. Esa noche en el sur del conurbano, Javi Punga y Juanchy Manchy tocaron juntos por primera vez, con todo lo que de empalme de generaciones, estilos y destinos implica la singular mixtura, que estuvo a las órdenes de un set del cantautor platense (azuleño or adopción) y que fue antecedido por el guitarrista y cantante de Los Reyes del Falsete en solitario y, antes, por Myrna Minkoff, todos en versiones acústicas.

PUNGAJ_ENTRADA
Lo que sí aparece como tinte propio de John Kennedy Toole es el cinismo en la mirada de MM y en la resolución de su narrativa.

Que el seudónimo de la cancionista de Villa Crespo sea un link directo a la delirante novela La conjura de los necios funciona en el orden de una contradicción: no es precisamente ese delirio ni la agitación social de la ¿novia? de Ignatius Reilly lo que conjuran en forma sus melodías de guitarra electroacústica, sino una gentil mansedumbre, en contenido canción rioplatense que bien acompañada estaría por contrabajo, chelo y cajón peruano, instrumentos a la orden de su primer disco, de pronta aparición. De la referencia sí se podría aventurar cierto carácter epistolar en sus letras, graficado en ellas mismas como en “Tangarte”, con la que abrió la presentación: “Parece joda pero es verdad,/ ella volvió con él, qué vas a hacer./ No fuiste el único que oyó que nunca más se iba a someter con tanta ingenuidad/ a un tipo como él./ Las circunstancias yo no las sé, si fue un mensaje o fue un email,/ y tal parece que de todo se olvidó, lo que te prometió, todo lo que sufrió, por lo que le cortó/ la última vez.” Lo que sí aparece como tinte propio de John Kennedy Toole es el cinismo en la mirada y en la resolución de su narrativa. Por ejemplo, le aconseja al enamorado al que le habla aquí “jugarla bien” para que la deseada se dé cuenta de su conveniencia como candidato “siempre en comparación al mono que faltó a su bar-mitzvah porque jugaba Nalbandián”, pero sabe que la cosa terminará en “trompadas con mucha precisión”.

Ya era la una cuando subió al escenario y los dos ambientes principales de La Casita estaban llenos. El frío dejaba el patio interno y el patio propiamente dicho (allí donde está la parrilla en la que se cocinan las pizzas caseras) para un rato de los fumadores, mientras adentro el calor del gentío iba haciendo menos notorio que había un aparato soplando tibio. Las mesitas, todas ocupadas y pobladas de copas de vino, botellas de cerveza y velitas titilantes, en un ambiente oscuro y acogedor. El itinerario de Minkoff continuó con tres canciones de La conjura del demo, adelanto acústico de su opus disponible en Bandcamp: la agridulce “Siempre atrás” (que ella presentó como “una canción que habla del amor en los tiempos de Internet”), la curiosa “Jason” (biocanción sobre el “famoso actor de Hollywood” Jason Schwartzman) y la campestre “Muro de los lamentos” (que retoma la escritura: “Escribo para no olvidarme de vos/ que estás tan cerca y tan lejos”). Para el cierre no dispuso de “Barrio” ni de “Paja”, tracks restantes del sexteto online, sino del tango socioléctico “Milonga de tu hablar”, que le puso tilde a “varieté” como identidad de la puesta.

PUNGAJ_ENTRADA2
Por el buzo cangurito, los guantes de huesos estampados y la barba que conserva hace rato, Juanchy tira paredes con “Karate Kid”, “ET” y “Hacia rutas salvajes”.

Habitualmente, Juan Martín Cianfagna, aka Juanchy Manchy, tiene aspecto de John Frusciante cruzado con cualquier animación de Loco Arts. Claro que la comparación con el violero de los RHCP tiene que ver con los agudos que el de Mármol ofrece en LRF, además de con la obviedad de tratarse de un guitarrista y cantante que se las arregla con un micrófono y una computadora para poner a disposición sus artesanías. Pero esta noche, por el buzo cangurito, los guantes de huesos estampados y la barba que conserva hace rato, Juanchy tira paredes con Karate Kid, ET y Hacia rutas salvajes, y la evocación cinematográfica le arma un cosmos bastante atildado. Es curioso y agradable que de arranque se le haya percibido cierta timidez cuando con el cuarteto de Adrogué lleva más de 300 shows, entre ellos la reciente apertura del concierto de Mac Demarco en el Teatro Vorterix. La rompió con “Mi guitarra” y un tono más grave (a nivel sonoro y lírico, plan que luce adultez en relación a la épica de generación degenerada de LRF): “Y al infinito se va el cielo raso/ con mi guitarra esperando en los brazos./ Mirando el techo de mi habitación/ otra nota en otra canción,/ al final soy mi propia maldición:/ la vida pasa y yo de mal en peor”, entonó con melancolía. Tras la iniciática “Mar del Plata”, de su cancionero lo fi asequible en Soundcloud interpretó junto a su viola “Campeones del amor”, “Vivir sin nada”, “Microhondas” y “La mancha”, que reincide en la habitación adolescente como espacio en expansión: “Mi cuarto está hecho un terror, me invade una mancha de humedad,/ oscura toma color, es como un tumor en mi casa,/ quién va a llevarle un doctor, quién va a curarle, quien le va./ Que llamen pronto al pintor que esta habitación ya se nos va”. “Vivir sin nada” y “Los pasos” completaron una performance a ojos cerrados, frente a un auditorio en tensión.

Ya rondaban las cuatro de la madrugada. Cuando Javier “Punga” Cereceda se ubicó al frente no lo hizo solo: como en la prueba de sonido, JM se sentó a su lado, frente a un redoblante, una chancha, panderetas y maracas. Sin riesgo de caer en el cliché, fue una presentación mágica: con ambos encapuchados en un escenario apenas azulado, las percusiones del guitarrista de LRF le adivinaban —primero con alguna duda, cada vez con más seguridad— el nervio de canción juvenil al ex Ned Flanders, que se paseó por su abundante cancionero solitario durante más de una hora, breve intermedio mediante. Incluso mostró parte de lo que será la banda de sonido de la ficción sureña Margarita, de los hermanos Leandro y Florencia Calcagno, en plena filmación. El escenario era la habitación de dos hermanos con la cuarta pared rota y vuelta hacia un bar: músicos en comunión musical y afectiva, JM coreaba el estribillo de “Asalto comando” y JP le devolvía una sonrisa, que iba hacia el frente cuando desde la popular vitoreaban “Javi Manchy, Juanchy Punga, Los Pungas del Falsete, Los Reyes del Punga”. Dos veces se abrazaron entre canciones. Sonaron “Campos de cristal” (único tema que sonó del más reciente Rock and roll Punga), “MDMA”, “Chocotorta”, “Tanta belleza”, “Chico pobre” y “Chica cheta”. Difícil ensayar algo más de esa estructura de poder.