Los creadores de la revista Sudestada y autores de Polo: el buscador recuerdan la labor periodística de Fabián Polosecki, que se suicidó en 1996 y que mañana cumpliría cuarenta y seis años. “Hacía política desde el lugar menos pensado”, concuerdan, y añaden que en sus programas televisivos “hay un cuidado más ligado al cine documental que a la televisión, que es una fábrica de hacer chorizos”. Además, rescatan su “real interés por lo que le pasaba al otro”.
Por Adrián PérezFotografías de Lucía Baragli y gentileza de Sudestada
Buenos Aires, julio 30 (Agencia NAN-2010).- Su paso por la televisión fue tan intenso como su vida. Gustavo Fabián Polosecki fue el tercer hijo de Aída Prizant y Josué Polosecki y nació el 31 de julio de 1964 en el seno de una típica familia judía de clase media. Las calles del barrio de Belgrano encendieron su curiosidad desde muy pequeño, cuando los colores de las polleras que llevaban unas gitanas que conversaban con elocuencia le llamaron la atención. Curiosidad, pero también una buena cuota de sensibilidad llevaron al joven Polo a iniciar la carrera de Sociología en la UBA, mientras su compromiso político le abría paso en las filas de la Juventud del Partido Comunista. Todo eso quedó atrás cuando el periodismo llegó con una oportunidad de trabajar en Radiolandia, redacción que abandonó cuando el PC argentino fundó el diario Sur. Luego llegaría un fugaz paso por Página/12, pero su romance se plasmaría con la cámara cuando, el 19 de abril de 1993, El otro lado ganaba la pantalla del viejo ATC privatizado y en manos de Gerardo Sofovich.
Polo no sólo fue el creador de una estética particular que mechó jirones de cine negro norteamericano con historieta, literatura y la inquietud de un joven periodista que había mamado la militancia política y la bohemia de los bares. También generó una forma de relatar historias de gente común; de prostitutas y boxeadores, cantantes de cumbia y matarifes, policías y ladrones. Su vida se apagó, finalmente, el 3 de diciembre de 1996. Ignacio Portela y Hugo Montero, autores de Polo: el buscador. Vida y obra del periodista Fabián Polosecki, cuentan la cocina de la reciente reedición de este libro, que fue lanzado nuevamente para “rescatar su mirada”, la de un periodista que nunca apeló al golpe bajo y manejó los silencios haciendo que esas historias surgieran del alma de cada entrevistado. Para recordar legado y obra de Polo, que mañana cumpliría cuarenta y seis años, Agencia NAN entrevistó a los escritores.
— ¿Cuándo y cómo se acercaron al trabajo que Fabián Polosecki inauguró con El otro lado?
Hugo Montero: — Llegamos a Polo en 1993, cuando nos topamos por azar con su programa en Canal 7. Con 16 años, estábamos en una edad de muchas preguntas sobre nuestro futuro. Los programas de Fabián nos llamaron la atención, fundamentalmente porque sentíamos que iba a contramano del mensaje que surgía de la televisión comercial privatizada de aquellos años. Si bien lo seguíamos de manera irregular, salteada, cada viernes que podíamos, su programa nos empujó a elegir la carrera de periodismo en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Así llegamos a El otro lado, un poco percibiendo la estética que Polo proponía y esa cosa de ir a buscar historias y personajes en los barrios, por fuera del mundillo que la televisión mostraba.
Ignacio Portela: — Aunque en esa época no nos conocíamos (con Hugo), cada uno lo miraba en la soledad de su casa. Fue en la facultad donde nos encontramos y nos dimos cuenta de que entre las cosas que nos unían, una de las más importantes tenía que ver con la mirada de Polo, con su sello. Desde Sudestada, consideramos que teníamos que revalorizar esa mirada por todo ese esfuerzo de producción y creatividad.
H.M.: — Es necesario separar el trabajo que Polo propuso de la cáscara superficial, del plagio que considera que por fumar ante cámara o preguntar pausado se simula profundidad. Aquellos que intentaron copiarlo se quedaron a mitad de camino. Hablo de Juan Castro, Gastón Pauls, La Liga, producciones que intentan vincularse con un mundo que es ajeno para ellos. De personajes que viven en un lugar que nada tiene que ver con los sitios que recorren con las cámaras; que van a esos lugares con toda la carga de prejuicios que puede tener un tipo que cae en el barrio como paracaidista. No hay un intento de conocer al otro, sino una necesidad de que el entrevistado diga lo que ellos necesitan que diga. Nada más alejado de eso que la metodología que Polo y su equipo manejaban. — El libro desnuda un trabajo de investigación exhaustivo, cuidado, donde el equipo de producción realiza un trabajo de horas antes de que el periodista llegue con la cámara a registrar, a conversar con los entrevistados.
H.M.: — Había un trabajo de campo previo. Polo enviaba un equipo de investigación –función que hoy no existe en el periodismo– para relevar las historias, los personajes. Eso generaba un vínculo con los entrevistados en el barrio, en la casa, en el laburo. Después de ese trabajo de conocimiento que buscaba romper con la barrera que construye la presencia de las cámaras, Polo iba con el equipo y armaba el programa. Demoraba horas en una entrevista hasta generar ese momento especial donde el entrevistado –que a veces era un vendedor ambulante, un cantante de cumbia o un matarife– bajaba la guardia y comenzaba a contar esas cosas de las que nunca antes había hablado. — Como emergente, El otro lado nace en un contexto televisivo cooptado por la cultura menemista, la frivolidad que se tradujo inmediatamente a los medios y la banalización de la participación política.
I.P.: — En ese momento, la moda era reírse de todo, y lo de Polo era un cachetazo a esa televisión que se burlaba de la gente. Por el contrario, él transitaba esas historias con una belleza inusitada, pocas veces vista. Cuando uno hace un producto gráfico o televisivo se dirige a un público determinado. Pero a Polo lo miraba gente de la calle, universitarios, militantes, políticos. Le dieron cincuenta minutos de aire a un tipo que fue considerado inofensivo en la década menemista, en el canal estatizado por (Gerardo) Sofovich, en una época donde “política” era una mala palabra. Polo hacía política desde el lugar menos pensado para esa televisión. En las presentaciones que hicimos tanto en universidades de Buenos Aires como del Interior siempre nos encontramos con gente interesada en conocerlo o en volver a ver sus programas. Gente que no estaba ligada a la universidad nos decía: “No me perdía nunca sus programas”. Esa es otra de las cosas lindas que rescatamos de su trabajo. — El otro lado presenta una convergencia de varios campos. Por un lado, Polo abreva en la literatura y el cine negro norteamericano. Pero, con la llegada al proyecto de algunos realizadores de la Escuela de Cine de Avellaneda, también hay un aporte del cine documental.
I.P.: — El programa mostró todo eso en distintas dosis. En un momento quiso imponer la estética de la historieta. Fueron sobre las historias sórdidas que (Ricardo) Ragendorfer quizás abordaba en Cerdos & Peces, y después lo metieron a (Alejandro) Dolina en un momento más de fábula. Era como que todos esos debates se daban naturalmente y sin ese acartonamiento que vemos hoy. En un montón de cosas, El otro lado funcionaba como un ensayo de prueba y error, donde todos tenían la libertad de hacer lo que querían.
H.M.: — Cuando surge la oportunidad de tener cincuenta minutos de artística en un canal abierto, una persona que no tiene experiencia televisiva ni en producción puede llegar a pensar que es necesario vincularse con gente que tenga muchos años de televisión encima para que aporte algo. El tipo hizo todo lo contrario. Se sentó en un bar con los amigos de la militancia, con tipos de la Escuela de Cine Documental de Avellaneda, con otros que venían de hacer toneladas de sociales, casamientos y cumpleaños de 15 con la camarita; con tipos que venían de la literatura o la historieta, que les gustaba la novela policial, el cine negro americano. Exceptuando a (Rubén) Viñoles, que era productor de Torneos & Competencias, el resto venía de la gráfica y no tenía mucha idea sobre cómo hacer televisión. La apuesta salió bien, más que nada, porque se pararon por fuera del mundo de la televisión y porque no pasaron por el filtro de la fórmula sistematizada. Uno puede mirar los programas y detenerse en los detalles, no sólo en las veces que Polo se sienta a charlar con los entrevistados, sino también en los nexos ficcionales que se construyen con el personaje caminando por las calles de Buenos Aires. Hay un cuidado más ligado al cine documental que a la televisión, que es una “fábrica de hacer chorizos”, como él mismo decía.
— En 1995, El Visitante era definido por su creador como un ciclo de “aventuras culturales”, en el sentido de narrar “la forma de vida y los gestos propios de un pueblo” alejado del periodismo. H.M.: — Incluso decía que con el ciclo hacía “antiperiodismo”, un poco la discusión que nosotros planteamos en el libro. Creemos que no es así, porque si encendés la televisión con ganas de conocer la vida cotidiana en Villa Itatí es más probable que te acerques a ese universo por un programa de Polo en la villa que por un informe de Canal 9 o Canal 13; que supuestamente son más objetivos y tienen más información sobre las últimas novedades en ese barrio. Polo iba por otro lado: eligió cuatro historias que permiten adentrarse no sólo en las historias de dificultades y penurias de la gente. Esta posibilidad que tuvo de insertarse en la vida del barrio, de pasar mucho tiempo allí, de hacerse conocido y respetado por su gente, le permitió rascar la cáscara de la visión superficial sobre los conflictos de cualquier barrio para entrar en los momentos de tranquilidad, alegría y festejo con los pares. Precisamente, la profesión de periodista tiene que ver con acercarse a esos momentos, no sólo con saber si mataron a dos o a tres o si hay diez pibes consumiendo paco. El acento del programa estaba puesto en un real interés por saber lo que le pasaba al otro.
— ¿Abonan la teoría de que los testimonios que Polo fue recogiendo en cada historia, finalmente, terminaron abrumándolo?
I.P.: — Difícilmente siendo periodista o militante uno pueda colgar la vida en un placard, en otro la militancia y en otro las entrevistas. Todo te afecta. No es fácil abstraerse. Se notaba que todos los problemas y las cosas en las que incursionaba surgían a partir de pasiones, de vida. Pero ese combo, que es jodido, a la vez te hace crecer como persona.
H.M.: — Su muerte fue un tema muy jodido. Al principio no sabíamos ni siquiera si lo íbamos a abordar en el libro. Finalmente, decidimos hacerlo para romper un poco con los mitos, leyendas y burradas que se habían dicho sobre sus últimos días, sobre su muerte; para cotejar periodísticamente lo que se decía.
— ¿Por qué decidieron reeditar Polo: el buscador?
I.P.: — Para que el libro y Polo no pierdan vigencia.
H.M.: — A nosotros nos encantaría repartir el DVD con la revista en todos los kioscos. Sería espectacular que un pibe lo copie para piratearlo, para difundirlo entre todos sus compañeros y que esté dando vueltas por todos lados. El libro es una interpretación de lo que fue el ciclo; una interpretación subjetiva de la vida de Fabián. Cuesta sacarse el tema de la cabeza, porque tenés todo ese material ahí, pendiente, mientras pasas con el control remoto y no encontrás nada para ver en la televisión.
I.P.: –Desde Sudestada, intentamos hacerle un digno homenaje para rescatar esa mirada. Si Polo estuvo desde los inicios, también tiene que estar en esta nueva etapa de los libros.
— Entre las entrevistas y el trabajo de investigación, ¿cuánto tiempo demandó la publicación del libro?
H.M.: — Comenzamos a trabajar a fines de 2001 y lo publicamos a principios de 2006. Si bien hicimos las entrevistas entre 2002 y 2005, en el medio surgió el proyecto de la revista y cada uno tenía su laburo aparte. Cada vez que teníamos un espacio se lo dedicábamos al libro. Costó muchísimo encontrar a alguien que estuviera interesado en editarlo, porque en ese momento no podíamos sostenerlo. Como dice (Pablo) De Santis en el prólogo, fueron cuatro años de laburo con paciencia, con la pasión de sostenerlo durante tantos años, de mirar los ochenta y pico de programas, de no desalentarse ni caerse durante todo ese proceso.
— La vida de Polo fue tan intensa como su paso por la televisión. ¿Cuáles fueron los momentos o entrevistados que los marcaron durante la investigación previa?
H.M.: — El tema de la familia siempre fue complicado por su final, que no tiene nada que ver con todo lo anterior. La disposición de Viviana (Gallardo, su última compañera) siempre fue buenísima pese a que, desde un principio, no quería hablar. Martina (Miravalles, su primera compañera) también dio testimonio. Eduardo (Hernández), el amigo de Tigre que cargaba con la mochila de que algunos amigos de Polo le adjudicaran su muerte también habló con nosotros. Con la entrevista de Viviana y Eduardo –que casualmente era lector de la revista y por eso pudimos acceder a él — supimos que ya teníamos todas las piezas del rompecabezas.
I.P.: — Por lo menos en el final de la vida de Polo esas fueron dos historias troncales. A Viviana la conoció en los últimos tres años. A Eduardo, en su éxodo a Tigre. Eso está reflejado con la mejor leche. No buscamos quilombo sino que cada uno aportara su mirada y que contara cómo se relacionaron con Polo durante esos últimos días, que fueron muy difíciles para algunos y para otros fueron normales.
— Si bien existe cierta ambigüedad entre sus amigos y compañeros sobre cómo encontraron a Polo en los últimos encuentros personales –cuando ya había decidido instalarse en una isla de Tigre–, el libro rescata la imagen de un tipo luminoso, carismático, entrador y creativo.
H.M.: — Todos opinaron que Polo no era un personaje sombrío, oscuro, de la noche, si no que era un tipo luminoso, lleno de amigos, muy sociable, muy carismático, cariñoso; que estaba enamorado de su hija y que tenía un montón de proyectos pendientes por concretar. Hasta que, en un determinado momento, le agarró una crisis como le puede pasar a cualquiera. Aunque la resolvió de un modo extremo nadie está libre de enroscarse en sus quilombos y dejarse llevar.
H.M.: — Si bien casi todos sus programas fueron digitalizados, la mayoría fueron mal copiados. Lo que sí hubo fue un trabajo que lo rescató de la desaparición, porque el formato de video en el que fueron grabados hacía que la película pudiera desgastarse con el paso del tiempo. Todavía no está resuelta la comercialización o difusión de esos programas. Es una pena porque hay un montón de pibes de menos de 30 años que no han tenido la oportunidad de ver el programa. Volver a pasar el programa por canal abierto o cable le mostraría a los estudiantes de periodismo una alternativa de cómo producir un formato documental en televisión.
I.P.: — Es insólito que canal 7, que tiene una copia de 15 minutos de todo, no lo vuelva a pasar . A su vez, no hay una decisión de la familia de qué hacer con el material de archivo. Para nosotros es completamente angustiante porque a donde vamos nos preguntan cómo se consigue. Es complicado porque uno habla de Polo pero lo más interesante es conocer su trabajo. Ojalá que algún gerente de programación que tenga algo de cabeza gaste dos mangos. Compran cualquier lata boba que no dice nada y esto ya fue hecho. En un momento, lo pasó un canal de cable, pero hay un desinterés completo de la televisión por el trabajo de Polo.
— En agosto, Sudestada cumplirá nueve años. ¿Pueden hacer un balance del camino recorrido?
H.M.: — Al principio, no teníamos tantas fichas puestas en la revista. Era un proyecto más que podía durar o no. Sin embargo, en este paralelo que hacemos con los programas de Polo nos permitió trabajar con amigos. Como ex estudiante de periodismo, recomiendo esa experiencia a todos aquellos chicos que sienten que no tienen un lugar en los medios comerciales, que no encuentran atractiva la carrera en cuanto al trabajo del periodista en los medios, que tratan de organizarse en forma independiente. Pero les recomiendo que lo hagan con gente que tenga cosas en común, que pueda defender sus ideas y proyectos. Eso puede ser más piola que terminar cubriendo la Fiesta de la Flor para Clarín, que puede ser más frustrante que editar un periódico con tus amigos que tire 500 ejemplares. Experiencia que puede ser más interesante que cobrar muy buena guita siendo movilero de un canal de televisión. En todo caso, resignamos eso porque entendimos que Sudestada era nuestro lugar y podíamos hacer lo que queríamos. En algún momento, la revista se transformó en nosotros.
I.P.: — Rescatamos haber logrado que la referencia sea Sudestada, que no sea Walter, Hugo o yo. La revista va creciendo a partir de los lectores, que se convierten en periodistas, en diseñadores. A su vez, está en la base de los que arrancamos, que seguimos haciéndola. Esa mirada colectiva que tiene la revista de laburar en serio y no creernos que esto puede ser un escalón para laburar en otros medios. Las mismas personas que hacemos la revista, diagramamos, editamos o corregimos, somos los que vamos con mochilas cargadas y se las vendemos al kiosquero. La satisfacción llega cuando repartimos la revista el primer día del mes y vemos a un tipo leyéndola en el furgón del tren. Ese es el súmmum de por qué hacemos Sudestada: un proyecto totalmente independiente de las empresas y el Estado. Inventamos una manera de hacer periodismo y de sacar una revista todos los meses, de salir adelante.