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“Se puede vivir sin patrón”

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Mientras enfrenta una nueva amenaza de desalojo, la fábrica recuperada continúa ofreciendo más de 35 talleres artísticos, un bachillerato popular y una universidad. Fotografía: Juan Pablo Conde (web)

Por Leticia Cappellotto
@tododoble

Es divertido cuando los colectiveros dicen que hay que sacar el boleto más caro que el que se pidió, porque ellos no ganan más por eso y absolutamente nada de su rutina se modifica. Esos centavos que recriminan a todos los pasajeros no cambian sus vidas pero la empresa para la que trabajan aumenta sus ganancias. ¿A los choferes les suben el sueldo por eso? No. Simplemente tienen puesta la camiseta de la patronal. No es su culpa: el capitalismo siempre encuentra la forma de hacer que el trabajador se olvide de que está siendo explotado y de que el valor que él crea es siempre superior al que recibe en forma de salario. Por suerte hay otras experiencias.

¿Qué pasa dentro de una fábrica en la que tener puesta la camiseta de la patronal es tener puesta tu propia camiseta? ¿Cómo se viven en el Industria Metalúrgica Plástica Argentina (IMPA) los casi dieciséis años de autogestión? ¿Cómo se conjugan las actividades empresariales con una visión del mundo anti sistema? ¿Por qué la fabrica en control de sus obreros se llama “recuperada”? ¿De qué se la recupera? ¿Quiénes eran sus dueños originales? ¿Alguna vez fue de los obreros? ¿Alguna vez dejó de serlo?

En 1997, “el” IMPA entró en convocatoria de acreedores por una deuda de 8 millones de dólares que la gestión de los trabajadores logró negociar y saldar, evitando el cierre del edificio y la venta de maquinarias. A principios de 1998, los asociados percibieron tan sólo dos pesos semanales, lo cual impulsó la ocupación de la empresa. En ese fin de siglo, los trabajadores junto a diferentes colectivos políticos y sociales decidieron expulsar a la comisión directiva y tomar la empresa para conservar los puestos de trabajo y evitar que se concretara el vaciamiento definitivo de la cooperativa. Para iniciar la producción, los obreros tuvieron que responder por una deuda anterior, de la cual pagaron hasta hoy más del 50 por ciento.

Aunque lejos de esos primeros años caóticos, el IMPA enfrenta hoy nuevamente la amenaza del desalojo, luego de que la Corte Suprema declarara en 2013 que era inconstitucional el pedido de expropiación definitiva presentado por los trabajadores (al resguardo de la ley 2969 de la Ciudad de Buenos Aires), aduciendo que el predio no era de “uso público”. Curioso, porque allí se desarrollan más de 35 talleres artísticos y asisten más de 500 personas por semana a las dos iniciativas pedagógicas que se dan entre sus muros, un bachillerato popular y una universidad con cuatro carreras. En la actualidad, el gobierno de Mauricio Macri no ha hecho efectiva la orden de desalojo pendiente, pero el predio se encuentra sin luz, por lo que parte del dinero que genera debe ser reinvertido en sostener un grupo electrógeno. A la vez, la ausencia de legalidad le imprime un carácter de transitoriedad a toda gestión que si bien no impide que los trabajadores sigan sosteniendo la fábrica, sí modifica el resto de las actividades que podrían ser auspiciadas o apoyadas por diferentes entes gubernamentales.

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“El objetivo es estar cada vez más integrados entre la cultura, el trabajo y la educación, en contra de los valores que propone el capitalismo”, afirman. Fotografía: Juan Pablo Conde

“La legalización sería un reconocimiento de que los modelos pueden ser otros. La situación mejoraría en el sentido de no tener que estar resistiendo los caprichos de una Justicia que ampara la propiedad privada y no considera la recuperación de puestos de trabajo como algo de bien común”, explica Quique López, director de Teatro Sanitario de Operaciones, uno de los colectivos teatrales que no sólo brinda sus espectáculos en la fábrica sino que también ofrece talleres en el predio. Además, López forma parte de la coordinación del espacio cultural, en el que conviven más de diez agrupaciones. Entre ellas se encuentra el grupo de percusión Tumba La Ta, cuyo director, Pablo Martínez, también prioriza la legalidad por sobre otras formas de gestión: “Lo de la ley es una discusión. Algunos compañeros piensan que no hace falta, pero para otros es muy importante la expropiación porque la lucha de los trabajadores debe servir para sentar precedente y para demostrarle al sistema que se puede vivir sin patrón”.

Con todo, la búsqueda de consenso dentro de la conducción colectiva del IMPA parece ser uno de los ejercicios más interesantes del predio. Si bien no es una jerarquía oficial, un grupo de trabajadores busca integrar a los diferentes colectivos en una línea ideológica similar. Martínez es claro en ese punto: “El objetivo es estar cada vez más integrados entre la cultura, el trabajo y la educación, con una misma lógica de contrasistema y contracultura, en contra de los valores que propone el capitalismo, que son los que llevaron a que los obreros se quedaran sin trabajo”. A la vez, la convivencia hace que los espacios se enriquezcan entre sí. “El arte, la solidaridad y la relación con tus compañeros te mejoran la vida”, cuenta Martínez cuando trata de explicar qué le suma a las actividades de su agrupación que se realicen en una fábrica recuperada. Y aclara: “Somos trabajadores de la cultura, nos consideramos obreros. No somos una elite por ser artistas, no somos diferentes”.

Hace 16 años que el IMPA opera con el control completo de sus trabajadores. Fueron varios los vaivenes judiciales, policiales y políticos por los que pasaron no sólo los obreros sino también todos aquéllos que pusieron el hombro para que se sostuviera la fuente de trabajo, todos los que soñaron un mundo distinto, en el que el fin del capitalismo pudiera construirse diariamente, con el compromiso que brinda trabajar para uno, sin patrón, sin explotación ni plusvalía. López lo resume fácil: “Si tenes conciencia de lo que es la autogestión, no hay cosas difíciles: sólo hay inventiva, resistencia, lucha, educación, cultura y trabajo, todos los días, sin parar”.