Integrada por un “humano” y muñecos de goma espuma, la compañía Manu Mansilla y su Teatro de Títeres Anticostumbristas persigue la identificación del público con los personajes y la aceptación de las propias dificultades. “Es una forma inconsciente de aceptarme a mí como lo que soy: titiritero, una profesión compleja en la sociedad capitalista”, explica Manuel Mansilla, quien viaja por Latinoamérica “estudiando” cómo los públicos se relacionan con las criaturas que van en la valija.
Por Paula Sabatés
Fotografía gentileza de Manuel Mansilla
Buenos Aires, marzo 31 (Agencia NAN-2010).- Títeres a cielo abierto, el primer espectáculo de la compañía Manu Mansilla y su Teatro de Títeres Anticostumbristas, poco tiene de convencional, porque fue pensado para ser adaptable a espacios que comúnmente no se utilizan para puestas en escena. Se trata de una varieté itinerante, gratuita y callejera, en la que títeres y titiritero construyen junto al público cada uno de sus climas. La participación, la integración y la improvisación son pilares de cada puesta en escena, que busca permanentemente la identificación de espectadores diversos con los muñecos que maneja Manuel Mansilla (27). Espectadores diversos porque Títeres a cielo abierto es, ante todo, “un show familiar”. El artista explica a Agencia NAN: “Cuando me imaginé la tribuna para la que quería trabajar senté a toda la familia. Durante todo el proceso de creación tuve a esa gente en la cabeza.”
La compañía, integrada por un “humano” y muñecos, fue creada en 2008 con la intención de ofrecer “nuevas formas de ver la vida” a través del teatro de títeres. “Tiene ese nombre porque es una forma de luchar contra el facilismo que suele atacarnos a los actores, esa manía que tenemos de no renovarnos”, revela Mansilla, que pone de manifiesto una estética particular, en la que se pueden apreciar títeres de guante, de mesa, de boca y de varillas. El espectáculo tiene una duración de 50 minutos y es de muy fácil armado, con el fin de poder representarlo en cualquier lugar y ocasión. Consta de cuatro rutinas, cada una con un muñeco de una técnica distinta, que tienen la particularidad de querer llegar a la gente a través de los sutiles fundamentos dramáticos que posee, si bien se trata de un show donde el humor desempeña el papel principal. En el último número, el actor trabaja con Luis, un títere que de su mano –y en su mano–, descubre que es un muñeco y que está siendo, por ende, manipulado. “Cuando Luis se descubre títere, lo que hago es trabajar un conductismo muy profundo con la gente para que lo ayude a él a aceptarse. Intento dar pie al público para que acepte sus dificultades y deje de pelear con ellas”, revela Mansilla, y agrega: “Con el tiempo me di cuenta de que también es una forma inconsciente que tengo para aceptarme a mí como lo que soy: titiritero, una profesión compleja en la sociedad capitalista en la que vivimos”.
Títeres a cielo abierto se estrenó hace poco más de un año en un festival de folklore para un público de artistas en San Antonio, Carlos Paz. Luego participó de una temporada de verano en Villa General Belgrano, experiencia que a Mansilla le resultó reveladora: “Cuando preguntaba quiénes nunca habían visto una función de títeres, siempre había alrededor de diez nenes que levantaban la mano. De alguna forma sentía que estaba ahí por ellos”, admite. A partir de entonces, y llevando su carácter de obra itinerante a la máxima expresión, Mansilla y sus muñecos se presentaron en varios festivales de diversas partes de Hispanoamérica. “Con esta profesión se viaja mucho y se conocen muchas cosas y mucha gente. Pero lo que me sorprendió con este espectáculo es que, si bien cada ciudad es diferente, corroboré que en América latina nos reímos de las mismas cosas”, cuenta Mansilla, actor, titiritero y dramaturgo que cursó su primer taller de títeres a los 15 años en el espacio teatral Liberarte y continuó su formación en la Escuela de títeres del Teatro San Martín, de Ariel Bufano. Además, realizó un taller sobre la expresividad de las manos con Sergio Mercurio, el “titiritero de Banfield”.
Siempre con una excelente respuesta de espectadores entusiasmados, las funciones buscan trabajar constantemente el tema de la identificación con el público: “En el espectáculo cuento las cosas que me pasan a mí y doy lugar a que la gente transmita su opinión sobre eso, que tenga su lugar, su espacio de expresión”, explica Mansilla, que está apunto de embarcarse en una nueva gira por Venezuela, Colombia y México. De regreso a Argentina, planea presentarse en el Teatro de las Nobles Bestias, de Temperley, para hacer una temporada de dos meses. “Hay títeres que nacen siendo y otros que van descubriendo lo que son con el paso del tiempo. Acá están ellos y acá estoy yo para guiarlos en ese recorrido”, recita Mansilla religiosamente al final de cada función. Porque, como no se cansa de repetir, “en este camino uno se encuentra todo el tiempo”.
Muñecos inquietos
Mansilla y sus muñecos participaron de varias movidas argentinas, como el Tercer Festival Internacional de Títeres al Sur, del grupo comunitario de teatro Catalinas Sur, y el séptimo Festival Kruvikas, del grupo Kossanostra, en Misiones. Sobre estas experiencias, Mansilla reflexiona: “Para un grupo argentino, organizar un movimiento cultural es muy duro, y como el trabajo con las municipalidades es muy difícil, los artistas se tienen que encargar de todo y pierden el ritmo de producción”. Quizá sea por eso que decide correrse constantemente de la escena local.
Los paseos por Latinoamérica le permitieron al titiritero llevarse una impresión del espíritu vincular que se establece entre público y muñecos, pero también estuvo atento al lugar que las manifestaciones culturales ocupan en cada una de las sociedades que visitó. “Hay países que tienen una conciencia mucho más desarrollada acerca de que el arte es un derecho. En 2009, Títeres a cielo abierto participó del Festival Internacional de Títeres Comunitario, de Valencia, y del Festival Internacional Festi Tin, de Isla Margarita. En Venezuela hay un compromiso político muy fuerte en torno a los artistas. El gobierno subsidia muchos festivales y actividades culturales. Hay una decisión concreta de llevar el arte de la mano de las acciones”, dice Mansilla.
En enero de este año estuvo en Chile, en el Sexto Festival Internacional de Títeres Surterra, organizado por el grupo Vagabundo, del que guarda un recuerdo distinto: “En Chile están empezando a reconstruir una conciencia de que el arte es un derecho para ellos. Yo sentí que mi objetivo ahí era ayudar a esa reivindicación, a que el pueblo recupere las salas, los teatros, las plazas”. Cuenta que los niños chilenos son “cálidos e imaginativos”, ya que de inmediato “se suman al mundo” que les propone y lo potencian, caso distinto al de Venezuela donde “los nenes son muy puros porque no están tan contaminados de televisión y videojuegos, entonces se asombran con lo mínimo”.
Al terminar la entrevista, el titiritero agarra los muñecos y los guarda cuidadosamente uno por uno en la valija donde permanecen todos los días para que no se rompan. “Trabajar solo rinde mucho más económicamente y da más posibilidades de viajar, pero muchas veces te pasan cosas maravillosas que tenés que compartir con vos mismo, que no podés contar, no podés transmitir”, concluye Mansilla. Sin embargo, a pesar de que lo que él diga, no las disfruta solo, porque tal vez muchos –de aquí y de allá– se hayan reconocido en sus muñecos de goma espuma.