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“El street art es cholulo y snob”

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Represión, hambre y violencia florecen en los grabados, fotografías, performances, afiches, arte correo y poesías visuales del artista plástico Juan Carlos Romero. Fotografía: gentileza de JCR

Por María Daniela Yaccar

La de Juan Carlos Romero es una vida caleidoscópica. Cuesta creer que una persona haya transitado tantas vidas en una. Romero es integrante del reconocido grupo de Artistas Solidarios pero, por algún motivo, no cuenta con la fama de León Ferrari o de Luis Felipe Noé, sin ser por ello menos apasionado, prolífico e innovador. “Si usted quiere formarse un concepto claro de la existencia, viva”, aconsejó una vez Roberto Arlt, dirigiéndose a un lector. Esa extraordinaria ley del conocimiento aplica para definir a Romero, cuya existencia no se ha restringido en absoluto a un taller. Por el contrario, lo suyo fue más patear la calle, alzar la voz por la injusticia en cuanta fábrica se metía, huirle a galerías y museos para poder llegar a todos, con ideas predominantemente políticas. Romero es, por todo esto, un obrero del arte.

Militancia, arte (o calle) y docencia son los elementos de ese calidoscopio. Claro que no son esferas separadas sino parte de lo mismo, siempre retroalimentándose entre sí. Un dato basta para comenzar a pintar a Romero: tiene 78 años y acaba de vender por primera vez una obra, pese a dedicarse al arte desde la adolescencia. “Ahora me consagraron. Antes no vendía ni un alfiler”, desliza, aún con sorpresa. Es que comercializar la obra nunca fue su meta. “Si te dedicás al arte para vender, estás muy condicionado por el coleccionismo”, subraya. Pero además —y auténticamente por elección— Romero balanceó toda su vida entre trabajo y arte. “Hay algunos artistas que han trabajado sólo de eso y no conocen tanto el mundo. Conocen su mundo y no otras cosas. Yo trabajé en una fábrica de Avellaneda con obreros analfabetos. Necesitaban mucha ayuda, que alguien reclamara en nombre de ellos, sacara cuentas y les revisara las boletas”, detalla. Hace unos pocos años, al jubilarse, abandonó su puesto de técnico en una empresa telefónica y, hasta hoy, se desempeña como docente.

Romero recibe a NaN en su taller-casa, ubicada en el barrio de Monserrat. Dice que en algún momento fue “un tipo difícil”, pero no se le notan resabios. Invita a la cronista a pasearse por una enorme biblioteca, plagada de libros de arte; a su taller, en el que predominan máscaras procedentes de distintos puntos del globo y esqueletos diminutos (“Tengo una obsesión por esos muñecos”, cuenta); e incluso regala una pulserita traída de una iglesia brasilera que promete cumplir tres deseos. “No soy creyente, pero estas cosas son divertidas», aclara mientras hace el nudo.

MILITANCIA

Que Romero tenga corazón obrero no es casualidad. Su padre era un industrial español. Al igual que él, su madre no había finalizado los estudios primarios. Y en el árbol genealógico de Romero predominaban los portuarios. A los 17, Romero era delegado sindical en una empresa metalúrgica de Avellaneda, su ciudad natal. “Un tornero me fue aleccionando —recrea—. Me acuerdo que los gerentes estaban enojadísimos, porque yo era casi un niño.” En Entel se desempeñó como técnico durante cuarenta años y siempre participó activamente. “Estuve en agrupaciones de izquierda y fui candidato a secretario general. Participaba muchísimo, era la voz cantante y era muy conocido. Soy muy discutidor”, se define. “La gente me tiene miedo. En el gremio era capaz de pelearme con veinte tipos, salía a la calle amenazado de que me iban a cagar a trompadas, cosa que nunca pasó. Tuve suerte y mis compañeros me protegían.”

Durante el gobierno de Isabel Perón, Romero la pasó mal. En aquel entonces era docente en la Universidad de La Plata —donde también estudió—, miembro de una agrupación gremial de profesores y militante de Montoneros. “Nos echaron a todos, terminó todo mal porque intervinieron el gremio”, reseña. Con el retorno de la democracia, decidió volver a la política pero a través del Partido Intransigente y ya no del gremialismo, “porque pensaba que sería el gran partido de la izquierda, pero fue un fracaso, por la corrupción”. Tras esa experiencia, sus esfuerzos pasaron por conformar un sindicato de artistas plásticos, pero quedaron truncos. “Es muy difícil agremiar a los plásticos y que tengan conciencia social. Tienen esa idea de que el artista es independiente, volador y pinta en su taller.”

ARTE (O CALLE)

A través del arte, Romero se preocupa por las injusticias y las denuncia, tal como lo hizo en la fábrica. Represión en Kraft, hambre, violencia hacia la mujer y gritos desesperados —que colecciona en fotografías— florecen en su obra. Pero ese ímpetu no apareció de entrada. Al principio, sus creaciones tenían más que ver con el arte cinético o geométrico. “Siempre tuve la idea de que el espectador tenía que participar. Era algo ingenuo: él se movía y el objeto cambiaba de forma”, explica. Pero, ¿cómo es que llegó al arte el líder sindical adolescente? Por consejo de una benévola amiga, su madre lo llevó a una escuela de dibujo cuando iba a la escuela primaria. Sin embargo, por mandato familiar (“Alguien aleccionó a mi padre”, protesta) hizo la secundaria en una escuela industrial. “Los fines de semana y a la noche estudiaba dibujo, y cuando terminé me anoté en la Universidad de La Plata”, cuenta.

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Integrante de Artistas Solidarios junto con León Ferrari y Luis Felipe Noé, entre otros, este obrero del arte de 78 años acaba de vender por primera vez una obra. Fotografía: gentileza de JCR

Como el trabajo en la telefónica lo liberaba a las 14, tenía toda la tarde para crear. “Ni me di cuenta de que existía ese trabajo”, desliza. El destino final de sus obras fue escasas veces una exposición. Y el hecho de mantenerse alejado de los focos de venta le brindó independencia para moverse en el terreno expresivo en el que se sintiera más cómodo: grabado, fotografía, performances, arte político, geométrico, trabajo con objetos, afiches, arte correo y poesía visual son sus estadíos. La palabra aparece como elemento fundamental en su carrera: suele deformarla, unirla a fotos impactantes o sólo valerse de ella, como en el caso de los afiches. “Tiene potencia y te obliga a pensar. Además, hay imágenes que la gente no quiere ver porque son dolorosas”, remarca. A todos sus modos de trabajo los cruza eso que tanta fascinación le produce: la calle. “Con un maestro de grabado fuimos al Museo Nacional de Bellas Artes a hacer una demostración. Nos gustó la idea, pero era en un museo, cerradito. No pasaba nada. Entonces dijimos de hacer lo mismo en Plaza San Martín. Tenía una timidez, una vergüenza, no sabía dónde meterme… Pero cuando se me pasó me enganché con el público, comencé a hablarle», recuerda Romero sobre su primera experiencia callejera.

Después de esos primeros trabajos “ingenuos”, la línea “editorial” que atraviesa la obra de Romero es el eco de una realidad político-social. Sobran los ejemplos. Sin ir más lejos, una de sus últimas incursiones en la vía pública fue un afiche —siempre con letras al estilo boliche bailable— que colocó en Chacarita con la leyenda “Todos somos negros”. Y para este lunes, a propósito del Bicentenario, organizó junto con los Artistas Solidarios una movida frente al monumento a Mariano Moreno —ubicado en la plaza homónima de la Ciudad de Buenos Aires—, bajo la consigna “La revolución inconclusa”. “Pensamos que a Moreno lo tiraron al mar y se acabó su revolución. Lo envenenaron, no sé qué le hicieron, pero no llegó a ningún lado. Pedimos a la gente que vaya con cosas: papeles, pancartas, lo que quieran”, invita.

Llama la atención que, durante toda su carrera, Romero se haya manejado en grupo, empezando por Arte Gráfico-Grupo Buenos Aires y finalizando con Artistas Solidarios. El primero se paralizó en la última dictadura, momento en que el artista se volcó a obras “con doble lectura”. Así lo recuerda: “Usaba periódicos para hacer mis obras. Encontré una foto de un tipo muerto en una playa, porque le había caído una garrafa de gas. Y la puse en una muestra en Bellas Artes, con una inscripción que decía ‘el placer y la nada’, y hablaba de la vida y la muerte. Pero no pasaba nada, porque el arte visual tiene un lenguaje más encriptado y está en ámbitos más encerrados. A los músicos y a la gente del teatro los perseguían, a los plásticos no”, compara. También formó parte de Escombros, devenido hoy en un “grupo comercial”, según su criterio. “Nosotros éramos peleadores que estábamos en la calle. Ellos están en Arte BA”, diferencia. Y se vale del ejemplo para aclarar que no toda expresión artística es cuestionadora por estar en la calle. “El street art es totalmente cholulo y snob. Hay pibes que imitan al animé sin un sentido de crítica o de militancia”, manifiesta.

“El trabajo en grupo potencia mucho. Si tenés una idea, te la multiplica. Te obliga a aflojar un poco la individualidad y te corta mucho las alas, pero en el mejor sentido del término. Te dicen muchas cosas que a lo mejor se contradicen con las tuyas y eso a veces duele”, reflexiona el artista. Claro que no faltan las discusiones. “Con los Solidarios, debatimos mucho con el asunto del campo. Ferrari estaba a favor del gobierno; (Diana) Dowek, del campo; y otros, de ningún lado. Por eso no hicimos nada en ese momento, para mantener la unidad del grupo. Nuestra afinidad artística pasa por la calle”, explica.

DOCENCIA

“Estoy ya con cincuenta años de docencia. Cuando los cuento me impresiona“, esboza. Romero es de esos maestros apasionados. Y eso que ingresó a ese mundo tímidamente, como ayudante del taller de grabado de su facultad. Actualmente, da clínicas en su casa. “La gente viene, habla conmigo, critico su obra, le digo lo que tendría que hacer y vuelve”, explica. También es profesor en el IUNA. “Siempre trabajé para el Estado”, así sea en Córdoba, Rosario o La Plata. “Me gusta devolver lo que me dieron, lo que aprendí, y sin ocultar nada. Vengo de una tradición en la que los maestros ocultaban mucho de la técnica del oficio. Decían qué se hacía, pero no cómo. Vos tenías que ir descubriéndolo, perdías tiempo, sufrías. Yo cuento y muestro todo, tengo una biblioteca bastante grande como para mostrar mis libros”, destaca.

“Que le pasen cosas” es el deseo supremo de Romero en relación con el espectador, cuando se tope con una obra de golpe y sin pensarlo. Abrirse por completo a la búsqueda del otro, cuando tiene la necesidad y el deseo de aprender. La lucha política en su sentido más material ya quedó atrás. Quizás la extrañe un poco, confiesa, pero piensa que ahora su tarea es otra. El calidoscopio está completo. Sin embargo, quedan cuestiones por preguntar. ¿Cuántas historias tendrá para contar? Quizás tantas como los deseos que aguardan en las pulseritas de todos los colores que cuelgan en la pared de su taller.