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Juan José Burzi: “Si le das igual publicidad y espacio que a las novelas, los cuentos venden”.-

El cuentista de 33 años es autor de tres libros, editor de la revista literaria Los asesinos tímidos y director de una colección de cuentos para la editorial de la Universidad de La Plata. Además, vende libros “raros” usados a módicos precios a través de uno de sus blogs. Crítico de la generación de autores que integra, denuncia que “la ausencia de correcciones en los textos a veces da vergüenza ajena”, revela que le baja “mucho” el tono a sus cuentos (donde recurre a la malicia, el horror y la perversión) y excusa la endogamia de los grupos literarios y editoriales: “Hay lealtades que son difíciles de dejar de lado”.

Por Esteban Vera
Fotografías de Mariana Seghezzo para Agencia NAN

Buenos Aires, junio 30 (Agencia NAN-2009).- En uno de sus blogs vende libros “raros” y usados a precios accesibles: Barra siniestra, de Vladimir Nabokov; El verano/Bodas, de Albert Camus; y Por favor, plágiame, de Alberto Laiseca; entre otros hallazgos. Incluso, fotocopias de Giacomo, un libro breve y poco conocido de James Joyce: «Una edición bilingüe prácticamente inconseguible, por eso la vendo fotocopiada, para fanáticos», seduce Juan José Burzi, escritor e integrante del Grupo Literario Alejandría, en http://librosraros.blogspot.com. Venta de por medio a tan sólo 35 pesos de La Fanfarlo, de Charles Baudelaire; y La máquina de hacer el bien y el mal, de Rodolfo Walsh, Burzi ofreció a Agencia NAN su mirada sobre la camada de jóvenes escritores y su último libro. Para el narrador, una de las carencias de los autores jóvenes es la falta de lectura. Continúa el análisis y nota, además, otra falta en la ausencia de corrección de los textos: “A veces ves los resultados finales y da un poco de vergüenza ajena”, critica con un tono de voz tan amigable que el observador más malicioso no hubiera encontrado nada que objetar.

Este cuentista de 33 años es autor de los libros Miedo a la oscuridad (2005) y El trabajo del fuego (2006), editor de la revista literaria Los asesinos tímidos y director de la colección “Sólo cuentos” (Edulp), que incluye el libro de cuentos Un dios demasiado pequeño (2009), de su autoría. Una pareja sadomasoquista, un predicador incestuoso que realiza milagros y un filonazi que se masturba son algunos de los personajes que presenta allí, en alguno de los siete cuentos cortos con los que intenta acercarse al horror desde lo bello, al mal desde la voluptuosidad, desde los arquetipos de lo inmoral.

— En los cuentos de Un dios demasiado pequeño abundan el horror, la malicia, la perversión y la depravación. Son temáticas en las que, parece, te sentís cómodo.
— Me gustan. Y eso que a veces le bajo mucho el tono a los cuentos. Por ejemplo, «Cuando las rosas caen» era mucho más truculento. Pero se me ocurrió marcar la palabra “sangre” con color rojo y mirar la hoja de lejos y había mucho rojo cerca. A partir de ahí, saqué y agregué. Cuando decidí publicar estos cuentos dejé muchos afuera y sabía que me iban a asociar a un género. Es que no manejo tan fríamente lo que hago: tengo cuentos por la mitad, en realidad tengo apuntes. El próximo libro tiene título y tiene que ver con una deformidad. Va a ser un muestreo de estos personajes en cuentos breves. Mi intención es que sean personajes poco comunes en momentos comunes de su vida. En Un dios… tal vez no están en momentos comunes, sino particulares: la mujer de Raúl Ferrer en el día de su muerte, esa especie de neonazi tocándose con una foto de Hitler. Si retomara ese personaje, quizá lo llevaría a algún momento común de su laburo.

— ¿O sea que está en tus planes continuar con la historia de la familia Ferrer, transformala en una novela?
— Los Ferrer nacieron con el cuento «Reyna». Me di cuenta de que este personaje tenía una historia de vida y, por otro lado, yo tenía dando vueltas en la cabeza la historia de un fanático religioso. Me di cuenta de que Pablo Ferrer era su hijo. Y se fue dando. Fueron varios los que me dijeron que el libro podría haber sido una novela. Yo también lo pensé, pero me gustó la idea de condensarlo porque me gustan los cuentos. Los que se vienen van a ser muy breves, pantallazos de algunos de los personajes. Por ejemplo, Reyna, esta chica que nació sin brazos ni piernas, tendrá su precuela, antes de que se cruce con Pablo Ferrer. Lo que no voy a escribir es lo que pasó con Pablo Ferrer. Quiero escribir sobre qué hizo Irene después abandonar a su padre, con la guita de la iglesia. Pero aún no sé qué hizo.

— ¿Y el padre?
— Se va a saber qué paso con él, si murió o no, en otro cuento que ya tengo en mente. Un personaje del mismo barrio va a mencionar de rebote cómo terminó la historia de Raúl Ferrer. Los que leyeron o leerán el libro, que no sé cuántos son o serán, van a encontrar conexión pero será una mención suelta. Tampoco me preocupa mucho si reconocen la conexión o no. Es muy egoísta, pero no me importa. Lo que escribo me tiene que llenar y gustar a mí.

— ¿Tenés otros cuentos en camino?
— Se viene un cuento de una sobreviviente que era un feto cuando pasó la tragedia de Chernobil. Los padres, que vivían en un pueblo cercano llamado Pripiat, vienen a Argentina y ella nace aquí. Durante 20 años no le pasa nada y de repente comienza a sufrir tumores monstruosos que la deforman, consecuencia de la radiación que recibió la madre. Pripiat era una ciudad donde vivían los empleados de la central atómica que ahora está abandonada. Me está ganando la historia de esta ciudad. Todavía no escribí una línea y creo que se va a tratar más sobre la cuidad que sobre la sobreviviente. Tienen esos cambios mis cuentos. Es que tardo mucho en escribirlos.

En marzo de 2010, anticipa Burzi, se publicarán cuatro libros más de la colección de la editorial de la Universidad Nacional de La Plata. Dos de ellos serán de Edgardo Scott y Nicolás Correa. Hasta el momento, la colección está integrada por Hacia el mar, de Marina Arias; El salto del final, de Pablo Vinci; y De la noche rota, de Marina Porcelli, además del de Burzi.

De amigos, compañeros y colegas

— Se suele escuchar que en el mundillo literario porteño se editan y publican entre sí tomando como medida la amistad y dejando de lado criterios literarios. ¿Es así?
— Se da. Yo no lo juzgaría. Da bronca cuando tenés un libro y no te lo editan. Se dice: «Ah, ya sé porque le publicaron un libro a tal: son un grupete salido del mismo taller». Hay que pensar que las editoriales grandes no dan mucho espacio y cuando uno tiene la posibilidad de crear uno propio, es lógico que le abra las puertas a quien conoce y sabe que le va a responder, ya sea con su texto o con el laburo posterior a editar un libro. Estaría buenísimo tener la posibilidad de editar a alguien y simplemente basarse en lo que está mejor escrito, no fijarse a quién le debés favores o con quien tenés una relación previa. Pero, insisto, hay lealtades que son difíciles de dejar de lado.

— En general, las editoriales pequeñas e independientes cubren un espacio dejado por las grandes…
— Yo creo que sí. Hay una pretensión de que todo tiene que ser editado. Y si no te lo editan, no es que no están cubriendo un espacio: cada editorial tiene su estética, su círculo de amistades y sus conveniencias y publica lo afín. Hay autores que comenzaron publicando en editoriales chicas y luego fueron editados por las grandes: Leonardo Oyola, Félix Bruzzone y varios más, lo que demuestra que no todo es negro, jodido, malo. Pese a las falencias, hay buenas intenciones.

— Se dice que no hay espacio en el mercado para los cuentos, con la salvedad de las antologías temáticas o algún que otro libro de relatos. ¿Por qué creés que no hay lugar para el género?
— Supuestamente, el cuento no vende. Las editoriales quieren hacer plata, su meta es editar libros que se vendan. Quizá tengan razón. Por otro lado, editan algún libro de cuento y apuestan más a las antologías. A mí mucho no me cierra el argumento de que el cuento no venda. Si lo apoyás con publicidad y el mismo espacio que le dedican a la novela, puede vender. De última, se trata del mercado y no de literatura. Jamás me planteé hacer una novela, aunque tengo la historia de los Ferrer, que son tres cuentos de la misma familia, y la podría manipular para armar una novela pero no me sale. Y qué le voy a hacer: no voy a retocar un texto que creo que está bien así.

— ¿Te preocupa vender tus libros?
— Acá puedo posar de artista despreocupado y decirte que no, o puedo decirte que me parece fundamental y transar con cualquier cosa para ser publicado y vendido. Ni negro ni blanco, ¿no? Si me molesto en editar algo que escribo, es porque quiero que se lea, pero de última me interesa llegar a lo que busco con eso que escribo y listo. Como dijo alguien, hago las cosas sin esperar nada, no tengo esperanzas ni pretensiones. Vos no me conocías, leíste el libro, hiciste una crítica, ahora me entrevistás. Es más de lo que esperé en algún momento.

«No todo está para publicar»

— ¿A la hora de leer preferís los clásicos a los jóvenes escritores?
— Me interesan más los autores que ya hicieron su obra; también autores que la están haciendo, como el francés (Jean-Marie Gustave) Le Clézio o el albanés Ismaìl Kadarè. Uno con los contemporáneos puede ser injusto, porque autores como Le Clézio tienen libros que muchas veces no conocemos y que son muy flojos. Entonces, juzgar por los primeros libros puede ser injusto. Se publica mucho y no se puede leer todo. Hay gente que tiene la pretensión de estar al tanto de todo lo que se publica, pero se pierden de muchas otras lecturas. Les preguntas qué te pareció El astillero, de Juan Carlos Onetti, y dicen «Eh, ¿Onetti?”. Hay baches en las lecturas que después se notan en la escritura. Temo quedar mal o pedante, pero hay que ser consciente de eso. Por desconocimiento, algún día escribirán La metamorfosis o La nausea y pensarán que descubrieron la pólvora. Pero no, ya fueron escritos.

— En una entrevista comentó que le da mucha importancia a la tarea de corregir los textos. ¿En general, los escritores jóvenes corrigen sus textos?
— Por mis lecturas, yo creo que se corrige poco. A veces ves los resultados finales y da un poco de vergüenza ajena. Después, hablando con éste o aquel, se escucha: «Sí, corregimos». Tal vez tenga que ver con diferentes búsquedas estéticas o quizás se piense que todo está para publicar. Es un estilo con el que no comulgo mucho. Hay libros contemporáneos que me cuestan mucho arrancar, de acá y de afuera. Entonces agarró a Faulkner, releo algo. Aunque supuestamente se corrige, hay libros que no parecen muy corregidos. Hay diferentes urgencias en quien escribe, claro. Y la falta de corrección se da tanto en un nivel formal como literario. Yo antes de publicar algo, lo pienso dos veces.

— ¿Parte de las enseñanzas qué te dejó el taller literario de Abelardo Castillo?
— Aprendí mucho: a corregir, a ver lo que quería decir. A veces me pongo cínico y digo que en este país nadie sabe escribir, pero todos saben enseñar a escribir. Pero no es tan así. Más allá de los talleristas conocidos, como Abelardo Castillo, Laiseca o Saccomano, hay muchos talleristas jóvenes que tienen mucho por ofrecer.

— ¿Qué es para vos ser un escritor?
— Yo no sé si soy un escritor, me considero alguien que escribe. Si se puede llegar a considerar que alguien que hace algo cercano al arte tiene una función social, reniego totalmente de ella. En una época se creía que el escritor tenía que cambiar la realidad, participar de la política. Yo no lo creo, pero sí creo que todos los que lo desean y pueden, sin importar su profesión, deben hacerlo. Pero pretender que un cuento o una novela cambien algo es inútil.

— ¿Por qué?
— Es lindo pensar que las cosas no son así, que realmente un libro puede llegar a cambiar algo, pero en eso soy más bien negativo. Además, creer eso puede llegar a ser peligroso para lo que estás escribiendo. Y más que idealista, esa idea me parece un poco inocente.

Blog: http://losasesinostimidos.blogspot.com