El autor de Lengua muerta descompone cómo fue la creación de los múltiples personajes que habitan su última novela, y analiza la actualidad de la literatura autogestiva a partir de su trabajo en Alto Pogo, una nueva editorial autogestiva.
Por Juan Ignacio Sapia
Buenos Aires, julio 19 (Agencia NaN-2013).- Lengua muerta (Alto Pogo) es, ante todo, un desfile fantasma: a lo largo de la novela, los integrantes de una bohemia ya muerta desfilan, uno a uno, bajo la luz de los recuerdos del protagonista. Los nombres de poetas, cuentistas y novelistas, el de sus obras y el de los sellos que los publicaron se multiplican y crean una lista que roza lo fantástico, pero que no deja de ser real. Juan Marcos Almada personifica con su escritura a los escritores que cuenta, así su novela está atravesada por fragmentos de las obras que describe. Lengua muerta es también un testimonio de un sobreviviente: “Que me lo digan a mí, que los vi nacer y morir, que los leí y los releí incesantemente”, son las primeras palabras del protagonista que, como un exorcista de la literatura, intenta librarse de los fantasmas de escritores muertos de la forma más efectiva: escribiéndolos.
Almada crea una constelación de artistas y obras sobrenaturales y desliza dos hipótesis: la primera es que un artista es, finalmente, la obra que lo sobrevive. Y la segunda es que la literatura que importa es muchas veces la que no se leerá nunca. En diálogo con Agencia NaN, Almada cuenta el proceso de escritura de su primera novela y la fundación de Alto Pogo, la editorial que nació con su libro y de la que él es responsable junto a Hernán Brignardello y Julieta Sciarra.
–Lengua muerta no tiene una trama, al menos en el sentido tradicional de la palabra, ¿Cómo fue su construcción?
–Nació como un cuento, en el que quería hablar de estos cinco fundadores de este supuesto movimiento, pero construyendo al narrador como un personaje más. Después, me gustó ese juego que te permite construir pequeñas reseñas o pequeñas biografías de los escritores , a la manera de (Roberto) Bolaño en La literatura nazi en América, y empecé a meterme en eso, y me dí cuenta que tenía esa novela fragmentaria, que podía trabajarla así, que era mucho más cómodo porque no tenia que trazar una trama, el narrador iba desarrollando apenas, en algunos apartados cosas que le pasaban a él, pero más que nada eran las reseñas lo importante y el juego también era la transcripción de fragmentos de novela, poema y cuento de los autores citados, entonces ahí como que estaba todo el tiempo el trabajo y el juego.
–Las coordenadas temporales de la novela se precisan a partir de la fecha de muerte de varios de los personajes, ¿cómo surgió esta idea?
–Era una cuestión de anclar la novela, porque iba a ser muy abstracta si no ubicaba cronológicamente. Entonces me dije, bueno lo ubico en los años donde en Argentina murió mucha gente. No es una novela que tenga que ver con la dictadura militar, pero si la ubicás cronológicamente, al personaje y ubicando cuando mueren, coincide. Entonces por eso empecé a trabajar tan puntualmente las fechas. Porque aparte, además de las fechas se describe cómo mueren, pero el narrador dice que la muerte es meramente metafórica, que en aquel tiempo, todos morían de lo mismo. Y esa sola frase me sirve para justificar un poco por qué estoy hablando de la dictadura: el narrador algo hizo para estar vivo, si está vivo. Entonces también es una novela muy culposa, desde el punto de vista de narrador. El basamento era que iba a trabajar con los muertos de la dictadura sin decirlo, porque el narrador no lo quiere decir, no quiere meterse.
–Recién mencionó a Bolaño, que solía volver sobre algunos de sus personajes. ¿Piensa hacer lo mismo con alguno de Lengua muerta?
–Por un lado, quería trabajar una novela del yo, pero como un yo corrido, que todo el tiempo mirara a los otros, y no hacia sí mismo. Lengua muerta me dió esa posibilidad, trabajar el yo corrido. Yo quería que este tipo trabajara con los demás y que los otros lo modificaran, en este caso, él trabaja la culpa, el resentimiento, que los otros lo apenaran y lo molestaran. Por otro lado, todos los escritores que escribo son todos esos escritores que no soy, todas esas cosas que no escribiría. Por ejemplo, hay uno que trabaja puntualmente sobre la mierda, otro que labura sobre la pedofilia, que por ahí, si tu obra es solamente eso, ahí hay una obsesión muy importante, entonces dije, bueno, vamos a trabajar sobre estos obsesos. Hay uno que es el Nictálope que es un tipo que desde la ceguera escribe una saga y me gusta mucho, entonces eso por ahí lo tengo ahí programado para trabajarlo, pero el resto no, me hice esa pregunta y la verdad que no, haría que me quede ahí y no pueda escribir otras cosas. Por el momento no me interesa, salvo ese.
–Además de los escritores y sus obras, en su novela también aparecen muchos editores y sus sellos. ¿Hay algún paralelismo entre la profusión de sellos y la actualidad de la literatura autogestionada?
–Está totalmente relacionado: la idea de la novela me surgió en el Pacha, estaba ahí sentado, tomando un vino y me pregunté, bueno, ¿qué pasa si desaparece este? Porque veía que cada uno de los escritores que estaban ahí tenía otros proyectos: un sello, una revista, un blog. Y me interesaba eso, me interesaba trasladar lo que está pasando hoy a aquella época, pero una época en la que necesariamente tenía que ser clandestino esto, ¿no? Si bien acá no se juega tanto este tema, la clandestinidad, esta ubicado en un submundo. Pero si, está muy relacionado con la proliferación de sellos y el juego también era jugar con los nombres, posibles nombres que a mí me gustaría para un sello pero que están ahí. Sí, las dos cosas están totalmente conectadas.
Lengua muerta no sólo es la primera novela de Almada, sino también de Alto Pogo, una editorial independiente, que este año además publicará una novela y un libro de cuentos. Almada es uno de los responsables de este flamante sello: “Una de las patas de Alto Pogo es editar a gente común, personas que escriben pero que no son necesariamente escritores”. La idea surge de una anécdota: “Fui a una librería en Flores, y me quedé hablando con el librero. En un momento me agarra de un brazo y me lleva a una habitación al lado de la librería. Había una mesa, una máquina de escribir y un pilón enorme de hojas A4. Ahí hay cuatro novelas, habría que trabajarlas, me dice. En ese momento estaba en otra cosa, así que no acepté. Pero con el tiempo me fueron dando ganas de editar a gente común, que tiene otras profesiones.” De este impulso sale uno de los libros que Alto Pogo va a publicar este año: Carpincho, un volumen de cuentos de Juan Carlos Virgilio, un carpintero de 63 años, obviamente inédito.
–¿Cuáles son los próximos proyectos de Alto Pogo?
–Además de Carpincho, vamos a publicar la novela Comic, de Odiseo Sobico, que va por el mismo camino que Kriptonita de Leo Oyola, es una novela negra, pero el protagonista flashea con los personajes de Batman. Y también vamos a sacar una antología de cuentos de santos populares. Quisimos que se escribiera para la antología, no publicar cuentos que ya estuvieran escritos. Y conseguimos dieciséis autores distintas generaciones, algunos “consagrados” y otros inéditos, que es también lo que nos interesa: dar visibilidad a gente joven. Para el año que viene, el primer libro que tenemos pensado es uno de cuentos de Patricio Eleisegui, que se llama Ninguno es feliz. Otra idea que tenemos es armar antologías por provincia: ir a cada provincia, buscar algunos escritores y antologarlos. Eso es un proyecto que tenemos para empezar a trabajar el año que viene para ya, de acá a dos años, tenerlo hecho.
