Una iniciativa importada de Cuba confirma la hipótesis de que el juego es el mejor método de aprendizaje para los chicos. En La Colmenita, una escuela de teatro musical en la que los más pequeños hacen de los escenarios su lugar preferido y se vuelven músicos, actores y cantantes apasionados, las risas y la diversión reemplazan a técnicas y teorías.
Por Soledad Arréguez Manozzo
Fotografía de Magalí Acuña
Fotografía de Magalí Acuña
Buenos Aires, agosto 8 (Agencia NAN-2012).- Como las abejas que trabajan en conjunto para levantar el panal, los chicos y adolescentes de la escuela de teatro musical infantil La Colmenita Argentina viven en comunidad el teatro, la música y el canto. Más que un proyecto artístico, esta colonia de abejas persigue una meta social e inclusiva. El se transforma así en una excusa para generar un espacio en el que, además de divertir, también contribuya a la formación en valores. La propuesta -oriunda de Cuba- rompe con las escuelas tradicionales: el método es el juego teatral, un elemento propio de la niñez, para que las diferentes expresiones artísticas, con contenidos profundos, sean el motor del desarrollo individual y del grupo. “No es una escuela que enseña técnica. No se trata de clases de teatro o de música, ellos vienen a jugar con la imaginación y a crear. Allí se ve el disfrute y la energía de los chicos; así aprenden”, asegura Marianela Sonemblum, coordinadora del proyecto que comenzó el año pasado en Buenos Aires y ya cuenta con más de una centena de niños-actores de 4 a 13 años de barrios y villas de la ciudad.
Las risas de los chicos marcan el ritmo de los encuentros, que se vuelven descontracturados. No hay partituras, vocalizaciones ni técnicas de actuación. Es que según remarcan los maestros, no se trata de formar actores profesionales, sino chicos apasionados por lo que hacen. No abundan manuales ni teorías. El taller más bien pareciera un recreo sobre escenario, con rondas y charlas. Todo parte de un método no tradicional que se centra en el juego teatral, es decir, en un ensayo de una puesta real que se presentará en funciones, en teatros, escuelas, hospitales, comedores. De este modo, comienzan a montar un espectáculo infantil. “Los niños son niños, no profesionales, el arte es un instrumento, una excusa más para desarrollarse en la niñez, que es la etapa para jugar”, reflexiona José Armando Alpízar, maestro de La Colmenita Argentina.
Sobre las tablas, los más chicos no se sonrojan ni están nerviosos. Quizás se deba a que desde la primera clase comienzan a trabajar en un guión, con un personaje y así, de a poco, van enriqueciéndose del trabajo escénico. El aprendizaje es integral: los chicos tocan los instrumentos (ya que las funciones cuentan con una orquesta), cantan y actúan en todos los ensayos. Y además, desde el principio están preparados para afrontar los temores que despierta un escenario ya que participan de funciones periódicas, lo que genera que pierdan temor al público y puedan transmitir la diversión que vivencian sobre las tablas.
La iniciativa, por otra parte, se caracteriza por ser teatro infantil hecho por chicos. La propuesta nació en Cuba en 1989, de la mano de Carlos Cremata, actual director de la Colmenita Cuba. Desde ese momento, los panales lograron instalarse en otros puntos del globo —España, Colombia, México—. En Argentina hay tres sedes: una en la Ciudad de Buenos Aires, otra en la provincia de Chaco y una más en el municipio bonaerense de Lomas de Zamora. Este último espacio comenzará a funcionar desde este mes en el Centro Cultural Padre Mugica, ubicado en Hipólito Yrigoyen 7923. En el barrio de Abasto, la Colmenita Argentina ofrece talleres de 1, 2 y 3 veces por semana, una orquesta musical y una Minicolmenita para chicos de 4 a 6 años. Desde octubre de 2011, no ha parado de crecer: cuenta con diferentes elencos que ya han brindado funciones en teatros y espacios no convencionales. Las expectativas están en seguir agrandando el panal, para que cada vez más abejitas se sumen a este proyecto.
La arista social del proyecto se puede ver en los textos de las obras —suelen ser adaptaciones de cuentos clásicos— que se presentan, cargados de contenidos que vinculan a los chicos con valores como la solidaridad, la generosidad y el bien común. El teatro logra así integrar, incluir y no discriminar. “Lo fundamental es el trabajo en valores, es la base del proyecto. Primero tienen que ocuparse de las cosas de la vida”, explica Sonemblum. Esto se refleja en las charlas en rondas que se hacen antes de comenzar con los ensayos. Allí sentados en círculos, junto al maestro, los chicos cuentan cómo hicieron el “bien”, las buenas acciones, en el día. Recién después, comienzan a prepararse para la actuación.
La Colmenita, a su vez, es inclusiva: las pequeñas abejas se encargan de polinizar, de trasladar sus conocimientos a otros lugares y comunidades. La propuesta es totalmente gratuita —no se paga cuota, membresía, vestuario ni instrumentos— , por lo cual los chicos están en carácter de becados. Esta mecánica permite que todo aquel que esté interesado pueda incorporarse a los talleres. “La idea es que un chico en vez de estar en la calle, esté aprendiendo cosas que le haga bien a su espíritu, a su alma, que le generen valores importantes a nivel familiar y comunitario”, remarca la coordinadora.
El proyecto también logra acercar el arte a sectores vulnerables de la sociedad que no pueden acceder al teatro: se hacen funciones en barrios marginados, en hospitales, escuelas periféricas y comedores populares. Para Sonenblum, esto provoca que los chicos lo vivan de forma muy especial el paso por La Colmenita, ya que “se hacen intercambios, se comparten actividades y se genera en ellos y las familias algo más allá de lo estrictamente artístico”.
* Para mayor información: www.lacolmenita.org