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La única verdad es la realidad

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En un nuevo aniversario del 17 de octubre de 1945, un puñado de artistas indagan en el significado del peronismo. ¿Cómo se incorporó este movimiento al ADN argentino? Ilustración: Pablo Tambuscio

Por Nahuel Lag

Peronismo. ¿Cuántas palabras, historias, imágenes, hechos, frases, cosas pueden pasar por la cabeza de cualquier argentina o argentino después de leer esa primera palabra? Movimiento, justicia social, obreros, derechos, Eva, Libertadora, resistencia, gorilas, parquet, fusiladora, Operación Masacre, Puerta de Hierro, Ezeiza, López Rega, Rucci, bombos, burocracia, sindicatos, unidad básica, montoneros, compañeros, cerco, general, imberbes, desaparecidos, Menem, Duhalde, neoliberalismo, aparato, punteros, Nunca más, Kirchner, juventud. Esas son algunas de las palabras —falta todo lo otro— que hacen a ese gran campo semántico que ya es “campo popular”. Cerca de otro 17 de Octubre, cerca de los 70 años del primero, NaN escarba, desde charlas con un historietista, un dramaturgo, una directora de cine y un escritor que recientemente produjeron obras a partir de este fenómeno, en cómo una doctrina política pasó a ser cultura popular. Sí, lamentablemente esta nota tiene 20 mil caracteres. Podríamos haber escrito un libro.

DORA CONTRA LOS GORILAS
Dora camina hacia el Berlín Document Center, en la República Federal Alemana, donde están los archivos que los aliados capturaron al vencer a los nazis. Primera viñeta, 1953. Allí decidió iniciar el ilustrador e historietista Ignacio Minaverry el derrotero de esta heroína “cazadora de nazis”. En Dora Número I (Editorial Común, 2009), la muchacha seguirá la “ruta de las ratas”, la vía de escape de los jerarcas nazis a otras partes del mundo que en la Argentina tuvo a Perón como eslabón. Pero Minaverry explica que no buscó hacer una historieta sobre el por qué del arribo de los nazis al país ni del camino que llevó a Perón tras el golpe de la Libertadora a la España de Francisco Franco vía el Paraguay de Alfredo Stroessner. La segunda parte del libro, que trae a Dora a la Argentina de febrero de 1962, tras el rastro del médico y criminal alemán Josef Mengele, tiene que ver con retratar la resistencia peronista. “En las historias de Dora, los nazis siempre son la excusa para mostrar otra cosa”, dice.

“Vote en Blanco”, “Framini-Anglada, Perón a La Rosada”, “La hora se acerca”. Las pintadas en las paredes del pueblo bonaerense de Vivar, adonde Dora llegó desde París, recrean los años de proscripción de “el tirano”. Emilio Moro es colimba, amigo de la joven que aloja a Dora y parte de la resistencia: necesita enterrar los libros de Eva, Perón y John William Cooke con los que el peronismo comenzaba a revisarse entre izquierda y derecha, dicotomía que aún resulta difícil de explicar. “En la medida en que el peronismo vino a subvertir la situación en la que la clase dominante tenía la porción más grande de la torta se puso a la izquierda de las fuerzas políticas realmente existentes. Si en los ’90 el peronismo se dedicó a agrandar esa porción, yo a esos no los considero peronistas”, diferencia el autor. El guión no hace eje en el peronismo —que es fuente de decenas de historias en el octavo arte nacional, desde El Sueñero de Enrique Breccia a la reciente Veinteverdades de Max Aguirre, entre tantas— sino que realiza un tratamiento de temas que permiten abordarlo desde otras aristas. Por ejemplo, la identidad sexual de Dora, el barrio obrero en las afueras de París, su amistad con los jóvenes militantes del Frente de Liberación Nacional. “Los personajes se arman una barrera de contención (los amigos, la identidad barrial) que los resguarda de la sociedad que los rechaza por ser pobres, negros, putos, extranjeros. Estas barreras aparecen mitigadas, por lo menos Dora y Geneviève (personaje que aparece en Dora II) se pueden casar, pero los prejuicios de clase siguen firmes. Ahí entra el peronismo, por eso es tan subversivo en la sociedad argentina, que siempre estuvo dividida”, reivindica el ilustrador. Y sostiene su principal verdad peronista: “La certeza de que los miembros de la clase media no somos la unidad de medida de nada”.

Dora camina por el Vivar de la proscripción; pasa por el galpón de la estación donde se borró la pintada “Segundo Plan Quinquenal. Apóyelo”; pregunta por la calle Eva Perón y le dicen “aquí no existe, señorita”: “La intención era mostrar cómo el Estado gorila trató de esconder esas obras o apropiarse de ellas. A todos los barrios peronistas el Estado gorila les cambió el nombre, pero a nadie que hubiera logrado tener casa propia gracias al peronismo le molestaba que su barrio se llamara Juan Perón”. Dora no es peronista, pero entiende que decir “¡quiero que ganen los peronistas!” provoca revulsión en quienes hablaban de “los negros”. “No es que entendió al peronismo sino que llegó a entrever su poder subversivo”, explica Minaverry. Antes de llegar a Vivar en tren desde la ciudad, Dora dejó atrás la estación de Ezeiza.

LAS MÁSCARAS PERONISTAS
A 40 años de aquel hecho tabú del peronismo, de aquella masacre de Ezeiza, el actor y director Pompeyo Audivert toma los fragmentos de aquel proyecto colectivo frustrado. “La identidad peronista era un tema que se resolvía en el cuerpo de Perón. Él era la identidad, el remitente, y su palabra otorgaba legitimidad y delegaba poder a la izquierda y la derecha que estuviera encolumnada en su conducción. Era un mito viviente, como un dios de carne y hueso”, resume Audivert sobre lo que cambió después del 20 de junio del ‘73. En Edipo en Ezeiza (sábados 22.30 en El Camarín de las Musas), la fragmentación se traduce puertas adentro. La familia no recuerda qué ocurrió después de aquel picnic a la espera del General. “¿Qué hiciste en Ezeiza?”, interroga el hijo a su supuesto padre. ¿Quiénes somos? Padre, madre e hijo; hermana, hijo y padre o infiltrados. “Ezeiza es un teatro griego nacional en el que se representa la crisis: el hijo pródigo y el abominable se arrancan los ojos por ser quien lo reciba, los otros hijos miran desde afuera. Perón se da vuelta en el aire y aterriza en una base militar. Cuando toca tierra ya es otro: el que gira a la derecha y traiciona la perspectiva que había abierto desde España. El tema de la identidad da paso a lo siniestro. El padre se transforma en algo monstruoso, por su boca se filtra otro discurso”, analiza Pompeyo.

La obra opera a nivel simbólico. Hay un afuera sugerido en el que se desconfía, una realidad cambiante gobernada por el otro, un enemigo difuso: el que cruza la puerta puede volver como infiltrado y será interrogado bajo una bandera argentina andrajosa. Lo interpelado es el componente peronista de la identidad nacional. “El peronismo es un punto de partida para un salto en otra dirección. La identidad es, como decía Leopoldo Marechal, una peladura más de la serpiente. Cuando la vieja peladura pueda ser sacada del cuerpo de la patria tal vez podamos pasar a una nueva identidad”, señala el dramaturgo que reivindica las luchas del primer peronismo y al kirchnerismo como síntesis de aquello, pero recuerda que “la historia demuestra que cualquiera puede llamarse peronista y llevar adelante políticas de las más contradictorias”. Pompeyo también trabaja con la marca que dejó aquel 20 de junio en Museo Ezeiza —instalación teatral creada por la Cooperativa Ezeiza, dirigida por Audivert y cuya puesta se realiza el Museo de la Memoria Haroldo Conti—, en la que la historia se reconstruye desde fragmentos más pequeños que el núcleo familiar: “Soy el largavistas de Juan Ramírez, vengo de Tucumán. Me encontraron a 50 metros del palco, vine colgado de su cuello. Me encontraron sin rastros de mi dueño, sin esperanza de ver la esperanza”.

“Tomamos al peronismo como temática pues en él late la sangre histórica de los últimos setenta años de la Argentina; es, por su multiplicidad, complejidad y contradicción, un tema político-poético. Nos permite desatar las temáticas propias del teatro: quiénes somos, de dónde venimos, qué estamos haciendo, cuál es el sentido de nuestra presencia. Nos permite llevar temas esenciales a niveles colectivos y personales sin dejar de lado nuestra identidad histórica”, define Audivert.

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Ilustración: Pablo Tambuscio

DE HADAS Y HOLOGRAMAS
“Llegó de lejos. Era rubia. Era linda. Era buena. Se hizo famosa. Y desde su pedestal, contempló el dolor de los pobres, el de los huérfanos y ancianos desamparados. Y quiso aliviarlos en su desdicha”, recita Juan Domingo Séptimo (Alejandro Parrilla), protagonista de El Hada Buena, una fábula peronista. Son los primeros minutos de un largometraje de ciencia ficción, una historia anclada en un futuro tipo Ciudad de los Niños Perdidos nacional y popular donde los restos de la clase media acomodada permutan electrodomésticos por niños en subastas públicas con el sueño de que un 17 de octubre sean apadrinados por el Estado, que los educará como futuros líderes. En esta historia sci-fi, los versos para una Evita con varita mágica —escritos por Clelia Gómez para el libro de lectura de segundo grado El Hada Buena, editado en 1954— son el primer paso hacia una mirada descontracturada de los años del bienestar social.

La película es una historia familiar: madre adoptiva, tío, cuatro hermanos insertos en un mundo decadente que “condensa la época de principios de 2000, con el Estado corrupto de los ’90 que bastardeaba figuras y símbolos usándolos de bandera para dar la falsa sensación de que todo estaba bien”, reseña la joven directora. El rodaje autogestionado llevó años hasta su estreno en 2010, pero la ópera prima de Laura Casabé siguió vigente por reunir en 83 minutos de humor político y bizarro el inconsciente colectivo peronista.

Tardes en familia poniendo las patas en la palangana emulando las fuentes del 17 de octubre, una mucama radical, una “compañera virgen” que aconseja, juegos de mesa que invitan a ponerle las manos a Perón y festejos del Día del Patrono en la República de los Niños construyen el mundo de El Hada… “La idea era tomar aquellos símbolos que dan vueltas en la sociedad desde que tengo uso de razón, porque desde Perón que Argentina es peronista, y resignificarlos”. El atrevimiento de los integrantes de Horno Producciones mantuvo en cartel por seis meses al film, que continúa ganando pantalla en los ciclos de cine independiente. ¿Las críticas recibidas? Dos posibles: genial o gorila.

Casabé se despega de aquello y elabora su propia definición de la herencia del General y sus sucesores: “El peronismo es un fenómeno cultural impresionante, camaleónico. Cuesta creer cómo todos los peronismos pueden convivir dentro de una misma bolsa y tener un sentido. Pero cuando la beatificación al caudillo está por sobre todo las plataformas pueden ser cambiantes. Me considero más peronista que otra cosa, pero desde la película socarronamente se critica al fanatismo que ridiculiza y vacía de contenido a sus propias figuras”.

Juan Domingo Séptimo pide su deseo al hada que una noche, mientras él está sentado en el inodoro, aparece desde atrás de la cortina de la ducha a cumplírselo con una ruleta de la suerte. “El Hada no es la Eva del manual de escuela sino una laburante que cumple con su tarea sin tiempo para más. Es el desencanto del encuentro con la realidad: Eva es un sueño, ella ya no está.” El guión de Casabé vuelve sobre esta idea y lo hace con el mismísimo General quien, a la hora de la elección de sus apadrinados, reaparece ¡como un holograma! al que todos aplauden de pie. “Se celebra algo que no es real: la aparición de alguien que existió, que cambió el país radicalmente, pero que ya no está. El holograma intenta llenar ese vacío. Al quedarnos en la beatificación perdemos en la construcción de algo nuevo y corremos el peligro volver a evocar al holograma, a lo que no está… Y ahora volvió a ocurrir con Cristina. Si se va … ¿Qué hacemos? ¿Vamos a buscar los hologramas?”
La historia, un invento peronista

“Perón tenía una pija enorme;
la mostraba
con insistencia
a sus compañeros
en los baños
del liceo”

En el poema Escolástica Peronista Ilustrada, el general ya no le habla al pueblo desde el balcón de la Casa Rosada. Su voz aparece en la segunda parte, pero lo central es que “el peronismo dejó hace mucho tiempo de ser de Perón. Es una construcción social y política que explica qué somos y por qué hacemos lo que hacemos”, sostiene el escritor y periodista Carlos Godoy.

“la historia es peronista
como se viste tu mamá es peronista
igual como se viste tu hermana.”

Escribió de un tirón la primera parte del poema una tarde de 2006 después de que los lineamientos del pejotismo menemista le dieron vueltas en la cabeza por un tiempo: “A las contradicciones del peronismo, les dedico un prudente tiempo en charlas con amigos o en introspecciones existencialistas de domingo”, le contó, en 2007, a su colega Juan Terronova, cuando Funesiana publicó la primera edición de Escolástica… El texto, con ilustraciones del peronista artista plástico Daniel Santoro, fue reeditado este año.

“Puede tomarse al peronismo como una forma de pensar las distintas aristas de una cultura adyacente y subyacente. Santoro hace algunas comparaciones del peronismo con el yin y el yan, el todo que contiene sus partes positivas y negativas”, señala Godoy y retoma el objetivo cultural y antropológico de su libro en la revisión de lo surgido en el 45.

La tradición entre peronismo y literatura es extensa. Un repaso arbitrario saltaría del antiperonismo de “La fiesta del monstruo” de Borges y Bioy Casares o —mito mediante— “Casa Tomada” de Cortázar al No habrá más penas ni olvido de Osvaldo Soriano; continuaría por Punctum de Martín Gambarotta y llegaría a los contemporáneos de Godoy: la Autobiografía Podrida de Alejandro Rubio, los negros de Washington Cucurto, los Carlos Monzón de Martín Rodríguez o “El chico del edificio de obras públicas” de Pablo Marchetti, “la última fantasía peronista”. Según Rodríguez definió en la sinopsis de la edición 2013, el movimiento nacido en el 45 es “la única representación política posible en todo tiempo y espacio”. ¿Hay un vacío después del peronismo? o ¿un horror al vacío? “No creo que haya horror, hay una propuesta, una idea de construir un estado europeo con personas con conciencia ecológica y con grandes aportes impositivos. Existe ese deseo de clase, aristocrático. Y el gran problema para su concreción son los negros. La búsqueda teórica y política de la superación del peronismo es intentar volverlo blanco. La gran esperanza de los militantes de base como la JP Evita es conseguir un ‘Evo’, un negro que llegue al poder. Pero a ambos sueños los veo difíciles. Sólo puedo imaginarme procesos transitorios”.

Volvamos al hueso del texto del escritor, el peronismo como fenómeno antropológico. Un texto hijo de los la infancia en los ’90 de su autor y escrito en el post 2001. Según Godoy, esa lectura fue posible por ser un libro que llega desde el público joven proveniente de la cultura rock y la cumbia, surgidas en la década neoliberal y alejadas de la militancia política. Pero eso no significa para el escritor que el peronismo sobreviva gracias a una reinvención pop. “Esa es la reacción estética snob de una serie de acontecimientos históricos, políticos y sociales. Hay un montón de tipos que andan con remeras de Néstor o de Evita y hay otro montón de tipos que están laburando en alguna unidad básica. Es el resultado de la construcción del poder: algunos se apropian de los símbolos, otros de la estructura”, sostiene. Más allá de Perón y de los reciclajes del movimiento justicialista, Godoy define en uno de los versos: “La subsistencia es el carácter peronista”.

–¿Por qué?
–Por la cuestión de la animalidad, de lo instintivo. En la contradicción civilización y barbarie, que luego divide históricamente al país en federales y unitarios, en capitalinos y provincianos, en ricos y pobres, el peronismo opta por hacer una construcción política en la parte débil económicamente y simbólicamente de esta dicotomía. Trabaja con las zonas de la cultura que, si bien son populares o masivas, desde el punto de vista analítico o crítico, resisten. “El peronismo es la matriz por donde giran directa o indirectamente todas las producciones culturales de la segunda mitad del siglo XX hasta ahora”, concluye Godoy. “El único peronismo es el de su extinción”, dice el primer verso de la Escolástica…

* Fuente: Revista NaN #14 (septiembre-octubre 2013).