Por Sergio Sánchez, desde Bolivia
Fotografía de María Luz Carmona
Tupiza, mayo 12 (Agencia NAN-2010).- “¿Sos fotógrafo?”, preguntó a este cronista viajero un hombre de figura pequeña y azotada por los años. “Ehh… la verdad que no, pero intento fotografiar la infinidad de las vías del tren”, respondió quien escribe. Inmediatamente, entusiasmado por el aparato capaz de inmortalizar cualquier objeto, propuso: “Sacale una foto a esta piedra. En el medio hay un gatito, ¿lo ves?”. ¡Clic! Un momento quedó registrado para (casi) siempre. Una imagen devenida en recuerdo. Entonces, cuando el anciano desconocido vio la piedra retratada en la pantalla, sonrió como quien descubre la vida eterna y, sin esperar un “no” como respuesta, invitó: “Yo soy un ‘escultor rústico’ y en mi casa tengo muchas más ¿Querés sacarle fotografías?”. Ya no era un desconocido. La lejanía se destruyó con el diálogo y a partir de allí se formó el vínculo.
Mientras el cronista de Agencia NAN esperaba en la puerta, el sol seco pero amistoso del valle de Tupiza comenzaba a esconderse detrás de las montañas. De su pequeña casa, el hombre sacó una manta que envolvía una porción de su nutrida colección de piedras que recoge hace años. “Son juguetes de la Pachamama”, los presentó con orgullo. Y luego completó la idea: “Si hubiera vivido en la época de los Incas, diría que son los juguetes de la Madre Tierra”. Pero no tenían nada que envidiarle: los retazos de roca se convirtieron en pájaros, vasijas, damas antiguas, máscaras festivas,dinosaurios, guagüitas, dientes de hombres primitivos, ermitaños que trabajan en las minas, vírgenes, zapatos de arlequines y cientos de figuras que conviven en armonía bajo el cuidado de un solo descubridor y creador: Pedro Rivas Navarro.
Así es el nombre del “escultor rustico” –como él se define–, poeta y dibujante de 71 años que sabe que el arte se concreta únicamente cuando otros ojos lo miran. Las palabras de Pedro son sabias, precisas y no parecen estar contaminadas por programas televisivos o costumbres rutinarias de ciudad. Siempre predispuesto, a veces impaciente, se apura a explicar el significado de cada uno de sus “hijos”, esos retazos de mundo que encuentra “cerca del pueblo, en el Río Tupiza, sobre la Quebrada”, en alusión a la rojiza Cordillera de Chichas que engalana varios pueblitos del Departamento de Potosí, en Bolivia. Y que guarda como tesoros preciados que no podrían comprarse ni con todo el dinero del planeta.
Pedro se sienta en la vereda. Y como un niño que necesita contar sus sueños, repasa y enseña sus tesoros favoritos, porque asegura que “cuando la gente las ve, ellas se alimentan, se llenan de vida”. “Este es un pajarito rojo próximo a apagarse y lo único que le moldeé fue el piquito”, explicó el artista autodidacta y amateur que jamás recibió un peso por su arte. “Cuando era joven trabajé de barredor, pero ahora ya estoy jubilado”, aclaró. Su faceta artística la encontró de pequeño, en la escuela, donde se la pasaba dibujando en horas de clase. Aunque apenas sabe leer, debido a que abandonó el colegio en cuarto año para trabajar, disfruta de la sección literaria del diario y confiesa su admiración por el pintor argentino Benito Quinquela Martín, quien retrató con maestría la vida cotidiana en torno al puerto de La Boca.
El paisaje de Pedro es otro, pero la esencia es la misma: “La mente del hombre es el reflejo de la naturaleza”, piensa el artista boliviano mientras se acomoda su sombrero azul.
A través de sus piedras que guarda celosamente debajo de su cama, Pedro interpreta la naturaleza, juega con sus formas y colores y pone en práctica su imaginación. Algunas piezas permanecen tal cual las encuentra, pero otras las esculpe “con un fierro con punta”. “La herramienta es el tercer brazo del hombre”, considera Pedro aunque la mayoría de sus “hijos” no sufren modificación. En la búsqueda, entre todas sus joyas, encuentra una que parece haber olvidado: “De un lado, es una niña que coquea (masca coca) y del otro es un charango. Tiene doble forma”, muestra Pedro, maravillado por su hallazgo.
Sin embargo, en su pueblo no lo reconocen como artista y su familia no quiere que siga recolectando piedras porque el peso está dañando la superficie del primer piso de su hogar. “Las tengo que entrar a escondidas”, confiesa por lo bajo. Aunque una vez expuso sus figuras de roca, recuerda una anécdota que le saca una carcajada: “Cuando expuse en la plaza del centro de Tupiza, un hombre me dijo en broma: ‘¿Para qué trajo esta piedras si la calle ya está pavimentada?’”. Sus obras, dignas de cualquier mirada, buscan salir de la oscuridad del ropero, o, mejor dicho, del fondo de su cama. Y Pedro abre sus puertas a todos los visitantes que quieran alimentarlas con una sonrisa. “Amor con amor se paga, piedra con piedra se desgasta”, concluye antes de despedirse.