
Por Matías Muro
La tercera posición —dramaturgia de Carla Maliandi y Pablo García, y dirección de ella— no es una obra de época. Aunque ambientada en 1953, trasciende el género. El espíritu de la propuesta se dirime en una cancha de tenis situada en el jardín de una mansión. Perfectamente podría ser hoy. Desde el vamos de la obra se intuye que esa cancha de tenis será un espejo, un rebote de lo que sucede a unos metros, donde Ignacio (Eduardo Lacono) e Irene (Anahí Pankonín) establecen una densa esgrima coloquial sobre arte.
Ignacio es un empresario, Irene su secretaria. Ignacio debe dar un discurso esa misma noche sobre arte ante un público de pseudo aristócratas quienes, para Ignacio, son el gran portón que debe abrir para ingresar a su mundo. Un mundo olvidado, el de burgueses semi-ilustrados, cuya ilustración resultaba, allá entonces, una mercancía, una marca, no tanto de ostentación como de pertenencia. Hoy las clases altas pueden exhibir su insoportable levedad del ser y su ignorancia respecto a la “alta cultura” sin tapujo alguno (“burgueses líquidos”, diría algún aficionado a la moda líquida de Bauman).
Se establece una especie de simbiosis interclase entre Ignacio e Irene. Ignacio sabe poco sobre arte. Irene sabe pero no acata ciegamente las normas canónico-institucionales sobre arte, aunque sabe escribir buenos discursos. Irene es presa de las ansias locas de Ignacio por pertenecer, acatar y avalar para destacarse. Ignacio la necesita casi como un niño a su madre e Irene como una niña a su padre (un padre bobo, desbordado e inmaduro pero padre al fin).
Luego de leer el discurso (narrativamente, transcurre a partir de una serie de fotografías que se despliegan en un intervalo demasiado largo), Ignacio, preso de su brutal sentimiento de inferioridad, cree haber fracasado. Irene intenta consolarlo. No hay caso. El desborde de Ignacio es total, y es precisamente en este descontrol que la simbiosis se deshace para suerte de Irene. Ahí surge un factor interesante, una presencia por ausencia: Pedro, el novio muerto de Irene, artista semitrágico que rechazaba con “alma y vida” los institucionalizados saberes sobre arte. Irene deja translucir su condición de clase, que tenía escondida como buena secretaria de jefe con plata. Sin la tiranía de Ignacio, se refleja de manera risueña, obligando a Irene a jugar al tenis con él, la otra cara de la misma moneda, la otra cara de la tiranía; se refleja a partir de la dependencia de Ignacio para con Irene y su capacidad para elaborar buenos discursos.
La obra se desencadena entonces con la crisis de la representación no tanto artística como de clase: en la década del cincuenta del siglo pasado ya se vislumbraba la devaluación de una de las obligadas tarjetas de presentación de las clases altas: su ilustración. A partir de esta crisis, la farsa de los saberes canónicos exhibe su verdadera cara y, como toda mercancía, su fecha de vencimiento.
* La tercera posición se presenta los jueves a las 21 en El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960, Ciudad de Buenos Aires.