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Libros: “Antología de cuento político latinoamericano. Región” (autores varios, 2011).-

Dieciocho historias que zurcen cultura, política e ideología para dar cuenta de una pluralidad de lenguajes, estilos y contextos en la prosa de los jóvenes escritores de América latina. 


Por Nicolás Alonso

Buenos Aires, Julio 7 (Agencia NAN-2012).- ¿Qué es lo que hace de un cuento, un hecho político? Quizá el argumento, si es que alude explícitamente a un entramado de politicidad. Tal vez  la extracción social de los personajes, sus comportamiento y su forma de mostrar, a través de su psicología, una manera de ver el mundo. Posiblemente también sea política una narración alegórica. O una metáfora descabellada que, quién sabe por qué extrañas contorciones, acaba por mostrar con una claridad inaudita ciertas relaciones de dominación, de alienación, de represión (y tantos otros “iones” conocidos). Político quizá sea el amor. Romeo y Julieta pueden atestiguarlo. En fin, hay infinitas formas de encarar lo político en un relato, pero en el fondo siempre está el lenguaje mismo, ese signo de signos que nos constituye y nos define. Región. Antología de cuento político latinoamericano (InterZona Editora), compilado por Juan Terranova y Enzo Maqueira, da cuenta de esa multiformidad que asume lo político en los relatos. Pero sin perder de vista que “nada escapa al signo de lo social si está construido con lenguaje”, según explican sus compiladores. 
Son 18 los escritores que dejaron su marca en esta antología, concentrando en sus páginas el amplio repertorio del cuento en la región. Todos ellos jóvenes. En lo latinoamericano está uno de los elementos más valiosos del libro. Como una especie de reflejo del espíritu que se vive en la región, esta camada de escritores se hace cargo del legado de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, o incluso del mejor Vargas Llosa (“el mejor” para distinguirlo de la caricatura política en la que se ha convertido). El reunir estos cuentos  en forma de antología aporta esa cuota de sentido (político, por supuesto) desde la edición. Permite ver, no sólo la pluralidad de estilos, contextos y lenguajes, sino más bien devela la indisoluble unidad que los permea. Unidad positiva: cultural, política e ideológica, por un lado; y negativa: en la dominación, en la dependencia, por el otro.
Los cuentos en sí son de lo más variado. En general reticentes a la denuncia panfletaria, y más afectos a la historia mínima, a la mirada subjetiva o a la metáfora movilizante. Entre los puntos más altos del libro está el cuento titulado “Ciudadanía”, de la guatemalteca Denise Phé-Funchal. Una distopía (por oposición a la utopía, es el relato del peor de los mundos posibles) en la que un niño, un pre-adolecente, narra orgulloso la etapa en que vive, a punto de ingresar al selecto grupo de “ciudadanos”, miembros del “movimiento de paz” que acabó con una etapa previa (quizá la actual) de oscurantismo y violencia. Lo curioso es la violenta forma que hallaron estos personajes de superar la violencia: “Así se decidió que cada humano, cada ciudadano debía hacerse cargo de contribuir con el progreso aniquilando a un no-humano. Para no ser como ellos la ejecución debía ser pronta, un tiro en la sien. Luego los cuerpos debían ser embalsamados y colgados en la entrada de las casas.”
También el ecuatoriano Eduardo Varas, en su relato “Película B” describe un film de bajo presupuesto, donde un presidente deviene alien y echando espuma por la boca, por las orejas desata una carnicería contra los militares que lo apadrinaban. O bien el venezolano Zlavko Zupcic con su “Doble Chávez”, una versión alternativa y bastante entretenida del golpe de Estado de 2002.
En la antología también están las sutiles historias mínimas, en donde la adolescencia, la amistad, la droga, el amor, el sexo, el paisaje, las familias, se mezclan con atmósferas sociales. Unas veces de violentos narcos, otras de represión estatal, o de frustración ante una sociedad que cierra puertas. Los cuentos de los cubanos Encinosa Fú y Enrique Lage, o la colombiana García Roballo dan ejemplos de ello.
En fin el panorama es amplio, y la apuesta es válida. Jóvenes escritores creando símbolos, haciendo política con el lenguaje. Sondando el camino de las reivindicaciones y de la reflexión, con la palabra como detonante. Es, en definitiva, el lenguaje como hacedor de ese esquivo sujeto latinoamericano, que necesita de un arte comprometido tanto como del agua para florecer.