El nuevo trabajo poético de la escritora bonaerense juega con la potencia y la intertextualidad de las palabras, de forma familiar y misteriosa.
Por Facundo Gari
Buenos Aires, noviembre 29 (Agencia NAN-2010).- Sonriente y triste es la poesía de Paulina Vinderman en Bote negro (Alción Editora), que la encuentra como espectadora de un ciclo que se manifiesta primero en el cielo pero también en los antípodas que presuntamente son la vida y la muerte. “El terror a sentir deseo de morir está impreso/ en cada despertar ordinario”. Ese rumor de pájaros negros se percibe de arranque, y en la cocina que no es el balcón desde el que escribe –y describe palmeras, nubes y astros– escucha el movimiento de los cacharros, y presume que es su madre.
Es familiar el tono porque lo son los colores y los afiches “irritantes” que pueblan su hábitat. Es espectadora pero también efectora de su soledad y vigor. “La dulzura de la fe en las palabras que escapan/ de su cárcel es semejante a nuestra supervivencia/ en esta ciudad sin ángeles”, en la que sin embargo oye a “una celesta desafinada”.
Vinderman concede con melancolía lo que de la muerte se sabe: “Nada, excepto lo leído: una vela apagada,/ una linterna que no funciona más”. El artefacto es la “voz del lenguaje”, o lo lúdico que propone el poema, y es el arma para batir lo efímero. “En el país de la memoria la idea de eternidad/ es una flor abierta, voluptuosa como una orquídea”. Si a la noche hay que iluminar, es preciso comprender al día “como vuelos de búhos”, como una cinta de Moebius.
De allí que no tenga (poética ni) esencialmente ética: “¿Robar para el poema, no para la corona, tendrá perdón?” Anochece en la habitación de Vinderman –tiempo y espacio convergen como gusanos paranoicos aunque crónicos: pasa de marzo a mayo sin balance de blanco, del sueño a la vigilia con zoom–, que se promete descubrir por la mañana la “simetría”. La mañana es la luz, la linterna es la palabra, la simetría es la correspondencia entre física y metafísica. “Uno construye lo familiar en el propio corazón/ de lo extraño”, explica.
Juega la poeta con la potencia y la intertextualidad. Sus evocaciones remiten al conflicto entre fundamentos y sacramentos, con tal grado de personalismo que el reflejo es sobre un cristal oscuro, aunque no en desmedro del goce que produce descubrir su feminidad misteriosa.