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Libros: “El señor de los venenos” (Enrique Symns, 2009).-

En esta publicación extendida, el escritor maldito suma nuevos relatos a su diario de viajero, cuyos retazos dejan traslucir una autobiografía fascinante tejida con sus típicas herramientas inmortales: una prosa osada, ácida e insolente.

Por Pablo Sieira

Buenos Aires, marzo 28 (Agencia NAN-2011).- La prosa osada, ácida e insolente es lo que se espera de Enrique Symns. Pero en una autobiografía, sorprende ver semejante cosa. En El señor de los venenos, el “escritor maldito” desnuda todos los rincones de su vida asociados al sexo, las drogas, la noche, las mujeres y las tretas delictivas urdidas en lugares insospechados. Desde ese entramado, describe su íntima y tormentosa relación con la gente de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, al tiempo que narra el nacimiento de las aventuras editoriales más transgresoras de las últimas décadas, pintando un cuadro impactante del under metropolitano. Symns desparrama en esta obra críticas y elogios para todo y todos. Y se muestra implacable al exhibir perversiones de todo tipo, incluso las propias: las asume y desafía a que alguien más se atreva a asumirlas. Responder o no a la provocación corre por cuenta del lector.

Esta 4ta edición aumentada de El señor de los venenos, publicada a fines de 2009 por la editorial El Cuenco de Plata, es un itinerario por la vida de Enrique Symns, un hombre que tuvo como única educación formal sólo tres años de escuela primaria y que dedicó buena parte de su vida a vagar sin horizonte, experimentando cuanta situación y sustancia se le cruzaran en el camino. Así devino en monologuista, periodista y escritor, luego de un viaje entre cósmico y mundano que lo llevó de los bares porteños a alguna cárcel de Brasil, pegó una vuelta por habitaciones de dudosa reputación en Europa y lo trajo de regreso a los ghetos argentinos en los que el destape democrático se vivió con mística hedonista.

Por ello, El señor de los venenos podría definirse más precisamente como un diario de viajero eterno cuyos retazos conforman una autobiografía fascinante. En sus páginas, Symns ofrece un recorrido desopilante por el bajo mundo porteño, describe sus mutaciones a través de los años y despliega un singular menú de personajes. Amigos de lo ajeno, mujeres propias y extrañas, dealers y fiolos conviven en esos capítulos dedicados a los bares de la calle Corrientes, al barrio de Once y a otros oscuros reductos que, en la pluma del autor, se perciben casi como un mundo de fantasía negra.

Con una estructura similar a la de Hunter Thompson, Symns desenvuelve impenitente sus fechorías como delincuente juvenil y sus transas de cocaína mientras describe su experimentación con esa sustancia, a la que le suma la marihuana y el ácido, entre tantas otras. Mide cada detalle de su vida y la de su entorno con la vara del crítico despiadado; esa que consiguió con capacidad autodidáctica en libreros superpoblados y en la “escuela de la calle” de la que egresó como un orgulloso Sarmiento anarquista, drogón y encantador. Todo el libro está cubierto por un análisis filosófico-sociológico con tintes de opinología callejera, acompañada del lenguaje cotidiano más grosero. Y esto es lo que hace de El señor de los venenos una obra cautivante: en cada anécdota atractiva asoma una evaluación cruda y a veces cruel de las cosas, contada con un estilo que resulta creativo y exquisito en lo soez y lo común.

Los análisis y las reflexiones que Symns vierte en esta obra siempre arrojan la misma premisa como resultado: “Estamos todos jodidos”. Para el autor, uno de los motivos de esa miseria es el manejo de la palabra, que en varios pasajes está calificada como una suerte de muralla casi impenetrable que nos impide llegar a un conocimiento superior de la vida. Y combinadas con todo este palabrerío están las historias de un hombre que siempre estuvo ligado al ambiente del under del rock. Por sus relatos desfilan algunos de los músicos que llegaron a ser íconos de la música popular argentina, pero Symns no deja a ninguno sano.

Si bien admite que el cariño que sintió por el Indio Solari “no ha desaparecido del todo”, no deja de calificarlo como alguien que “se encerró, como Macri o cualquier otro magnate en Parque Leloir, apartándose de los olores del mundo que impregnan sus canciones, lejos de su poética y de las emociones que fue capaz de provocar”. También cuenta que Charly García “escondía su merca en los rincones para no convidar a nadie y que Los Piojos, en su inicios, contaban con “la lucidez de un empleado bancario con un plan inexorable e inteligente”, en alusión a su ex líder, Andrés Ciro. Pero el que se lleva la peor parte es Pappo, a quien acusa de haber violado a una amiga suya e intentado violar a la periodista Gloria Guerrero.

Symns cuenta todas sus historias con sencillez y exhibe una asombrosa capacidad de escribir como se habla sin degradar por ello su prosa. Esa simpleza funciona a veces como conducto para que fluya un poco de humor entre las historias más escabrosas de músicos afamados pero, a su vez, genera algún estremecimiento cuando sirve para narrar las penas del autor. Y es que, de la forma más cruda, el periodista desnuda ante los lectores sus frustraciones, su sufrimiento físico y emocional ocasionado por la adicción a la cocaína y hasta expone algún intento suicida.

Lejos de ser una apología del uso de drogas o un estrafalario rejunte de anécdotas, El señor de los venenos es una invitación a liberarse de los tabúes imperantes en la sociedad contemporánea. A través de la narración de su tumultuosa vida, Symns ofrece la posibilidad de repensar las características humanas más básicas y más animales. Por ello, con este libro, convida el más dulce de sus venenos.