/Archivo

Libros: “Entrelunas” (Paula Pimentel, 2008).-

La joven escritora del sur del conurbano ofrece su antología poética y entrega de regalo una docena de cuentos, ensayos y textos opinativos. Llevadera pero aún leve, su escritura recupera a Serrat, Sabina y Lo que el tiempo se llevó con algo de éxito y mucho de errores de sintaxis.

Por Facundo Gari

Buenos Aires, noviembre 8 (Agencia NAN-2008).‑ En Entrelunas, publicado en septiembre por Editorial Auenk, la escritora Paula Pimentel tiene algo de Poldy Bird mezclado con otro algo de adolescente filántropo que da sus primeros pasos sobre un suelo-papel que siente siempre duro. O al menos ésa es la sensación que transmite: la de una caminante que avanza con entusiasmo pero sin más herramientas que un amor por la vida avasallante, un par de coplas de Sabina y otro de Serrat y un romanticismo encarnizado. Pero ¿quién podría alegar que tales esfuerzos no se verán recompenzados en futuras producciones, resueltos los problemas de edición (faltan y sobran puntos, comas y tildes) y de rumbo, compensadas además por esos penachos de poesía con los que regó su primer libro y podrían ser aún más eficaces? Después de todo, no es el destino de gol la clave de un correcto puntapié inicial.

«Sólo cuando amo me siento viva, cuando despierto enamorada, cuando duermo enamorada, aunque mi amor no sea correspondido», arranca la autora, estudiante de periodismo en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, y explica en parte el por qué de la referencia a la consagrada autora entrerriana. La cita es de las primeras que se ven al abrir el libro, del “Autoprólogo” que abre las puertas a un conjunto de 67 poesías , 18 cuentos, algunos de los cuales son en realidad ensayos, y otros relatos opinativos de la narradora.

Pero, y aquí reside el primer gran error de la escritora, el rigor de la separación entre los géneros no obtiene los resultados esperados de facilitar al lector la búsqueda de los textos que más le interesen, sino que hace a la lectura empalagosa y a la obra, monótona. A no confundir, no por tratarse de mayoría de poesías de amor sino por el mismo factor endógeno que hace a veces adorar y otras detestar el balbuceo de un bebé en un viaje en colectivo: la inocencia a la que Pimentel recurre para hipnotizar al lector se diluye con el correr de las páginas y lo que aparece como simpático en un primer momento, luego no lo es tanto.

De las poesías del primer tramo no hay mucho para decir, pero sí para corregir. En particular, podría tratarse sin dudas de sólo una larga lírica fragmentada y rotulada caprichosamente. Podría ser sólo una poesía, por temática y tono pueriles. Otro factor de zozobra, la constante recurrencia a objetos e imágenes clásicos: la cenizas del cigarrillo al caer, el brillo de la luna que acompaña a quien se quiere acompañar y los guiños en citas entre líneas a algún film, («¿Qué es lo que el viento se llevó?»/ A vos).

En el segundo segmento, si bien las erratas se perpetúan, aflora cierta armonía. Algunos cuentos/ensayos carecen de intriga, pero su tono amistoso los hace relativamente llevaderos. Lo que en esta instancia se multiplica es el flashback: más de la mitad de las narraciones comienzan con personajes contemporáneos al lector, que luego es arrastrado hacia atrás sin clemencia ni explícita justificación.

Pero amén de las puntualizaciones negativas que se puedan encontrar en el libro, inexplicablemente hay algo que hace que quien lea sepa que se encuentra ante una obra que no escatima sangre ni sudor (las lágrimas son obvias); la escritura de Pimentel tiene algo que la vuelve anacrónica y salvaje, primitiva e interior, cruda e independiente. Ardua tarea le espera, la de conjugar esa fuerza natural con una escritura más prolija y eficaz.