Por Facundo Gari
Buenos Aires, enero 31 (Agencia NAN-2009).‑ Las ideas no se matan, de Patricia Rodríguez, es un libro difícil de conseguir. No imposible, pero sí difícil, como sucede con todos los productos independientes que están fuera del circuito comercial mainstream. Aparece, de vez en cuando, en movidas colectivas, en el stand de alguna agrupación estudiantil que lo ofrece casi de yapa, solito entre volantes, de onda. Por ejemplo, la imagen que ilustra este artículo es de un ejemplar que esta agencia compró en un festival en La Toma, un centro cultural de Lomas de Zamora. Y no es sólo una pena que no se consiga, sino que es hasta atroz: Las ideas no se matan compila más de treinta testimonios de familiares y amigos de desaparecidos de la ciudad bonaerense de Temperley y es, como dice Osvaldo Bayer en el prólogo, “un modelo para todos quienes basan el futuro aprendiendo de la memoria”, la del barrio, la del común, en este caso, reprimido, secuestrado, torturado y desaparecido. Es atroz, precisamente, porque boga contra el olvido desde el mismo olvido.
Luego del prólogo del autor de La Patagonia rebelde y una escueta bienvenida de la propia Patricia Rodríguez –en la que, entre otras cuestiones, denuncia que el Nunca más “reafirmó la llamada Teoría de los Dos Demonios”–, la escritora sitúa al lector con un marco histórico referencial tanto nacional como regional, a través de cuadros sinópticos y algunos primeros testimonios que arman un prototipo de lo que fue aquel Lomas de Zamora, durante la última dictadura militar: la creación de unidades barriales desde San José a Ingeniero Budge, la democratización de las reuniones de la Juventud Peronista (JP) lomense, las noticias que corrían sobre los primeros chupados, la roja, el rol de los compañeros, que a su vez eran funcionarios en intendencias locales, las familias, el movimiento universitario, las armas y los miedos.
Entre esas primeras voces, se encuentra la de Lito, militante de la JP, que reseña su experiencia junto a “La Gaby” Arrostito, posteriormente erigida como la figura femenina más sobresaliente de la agrupación Montoneros, asesinada por un grupo de tareas en la (entonces) Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) con una inyección de cianuro, luego de más de un año de tortura. “La torturaron más que al resto de los detenidos y no colaboró ni habló. La mantuvieron viva como un trofeo y la mataron cuando la consideraron irrecuperable”, cuenta.
Lo que sigue a esa especie de introducción es una maratón de testimonios de madres, padres, novios y novias, amigos y amigas, abuelos y abuelas, vecinos y vecinas, que componen el cuerpo central de la obra, con algunos frenos para que el lector siente cabeza en años o acontecimientos determinados, entre ellos “La Masacre de Pasco”, en 1975: “La patota de la AAA amenazó a los vecinos para que no dijeran nada. Allí fusilaron a todos, apilaron los cuerpos y pusieron una bomba. Los restos aparecieron colgados de los cables de luz”, recuerda en el libro Hugo Sandoval, concejal lomense por la JP entre 1973 y 1976.
Muchos testimonios son fuertes, incluso increíbles. La fuerza del registro consiste, pues, en que se encimen unos con otros, apoyándose y dándose sustento mutuamente. Lo cual es, además, su debilidad: Rodríguez transcribió en su libro tantos testimonios, y fue tan fiel a cada palabra del interlocutor, que en varias ocasiones el lector queda desorientado. Faltan referencias, incluso el sencillo desglose de varias siglas, y son numerosos, también, los errores en la escritura. Pero ello no opaca la excelencia de un trabajo de hormiga, de recolección e investigación. Porque ayudar a “entender la lucha de la generación del ’70, significa retomar los sueños de un país justo”, como ella misma señala.