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Libros: “Los pibes suicidas” (Fabio Martinez, 2013).-

En su primera novela, el escritor salteño narra las consecuencias de las privatizaciones menemistas a través de la historia de autodestrucción de un joven comunicador desocupado.


Por Juan Ignacio Sapia


Buenos Aires, septiembre 9 (Agencia NAN-2013).- Lo primero que sorprende de Los pibes suicidas es una cuestión editorial: no existen las llamadas hojas de respeto, ni la página de derechos, ni dedicatorias. Nada. Abrimos la tapa y nos encontramos abruptamente con un texto de algunas hojas: una introducción. Recién después de este prólogo aparecen las páginas familiares del título, el nombre del autor y la editorial. Esta decisión artística, este ordenamiento de los elementos paratextuales, recuerda al recap sequence, el dispositivo narrativo utilizado en las series para contar lo que sucedió en capítulos anteriores. Así, mientras el dinamismo del previously on reemplaza lo formal de la pantalla negra como prólogo cinematográfico, las páginas en blanco son sustituidas por el propio texto, que en su inmediatez barre las estructuras tradicionales.



Pero el contraste entre la primera novela de Fabio Martínez y lo cinematográfico aparece desde el mismo estilo narrativo del autor: frases cortas, precisas, en las que prevalece lo visual. Un estilo que se podría emparentar con el de Carlos Busqued, autor de Bajo este sol tremendo(Anagrama, 2009). Martínez evita psicologismos; sus personajes piensan y actúan inmediatamente. Sin embargo, no subordina la narración a la pura trama: establece una atmósfera asfixiante tanto para contar un piquete en Pocitos como la feria de Yacuiba, en Bolivia.


Los pibes suicidascuenta la historia de Martín, un periodista veinteañero de Tartagal. La novela empieza en el momento en que la revista que dirige, Kátedra Zero, deja de salir por falta de anunciantes. El narrador acompaña a Martín en sus salidas, en las que no falta la cerveza, el fernet, la merca. Pero también detalla la vida familiar del protagonista: su hermano mayor estudiante de administración de empresas, la desorientación de sus padres que “no pueden creer que su hijo, al que felicitaban por ser tan inteligente en el secundario, se esté arruinando la vida”. Además, Martinez cuenta las condiciones sociales en las que crece Martín: la privatización de YPF, la desocupación en Tartagal, la emergencia de los piqueteros como personaje social, los saqueos.


Tal como consideró Luciano Lamberti, autor de El asesino de chanchos (Tamarisco, 2010), Los pibes suicidas está escrito con una oreja puesta en la banda de rock platense El Mató a un policía motorizado. Martinez incluso agrega como epígrafe un fragmento del tema “Mi próximo movimiento” (Voy a subir al techo a ver/ a mirar el desastre/ bajo la luz/ de la luna gigante) para uno de los capítulos. Hay coincidencias entre las letras de Santiago Motorizado y el estilo de Fabio Martinez: las oraciones concisas, la predominación de las imágenes visuales. Pero por sobre todo, coinciden en el tono apocalíptico. Tanto uno como otro muestran postales de fin de un mundo.


En definitiva, tanto si se lee como una novela de iniciación contracultural, al estilo de un Trainspotting autóctono, como si se la considera un cuadro contextual sobre las consecuencias de las privatizaciones menemistas, Los pibes suicidas logra, desplazándose en el mapa de la ficción argentina, cultivar una literatura con un potente arraigo identitario.