El escritor, poeta, fotógrafo, empleado público y juglar entrega poesías y reflexiones que no ofrecen sorpresa, por recurrencia de temas y cadencia mecánica, hasta promediar el pequeño libro.
Por Facundo Gari
Buenos Aires, septiembre 13 (Agencia NAN-2010).- Theodosio Andrés Barrios es prácticamente un desconocido en Buenos Aires; no en Misiones, donde un círculo de poetas circa mediados del siglo pasado reconoce su nombre en una cara, y en ésta aquél. Los pocos datos que aparecen en Miserere (TH Barrios Rocha), que compila poemas y reflexiones de este escritor de la Mesopotamia, dicen que nació el 13 de mayo de 1960 en Posadas, que hizo la primaria y la secundaria y que labura de fotógrafo y además es empleado de la administración pública. Que en 1983 publicó su primera obra en poesía, titulada Cómo decirte…? y presentada “a modo de juglar” en la peatonal porteña de Florida. Que publicó otras varias veces, que participó en fundaciones de talleres literarios y programas radiales y que brindó esta charla y aquella conferencia.
Pero lo que más habla de Barrios es su poesía, y no por relación de necesariedad entre lo que es y lo que muestra el artista (en rigor, lo que fue y mostró, dado que el libro es de hace tres años). En Miserere, priman las evocaciones a una patria que duele por la llaga de una dictadura feroz, una guerra fría y un pasado original reprimido a fusil (ahora, desde una economía mercantil y legislativa provincial y nacional) que sin embargo perpetúa su esperanza por paz y justicia. Es monótono por tan políticamente correcto y –sin más– aburrido cuando su pluma está más al servicio de una militancia poética que de una poesía militante, que es cuando más se luce. Pero al menos se sostiene con verosimilitud en la trama.
Compuesto por dos apéndices (división que podría ser eliminada sin contrariedad), el librito (por tamaño real) arranca en la última de las variables, cuando propone, en la metapoesía “Poetas”: “Colonicemos estos desiertos/ con sirenas, banderas y rocíos de tiempos nuevos. (…) Para reinventar un nuevo concepto de la palabra dignidad.” También lo hace cuando en “Sólo lágrimas dulces” atiza un “que me vuele la cabeza una palabra”, o en “Poesía y poeta”, que traza una comparación de binarios con alma y cuerpo: “Uno, explora voces y reminiscencias,/ para ser eterno/ y el segundo, tras la corona del placer,/ se abre paso como un criminal malherido…”
Se presiente frustrado, pero no en sentido individual sino colectivo, mas no derrotado. Es que se admite, a la manera del desaparecido por la última dictadura militar Héctor Oesterheld, como “sólo una minúscula parte de ese héroe cotidiano que hace grande este suelo”; suelo que evoca en términos identitarios, de raíz guaraní que se explicita por ejemplo en una mención a Abá, el hombre tigre.
El resto es demasiado dado, y así se pasa casi la mitad de las cien páginas del libro. Hasta que el lector se encuentra con lo que sigue.
At Bush
Stop, my brother,
No sigas killing a hundrich of Abel.
Stop Bush, stop.
No vengas a cagar sobre mi mesa.
Ni a orinarte en el anfiteatro de mis líderes electos.
No escupas hacia el cielo.
¡Stop Bush, stop!
You y evribody tu descendencia…
Y ahí es cuando uno se permite una mueca de alivio por el empujón.