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Libros: “Páginas amarillas” (Alberto Valera, 2009).-

En apenas 28 páginas, el escritor nacido en La Plata entrega en su registro poético un paquete de pastillas que mixturan diversos subgéneros líricos: desde el haiku hasta la elegía.

Por Facundo Gari

Buenos Aires, mayo 3 (Agencia NAN-2010).- No es casual que el más reciente libro de poemas de Alberto Valera lleve por nombre Páginas amarillas (Editorial Universitaria de La Plata) como la famosa guía de empresas, comercios y profesionales a la que las personas recurren ante a una búsqueda. Es que el escritor nacido en La Plata en 1952, autor de FILCE, poemas de un sobreviviente y Bazar X. Éramos así con sol en la esperanza busca a su padre, Baldomero, y a su hermana Patricia Carlota, ambos desaparecidos durante la última dictadura militar. También intenta encontrar memoria, justicia y verdad.

Sin vuelta alguna, sobre su andar en esos caminos, canta de arranque: “A pesar de los golpes y de nuestro caídos, la tortura y el miedo, los desaparecidos, no nos han vencido”. Y luego revive un paseo y un chocolate, “43 pirulos después”, compartidos con “Silvita”. Sin compás ni títulos que anuncien los desvíos, Varela habla de utopías, de un hombre que marcha “hacia el oasis que sólo él sabía dónde estaba”.

Tras ello, sarcástico, pega un anuncio de clasificado: “Cambio bibliotecas enteras por El Capital, de Carlos Marx. Firmado: Fondo Monetario Internacional”. Y después se manda con la educación: “1.200.000 graduados universitarios/ hablan de un país educado/ Y tres millones de analfabetos/ con escuelas que se caen a pedazos/ muestran el lado oscuro gigantesco/ de este sistema capitalista/ que nos acecha”.

Siempre reflexivo, aunque ciertamente poco austero en el registro poético, lo que Varela entrega en rigor es un paquete de pastillas que mixturan diversos subgéneros líricos: desde el haiku hasta la elegía. “No logro gelmanar con mi escritura/ tal vez porque no veo las estrellas/ o porque me falta vino encima/ o una revolución acá a quien cantarle”, lamenta en la décimo tercer página de las 28 que hacen al libro.

De todas ellas resulta particularmente conmovedor un poema dedicado a Julio López, en el que el autor afirma que aunque el tiempo pase, “te seguiremos buscando”. Además emociona también otro en honor a Ernesto Guevara: “Bajó de la sierra un día/ y se dirigió al llano./ Llevaba su sonrisa al aire/ y su fusil en la mano./ Entraron en la escuela cercados/ por fusiles traicioneros/ de bolivianos soldados./ Así es cómo murió en combate el Che Guevara, mi hermano./ El imperio creía/ que lo había terminado/ pero su leyenda pudo/ mucho más que sus dos manos”.

Las últimas dos páginas del delgado libro son estrictamente brindadas para “poemas de amigos y compañeros”: Daniel “Burbuja” y Alfredo Jáuregui hacen los honores.