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Libros: “Si alguien tiene que ser después” (Juana Bignozzi, 2010).-

La obra establece una relación de diálogo retrospectivo con una vida que se entreteje en pinceladas con el correr de las páginas; es un viaje que lleva más allá de la poética de Bignozzi e invita a visitar pasajes biográficos ya conocidos.

Por Nicolás Alonso

Buenos Aires, junio 20 (Agencia NAN-2011).- Juana Bignozzi (Buenos Aires, 1937) supo convertirse en una de las figuras centrales de la poética argentina. Con los años, ha ingresado a ese selecto mundo de escritores cuya fascinación comienza (tal vez a pesar de lo que ella desearía) con su misma presencia, con el poder simbólico que implica llamarse Juana Bignozzi. Si alguien tiene que ser después (Adriana Hidalgo, 2010) es el primer libro de la reconocida escritora luego de que se publicara, hace diez años, La ley tu ley, una suerte de antología que anticipó su regreso a Argentina luego de 30 años de residencia en Barcelona.

“Alguien lee a un desconocido/ recuerda para siempre unas palabras/ detrás de ellas hay una biografía/ a lo mejor también un luchador/ y a veces hasta la corte de una reina/ y ese lector feliz/ para gloria de la poesía/ lo ignorará”. Contrariamente a lo que se lee en estos pasajes del libro, de alguna manera la lectura de Si alguien tiene que ser después interpela una biografía. Aún para aquellas personas que desconozcan la historia de su autora, gran parte de la obra establece una relación de diálogo retrospectivo con una vida que se entreteje en pinceladas con el correr de las páginas. El libro invita al lector que se adentra por primera vez en la poética de Bignozzi a visitar ese más allá de la obra, lo estimula a evocar esos pasajes biográficos ya conocidos.

No obstante, su poesía tiene la fuerza suficiente para trascender ese umbral y adquirir una luz, una belleza, una musicalidad y una delicadeza única en sus versos. Como señala Octavio Paz en algún pasaje, la biografía es un insumo clave para estudiar una obra, pero jamás podrá develar la naturaleza última de esa obra. La verdadera poesía, como la que aquí ensaya Bignozzi, siempre está desbordando los cánones interpretativos.

En un sutil tono que recupera la continuidad de la lengua oral en un verso que no necesita de los signos de puntuación ni de las comillas para sostenerse y generar sentido, la autora reflexiona sobre una multiplicidad de temas: la familia, las ideologías, el arte, la poesía, la ciudad. Pero en todos los casos, estas temáticas adquieren su fecundidad y fuerza en la subjetividad de esa voz que habita los poemas. Como en toda buena poesía, la grandeza de los temas debe hacerse carne en la subjetividad que los evoca, en la voz particular que los revive para erguirse, lejos de la perorata teórica del discurso erudito: “Mientras mis colegas escriben los grandes versos de la/ poesía argentina/ yo hiervo chauchas ballina”.

El paso del tiempo, y la mirada retrospectiva a una vida que se sabe construida (“aunque sé que a veces me escuchan pensando que soy/ el mausoleo de una generación”) son una constante en el libro. La vejez y una resignificación de la propia existencia, de un nuevo lugar desde el cual mirarse, construyen con un aire paradójicamente rejuvenecedor una reconciliación con las grandes pasiones. La relación con una madre, con su poesía, con el prestigio o el reconocimiento, aparecen bajo una luz que se sabe nueva.

Con una envidiable firmeza, desde un lugar apacible y ajeno a la nostalgia, un lugar teñido de profunda libertad, Bignozzi sigue batallando. Sin reclamos y sin reproches, pero consciente de que “siempre se escribe para un fantasma/ para una cuenta pendiente y oculta/ para un fantasma íntimo y secreto/ su presencia hace a los poetas/sola con él cruzaré esta última plaza vacía”.