Por Facundo Gari
Buenos Aires, enero 18 (Agencia NAN-2010).- Lo alega Gonzalo Rey en el prólogo: “Cuando uno hace algo por primera vez, lo encara con cierto idealismo, con una inocencia disfrazada”. Y de lo que se disfrazan los más de 60 textos de Sabryna Cortéz, Félix Lencinas, Darío Maiorano y Kenneth Ross es de una antología de sus primeros pasos en la narrativa. En Sueños utópicos, publicado a comienzos del año pasado sin la impronta de una casa editora, abundan las comas de más, las repeticiones, las historias y los personajes trillados, además de los decires simples y dramatizados al estilo texto de autoayuda. Pero a los autores no parece importarles, no como para corroer sus esperanzas, y encaran esta primera entrega individual y colectiva, con la dignidad y la sencillez de quien se posiciona como un apr(h)endedor.
Se conocieron a través de Internet, aunque bien podrían haberse cruzado en la calle o en una fiesta, pues comparten, además de coordenadas espaciales, franja etaria: Maiorano, de 24 años, nació en la Ciudad de Buenos Aires; Ross (24), en Vicente López; Lencinas (21), en Berazategui; y Cortéz (22), en Derqui, pero vive en Mar del Plata. Son periodistas y futuros profesores de Letras, y se dicen “soñadores tras la utopía”: también la modernidad los cría… Y Facebook los amontona. Paradigmáticamente también es preciso desenvainar las espadas del texto y recurrir a los poemas, cuentos y microrelatos –que el cuarteto bonaerense ofrece en 144 páginas–, rotulados según un índice temático que consta de nueve partes: “Los sueños”, “Los recuerdos”, “Ángeles y fantasmas”, “Cotidianidad”, “Irrealidades”, “Sociedad”, “Excesos”, “Lógica-sentir” y “Muchas gracias y hasta luego”.
El que da el puntapié inicial es Ross, músico, locutor y escritor cuya poesía da nombre al compilado. “Mamá me dice ridículo,/ papá me dice delirante,/ y si de algo estoy orgulloso/ es de parecerme a mis padres”. Siempre, según el tópico que las incluyan, las estructuras argumentales son las frecuentadas, en desmedro de nudos y desenlaces originales. Por ejemplo, en el cuento “Náufrago de los sueños”, de Lencina, el narrador relata su experiencia onírica, un sueño cuyo mensaje no logra descifrar, primero, y cuando lo hace, encuentra un párrafo que, salvando las distancias, podría pertenecer a El alquimista: “No te desilusiones nunca. A pesar de parecer esto una lucha sin sentido, no lo es, nunca. Y no sos la única, muchos han (hemos) muerto intentando luchar por cosas que parecen irrazonables”.
Precisamente en ese relato, lo llamativo es que el Lencina haya optado por una heroína antes que el más recurrido protagonista masculino. Es una observación para anotar, sobre todo si se tiene en cuenta la supuesta procedencia “intuitiva” (antes que “culta”) de la unidad de sentido. ¿Huella de cambio de modelo, no sólo en la literatura vernácula sino en los anaqueles donde el Todo reposa.
Pegadita, sale a la cancha Cortéz con el microrelato “Sueño robado” y –¡qué mal!– vuelta al protagónico masculino. Aquí, un encuentro con una muchacha en una fila para hacer un trámite será disparador de una nueva “utopía” para el personaje. Dario Maiorano hace del poema “Ventanales & antiutopías” su carta de presentación: “Enciende un misterio aquel ventanal,/ representa una duda existencial”, da a un lugar en el que “se resignan los sueños”. Así concluye la primera parte. El compendio de estos cuatro textos punk (el del Hazlo tu mismo antes que el del No hay futuro) en versión light es, en una pequeña dosis, lo que será el resto del cóctel.
De todas formas, un poco más allá, el poema “La calle de los recuerdos”, de Ross, abre la segunda parte, y aunque temáticamente se refiera a los recuerdos y no ya a los sueños (emparentados con el olvido), el tono continúa lavado. Toma un poco más de sustancia con el poema “Gotas van…”, de Maiorano (“Gotas van quebrando el oído ajeno,/ mojan al lindante hombre ingenuo,/ ahogan de a poco el mal ajeno”). Es un lindo detalle que el orden de los textos seleccionados para cada parte esté signado por algún tipo de diálogo intertextual: esta segunda parte arranca situando al lector en un camino donde es imposible olvidar, luego vincula a la memoria colectiva con un caudal de agua que fluye por el verde de los pueblos, un río alimentado por gotas. Y “Recuerdos”, cuento de Cortéz, comienza: “Llovía. Mucho llovía.” Lo sucede el relato “Parabrisas”, que completa la imagen y, también, permite elucidar la fórmula del cuarteto en la que el imperativo es siempre la moraleja: el cielo gris siempre será celeste; a la luna siempre la sucederá el sol; a la desazón, la esperanza. Y así.
