
Por Facundo Gari
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Camiseta azul de los Knicks con el 7 y el “Anthony” de Carmelo bajo dos collares “onda reggae” y luego el cabello azabache asomando desde una gorrita naranja, Hugo Lobo prende una pava eléctrica en la cocina comedor de su departamento en Villa Pueyrredón.
—Me gusta cocinar a lo cabeza —dice el creador de Dancing Mood—. Mi mujer también cocina, pero trato de hacerlo yo.
De metro noventa y fortachón, piercing y chiva, Lobo parece un ama de casa monstruosa preparando mate en una cocinita de muñecas. Un gigante, pero de dedos entrenados en una trompeta. Y, no sólo por esa disciplina diaria, su nutritivo crossover se sirve en un tablón sobre caballetes.
—La otra vez hice langostinos pelados y empanados en coco rayado. ¿Gurmetero? Puede ser, pero zarpado plato.
Antecedido por un pasillo que da a un pulmón de escaleras amarillas, la guarida de Lobo tiene olor a palo santo y unas cuantas artesanías en el modular. Rústicas algunas, coloridas otras. Con las últimas dialoga el lomo de la escalerita que va a la terraza y las habitaciones, la matrimonial y la de Ramón, su hijo de diez años. Cada escalón tiene una miscelánea de estilo latino. Algunas son rostros. El más reconocible es el de un tocayo, Chávez.
Del otro lado de la cocina está la “oficina”, de unos nueve metros cuadrados. Las paredes están cubiertas de discos y vinilos, topeteados por ladrillos de concreto. Cuadernos y pentagramas sobresalen de los estantes. A un lado de la computadora, pasando un cenicero atiborrado, sobre unas bandejas giradiscos, entre estatuillas de Maradona y Bob Marley, está la sonrisa plateada del Zorzal Criollo, el Premio Gardel que su big band ganó en 2009 por Dancing Mood Deluxe, grabado en vivo en el Teatro Ópera. En un soporte, la trompeta verde de estudio, la que les presta a sus alumnos. En una funda, la “pro” dorada y una veintena de boquillas para enchufarle. Los guantes de box a un lado. En el placard, la remera de Atlanta que se pondrá para el partido con Chacarita. Y las gorras de visera recta, pilitas multicolores por todas partes.
—Vivíamos en un monoambiente. Dormíamos en el piso— cuenta Karen Pastrana, su esposa, la hacedora de los pincelazos de la escalera.
Sobre la mesa de la cocina hay un mantelito decorativo, gorritas, un cenicero con forma de cubo timbero, un atado de Lucky, la jarra y el mate. También un ejemplar de Joyland, la más reciente novela de Stephen King.
—Está re loco el hijo de puta. Igual sus libros garpan más que sus películas.
Lo dice un tipo que lee “a full” y que mira tres films por noche.
—¿Conocés a Neil Gaiman? Es un chaboncito medio King pero combinado con Tim Burton. Tiene un libro tremendo llamado American gods: los dioses están vivos pero son inmortales. Pascua es una puta, por ejemplo.
Si se le pregunta si escribe, dice que le gustaría. Pero escribe, sólo que con un alfabeto de doce notas.
—
Hugo nació hace 34 años en Villa Pueyrredón, a la vuelta de donde ahora vive, en el seno de una familia de clase media. Ese 15 de septiembre de 1979, Rubén Lobo, legendario percusionista, estaba a más de cinco mil kilómetros de Buenos Aires. No porque fuera un “padre ausente” sino por motivos laborales. Todavía es, como Hugo, un “laburante” de las melodías. En ese entonces, Rubén dirigía la orquesta estable de la cadena caribeña del hotel Sheraton —integrada por maestros como Oscar Serrano— y tenía residencia en la isla de Aruba. Padre e hijo se conocerían a la vera de 1980, cuando Rubén volviese a pasar las fiestas.
Anterior, un hito de papá a partir del que la popularidad de DM podría verse como un acto de justicia cósmico. Aunque sin gran repercusión, en 1973 Rubén le ganó de mano a la “renovación del folklore” que acaecería a fines de los ‘90 con La Sole y Los Nocheros. A sus mozos 25 —días en que lucía un bigote largo hasta la mandíbula en lugar de la barba recortada con la que se lo ve en tantas fotos—, armó el Tushka Trío junto a Jorge Antonio González y Raúl Oscar Aleta. Los tres tucumanos. Fue el primer power trío telúrico vernáculo, una visión de Atahualpa Yupanqui con la permanente de Jimmy Hendrix. Fue, en concreto, la aparición de baterías, bajos y violas eléctricas en un género cuyos seguidores, o al menos los fundamentalistas de la flauta de caña, arrojaban monedazos al escenario mientras los intérpretes preparaban sus satánicos instrumentos. Tushka Trío ya no existe, pero Rubén Lobo & La Banda Gaucha recupera aquel (todavía) sonido de vanguardia.
En los primeros años, los Lobo eran inseparables. El hijo todavía no tenía ocho años y el padre lo llevaba a ensayos y giras por las provincias y al exterior, escapadas que hacía como sesionista de María Marta Serra Lima, Pablo Milanés, Rubén Blades y Luciano Pavarotti, entre otros exponentes con los que solía tocar. Más tarde y por más de 20 años sería percusionista estable de Mercedes Sosa. Ahora Hugo recuerda que ese trajín trashumante lo “flasheaba”, aunque “flashear” es uno de los verbos que más conjuga. Lo usa al reseñar las bandas y solitas que sonaban en las bandejas de su casa y que lo hicieron amar la alquimia del sonido: Duke Ellington, Los Carpenters, Count Basie, Barry White, Sinatra, Miles Davis y Earth, Wind & Fire, entre tantos.
Estaba la compañía en los viajes laborales, pero el pequeño Hugo disfrutaba lo mismo las frecuentes visitas a la familia paterna en Tucumán. Ahí olfatea su afán por la música tropical, banda sonora de buena parte de su vida.
—La cumbia es una movida que logra lo que no logran el Indio Solari ni Soda Stereo: tal cantidad de shows por noche no se repite en ningún estilo. Vas con los pibes a bailar, pagás treinta pesos y tenés once bandas. ¿No estaría buenísimo que eso pasara con el jazz, el reggae, el ska y el rock? Hay que respetar la cumbia porque mantiene viva la música y le da de comer a un montón de familias. Hay que aprender a escuchar porque hay bandas que la rompen. La Re Pandilla, Karicia y Sombras maradonean grosso. Es facho decir que la cumbia es una mierda. Y es una movida comercial la de los rockeros que la “admiten”. No los veo en el Tropitango de Pacheco tirando pasos con Jimmy & su Combo Negro y tomando oso yogui. Hay un berretín por el tecladito villero en el videoclip. Es como chistoso y no me copa.
La cumbia le mueve a Hugo el piso: en Hombre Lobo, su programa en FM Atómika que este año arranca la novena temporada, es uno de los sonidos a los que más le banca la parada. “Es un recreo para pasar la que no suena en ninguna parte”, dice. La misma vindicación aplica para El Club del Lobo, ciclo de recitales que organiza en el palermitano Niceto Club y por el que en febrero agitaron Meta Guacha, Los Ángeles De América y La Cumbia Narko.
—La cumbia villera fue un fenómeno social en un momento en el que las letras estaban buenas para los pibes que la estaban pasando como el orto. Las letras de Pala Ancha y Meta Guacha eran como las de Marley en Catch a fire, llamando a quemar y saquear la ciudad. Marley era más villero que Los Gedes. Paz y amor, las pelotas: sus primeras letras eran “le disparé al sheriff”. El fenómeno social se repite. El ska, el reggae, el hip hop y la cumbia comparten modo de gestación: choreo y canto porque hay hambre. Después los bailan los rubios, pero bueno. Igual no creo que una canción pueda hacer que la gente salga a saquear a los tiros.
Lo que puede hacer una cumbia en Hugo es ponerle tras los ojos asados, cumpleaños, arrumacos de amores de verano, carnavales, bataholas interminables de fin de año y Navidad en el noroeste argentino. O esa “jodita” que hacían con su hermano en las disquerías de San Miguel de Tucumán, que ofrecían sólo cumbia y folklore.
—Señor, ¿tiene el disco Divine Madness, de Madness?
—¿Qué es eso? ¿Cumbia?
—Ska.
—Tomatela de acá, pibe, no me hagas perder el tiempo con esas porquerías.
Rubén también pensaba que eran porquerías. En realidad, el ska era el sonido que provenía de la habitación de Hugo y que lo distraía de ejercitar la batería, que desde los cinco estudiaba para ser como papá y que siete años más tarde terminaría abandonando. En el medio, la tocaría en una banda de amiguitos, la Mamalu Island. Hacían ska y reggae “inconscientemente”.
—
Lobo dice que siempre quiso ser músico, pero en rigor tuvo otros tres oficios entre ceja y ceja: basquetbolista, boxeador y colectivero.
Carmelo Anthony no juega en los Knicks en la misma posición que solía hacerlo él. Sin embargo, tiene su elocuencia verle el dorsal del eximio alero de los Knicks: Anthony tiene sangre puertorriqueña (cuna del underground, y éste puntapié del reggaetón, “más sexual y más boludo”), es un líder en su equipo, tiene un abultado CV de beneficencia, ha ofrecido bajar su salario para ayudar a su club, criticado este mundo manejado “por 500 compañías” y repetido que no quiere ser importante sino jugar al básquet.
Los clubes por los que Lobo pasó (San Andrés, Obras, Pueyrredón y Villa Adelina) fueron una segunda casa para él. No sólo porque alguna vez sus padres no pudieran cuidarlo, sino porque él disfrutaba ese espacio de comunión con los vecinos, “función social” que intenta reconstruir en Atlanta: los entrenamientos y los partidos, los cuelgues con amigos sobre el metegol, el pool o alrededor de una birra, los talleres, los bailongos para recaudar dinero.
Al básquet jugaba desde los cinco años. Era pivot. Por edad, podría haber sido parte de la Generación Dorada. Sin embargo, su eurostep chocó contra una pared de Cemento.
—La culpa fue de Todos Tus Muertos. Círculo Urquiza me había comprado esguinzado. En esa época te compraban el pase, no te pagaban. El esguince me lo había hecho en La Negra, un boliche alternativo en Recoleta que estaba piola. Estaba re escabio y me puse a hacer pogo.
Se para y actúa el traspié.
—Hice esto y me esguincé los tobillos. Estuve parado cuatro meses. Luego hice pretemporada y me recuperé. Ya había empezado a tocar la trompeta. Era un viernes y tocaba con TTM en Cemento a las seis de la mañana. Y tenía partido a las nueve, así que fui derecho. Estaba para atrás. Me peleé y me suspendieron. A Círculo le hice suspender la cancha. Cuando me levantaron la suspensión, jugué mis últimos cinco minutos como federado.
«Otra vez había tocado unas horas antes. Cada vez que agarraba la pelota, me la manoteaban. Me calenté y le metí la traba de atrás y a los pies al que me la sacaba siempre. Cualquiera. El chabón se levantó y le metí una patada en el orto. Me cobraron “técnico”. Puteé a un referí, puteé a otro y al tercero le metí un roscazo. Me dieron noventa y nueve años de suspensión.»
Tan de lleno se la puso al juez que fantaseó con boxear de forma profesional. Cada vez que se lo decía a su madre, ella lo mandaba a la mierda.
Diez años más tarde de largar los aros, se subiría al ring, pero para “rescatarse” de un estilo de vida que lo había encerrado en la habitación de los ataques de pánico. “El boxeo parece re caníbal, pero no lo es. Tenés que usar la bocha”, salva. En el deporte halló sanación: redujo incluso su consumo de tabaco a los fines de semana, cuando “copetea”.
En cuanto a su performance al ritmo del protector bucal, basta una instantánea: en agosto de 2012, en un festival de guantazos, noqueó al campeón mundial crucero Marcelo “El Toro” Domínguez, su profe. Desde entonces —un poco en joda, otro poco en serio— lo llaman “El Feroz”.
En el gimnasio de Atlanta, club de los amores del Feroz, Domínguez da clases hace siete años. El gimnasio se llama Non Stop, link al homónimo y notable disco triple de DM, editado en 2011. En las paredes que circundan el cuadrilátero, debajo de unos luminosos ventanales, hay afiches que anuncian exhibiciones de ceniza y recortes de El Gráfico de ápices de pugilismo nacional. Es común encontrar allí remeras de la agrupación instrumental capitaneada por Lobo. Igual en el Centro Cultural Los Bohemios, que funciona en el club de Villa Crespo. Los colaboradores de Domínguez tienen unas blancas en las que “Dancing Mood” es sponsor. Y el nombre toma otro calor cuando la casaca la lleva un aprendiz frente a un punching ball.
La voz de Domínguez tiene el tranco de los maestros.
—Es un chico que vino con problemas. Como me contaba sus mambos y yo lo escuchaba, nos hicimos amigos. Es extraño que a los treinta y siete años haya hecho una amistad tan fuerte. A esta edad uno suele bajar la persiana. Ahora, cuando voy a boxear, él viene a tocar y se arman unas fiestas… Hugo mantiene un código notable con la música: un billete no lo mueve. Por eso hubiera sido un buen boxeador profesional, por la caballerosidad de este deporte. Lo noto porque guantea conmigo. Si le pongo otro boxeador, por ahí se le va la mano y lo lastima, y Hugo no puede andar con el labio roto. Él hizo un gran esfuerzo para que el boxeo lo ayude. Y le sirve por la oxigenación que le da para tocar la trompeta y para pensar. El oxígeno es fundamental para el cerebro. Y la música necesita más tipos del cerebro de Hugo.
El asunto de ser chofer está en línea con su pasión por el ska, aunque proviene de un tiempo de pesimismo si se lo mide con la notoriedad actual de DM. Sirve para contrastar hasta qué punto Lobo se ve a sí mismo como un propagador marginal más que como una figurita mesiánica. En una entrevista de agosto de 2010 a Tiempo Argentino aseguró que su sueño era “ser colectivero para poner música y que toda la gente conozca el género”.
—
—¿Estudiaste lo que te di ayer? ¡Sentate acá, leé esto, tocá!
Había tardes en las que los pibes del barrio tocaban el timbre para que Hugo saliera a jugar al fútbol y Rubén, desde la puerta, les decía que su hijo no podía salir porque tenía que estudiar.
—La disciplina está buena, pero cuando sos chico a ese nivel no. Igual le debo mucho a mi padre. Agradezco lo que hizo porque me sirvió después.
Después. No cuando eligió el piano pensando “acá lo voy a cagar a mi viejo”, que aunque Hugo lo ignorase tecleaba con propiedad.
Después. No cuando cursaba en la Escuela de Música Juan Pedro Esnaola con una “profesora grossísima que cagaba a todos a pedos”.
Después. No cuando se repitieron los roles de vigilante y vigilado en casa.
Después. No cuando los Lobo discutieron fuerte, aunque en sincro con la noción freudiana de rebelarse contra la autoridad paterna para erigirse héroe.
Después. No cuando dejase, al segundo año, la secundaria.
Después.
Cuándo.
Cuando la trompeta.
El ska fue su reserva moral frente al legado musical paterno. Eran los ‘90 e iba a Cemento a ver grupos que seguían la línea de Rico Rodríguez, Los Specials, Los Skatalites, Los Selecter y Madness. La movida acá era, empero, más “punkística”: Los Calzones Rotos, Los Intocables, Los Pelados, Los Chiflados, Skabu Simbel, Los Espías Secretos, Los Oxidados y, por supuesto, Los Fabulosos Cadillacs. Salvo Vicentico y compañía, eran bandas que no tenían discos y que juntaban a 50 locos por fecha.
—Lo copado era que nos conocíamos todos y nos pasábamos casetes de bandas de ska jamaiquino. Escuchábamos como el ojete porque eran grabaciones de grabaciones de grabaciones en equipos de doble casetera. Y había algunas revistas, como la 13/20, en las que seguía las novedades.
En el ska —que está cerca de cumplir sus bodas de diamante— los instrumentos de viento son de los más comunes. Y muchos de los grupos que Lobo seguía tenían los suyos, sin ser todavía protagonistas. De ahí que, abandonados batería y piano, pensara en el saxo.
—Si le digo a mi viejo me pega un boleo: ya dejé dos instrumentos—les decía a sus amigos, mayores que él por su temprano andar en conservatorios.
Fue a una casa de venta de artículos musicales en Belgrano y vio que en la vidriera había un saxo y, a su lado, una trompeta. El saxo, uno de marca, salía diez veces más. Estrategia: pedirle a papá la inversión de menor riesgo.
—Fue una casualidad. Menos mal, porque el saxo no me gusta. En ese momento era el más popular de los vientos, pero lo tocaban todos viejos. Ningún pibe tocaba la trompeta. Imaginate lo que me decían.
“¡Te gustan Los Cadillacs y encima tocás la corneta!”
—Por suerte, ahora es tiempo de nuevos sonidos.
Del Conservatorio Manuel de Falla evoca a Hugo Lozano. A la par, tomaba clases particulares: deambuló por varios estudios hasta llegar al de Américo Belloto, monstruo del jazz que tocó con Sandro y Count Basie, de una extensa lista de leyendas de acá y de allá.
—Tenía una metodología con mucha disciplina.
Belloto lo obligaba a repetir la misma nota mientras charlaba con algún fulano, sólo en apariencia distraído, porque al menor pifie aparecía con su rociador de agua.
—¡Eso está mal!
Y fi fi fi.
—Estaba loco. Me daban ganas de cagarlo a trompadas —sonríe Lobo.
Sentimiento Bohemio rescata, en una nota online de junio de 2007, el calificativo que el sensei le aplica ahora a su saltamontes: revolucionario.
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—¿Qué piensa de la política?
—Me siento identificado con la gente que es como uno y los políticos, en general, no lo son. Lo más parecido que vi a una persona normal es Hugo Chávez. Igual, para hablar de política hay que ser activista.
—Usted lleva adelante un trabajo de inclusión social con Vamos Los Pibes, la orquesta infantojuvenil que funciona en Atlanta.
—Preguntales a los padres de esos pibes qué opinan de la política: te van a decir que quieren el pan, laburar, vivir bien. Hasta que no deje de haber hambre no me va a parecer que están bien las cosas. Pero veo que en algunos aspectos se avanzó. Hace diez años que los jubilados no se mueren en la cola para cobrar. Eso me parece espectacular.
—Menciona a Chávez: ¿cómo lee las últimas noticias que llegan sobre Venezuela?
—No prendo la tele porque me amarga, pero estoy al tanto. Es lo mismo que pasó siempre en ese país. Hay una guerra mediática contra Venezuela hace un montón. No es todo mentira, pero no es el bardo que nos venden. Cuando murió Chávez se apagó un poco el movimiento latinoamericano, igual. Maduro me parece un tipo de pueblo, pero no es un líder. Chávez lo era. Y si Maduro lo es, bueno, después de Chávez te lo encargo: le tiraron una bola de bowling para que la mate de pecho.
—
Cemento, local porteño que abrieron en 1985 Omar Chabán y Katja Alemann, era en sus inicios discoteca, teatro under y escenario de rock. El día que Hugo debutó con TTM, tres meses después comprar su trompeta, vio lo que quedaba de la faceta teatral pos divorcio entre los gerenciadores, un gusto vespertino que Chabán se daba frente a unas quince personas.
Lo cuenta sosteniendo el tono algo parco pero bonachón.
—Estaba oscuro. Chabán corría en bolas y alguien gritaba. Eso era la obra.
Cemento daba un poco de miedo a la hora en la que afuera los colegios empezaban a quedar vacíos. ¿Qué hacía Lobo ahí a las cinco de la tarde? “Pecaba de gil”, admite.
Fidel Nadal vivía en el “rioba”, a cinco cuadras de su casa. Hugo tocaba en Nuevas Raíces, un grupo de La Grafa, y el cantante conocía a su par rastafari. “Coincidimos en un par de shows y pegamos onda”, cuenta. Para el debut, Fidel le dijo que la monada de TTM llegaría a probar sonido a las cinco. Cayó a las once. Luces apagadas, barra desolada, el tic tac de un reloj, el piso cubierto de vasos de plástico, tufo a birra y meo, Chabán corriendo desnudo: linda sala de espera. “Me tuve que fumar todo eso”, dice el trompetista.
Dos años después, justo antes de El camino real, Hugo y Fidel se pelearon. Volverían a juntarse en Lumumba y en la primera etapa solista de Nadal. Lobo seguiría con Los Cafres (en reemplazo de Adrián Meli, ahora en Nonpalidece) y Mimí Maura. Tocaría con 2 Minutos, Viejas Locas, Riddim y Damas Gratis. Y, por supuesto, con LFC.
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«Ese 1 de julio de 2008 en el Planetario se me llenó el culo de preguntas. Me pasaron un montón de fotos por la cabeza: cuando mi viejo ensayaba con León Gieco, después entraban a la sala Los Fabulosos Cadillacs y yo me quedaba escuchándolos sin saber quiénes eran; cuando de pendejo, luego de un show, esperaba hasta las seis de la mañana a que salieran a sacarse fotos; cuando toqué con Toto (Roblat), Nando (Ricciardi), Sergio (Rotman), Mario (Siperman), Vicentico y Flavio (Cianciarulo), por separado; cuando sonó el teléfono y eran ellos convocándome para el regreso.»
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Tenía 19 años cuando creó Dancing Mood, una de las propuestas de música popular más revulsivas de la escena under de los últimos años. Eran tiempos en los que el reggae comenzaba a masificarse, previos al “boom” del género que ocurriría entrado el segundo milenio. “Y por eso mucha gente creyó que todo lo que tenía algo que ver con el reggae era reggae. Muy poca gente sabe que viene del ska, de principios de los ‘50. Casi una década más tarde, como Jamaica todavía era una colonia inglesa, para que sea más bailable se lo bajó al rocksteady, menos violento, y recién después al reggae, todavía más turístico”, zanja Lobo. Esa distinción primal es la madre de la “función pedagógica” que se planteó a la hora de poner los vientos al frente. “A esta altura me rompe si nos encasillan en el reggae. Está el Google, man.”
En su aspecto social, DM es una cooperativa en la que 27 personas (15 músicos) ganan lo mismo y que cuida el bolsillo de sus seguidores (con discos y entradas a precios accesibles). “Que todos formen parte del cooperativismo no quiere decir que todos tengamos que decidir dónde tocar y demás —plantea Lobo en una entrevista reciente en el sitio Rock.com.ar—. El manager Gerardo Rojas y yo (los únicos miembros estables) somos quienes decidimos con el aval de todos los demás. Es una comunidad, pero siempre tiene que haber líderes para que la cosa funcione. Con las cosas bien claras y democráticamente, nunca tuvimos problemas.”
La autogestión es un elemento esencial de la ética del grupo. Lobo suele distinguir ese camino de aquél que implica firmar con una compañía discográfica, decisión que no critíca pero que bien lejos está de aconsejar.
—Firmar te abre las puertas a medios importantes, lo que te acapara mucha gente pero de la que se diluye rápido. La sobreexposición te lima ante el público y perdés a los fieles del principio. A DM la independencia le da control absoluto. Si quiero sacar un disco mañana, no tengo que pedir permiso. Conozco bandas que tienen que hacer uno por año y componen con la pija en el orto. Así se pierde la esencia del laburo. ¿Para qué? No puedo darme el lujo de quitarle a mi grupo de trabajo un 40 por ciento para dárselo a unos hijos de puta que están cagados en guita. Respeto a quien lo hace: para algunos pibes, firmar con una compañía es dejar de laburar en un quiosco. Pero a DM no le sirve. Este proyecto no es comercial.
—Hacemos un camino paralelo al de muchas bandas, pero tenemos nuestra identidad —aporta Rojas, ex representante de Maura que se enamoró de DM cuando Lobo le mostró la ópera prima 20 minutos—. Mañana se podrá decir “como lo hizo DM” así como hoy se dice “como lo hicieron Los Redondos”. Nuestra fórmula es escucharnos.
En su aspecto artístico, y según la condensa Mariano Del Mazzo en un artículo de octubre de 2011 en Página/12, es un ensamble “que juega con un criterio vintage más que retro, que rehace clásicos en clave Barry White o Henry Mancini o Duke Ellington y que no teme pasar de arreglos elegantes y refinados a versiones que se escuchan abismalmente kistch. Un planeta extraño de ska, calipso, reggae de crucero, pop easy listening hotelero, armonías jazzísticas y un swing irresistible, ideal para cocinar y manejar en ruta. Un optimismo sonoro que se escucha, como todo lo que propone Hugo Lobo, honesto y sin afectaciones”.
En el plano cultural, DM es un certificado sellado por escribano popular de que lo a priori elitista puede ser multitudinario siempre que sea coreable y bailable. “Lo alucinante es que la gente baile con Thelonius Monk, porque trascendés un gueto muy cerrado”, le dijo Lobo a Clarín en enero de 2008.
—Entrar al mundillo de chiquito me abrió la cabeza. Yo la rockeaba, pero también estudiaba el instrumento, cosa que no hacían tantos rockeros.
Es decir, conoce el barrio sonoro pero también su código, su diccionario.
Por eso donde otros ven una lluvia de corcheas verdes, él ve un hermoso paisaje. Y lo quiere compartir. Su ska no huye. Su trompeta no reserva.
—
«Actitud María Marta cerraba un fecha. Yo estaba en un camarín en el fondo del lugar, oyendo música casi sin darme cuenta. “Esto suena hace rato… ¿cuándo sale el cantante?” Fui adelante entonces. Era una re fiesta: la gente bailaba, arengaba, había un clima futbolero. Conocía a Hugo de una vez que había tocado junto a AMM en Ese amigo del alma. Siempre me decía: “Karen, venite a ver a Dancing”. Así que cuando terminó, lo busqué y le dije: “Escuchame, este grupo está buenísimo”. Le tiré un par de plumas también porque estaba bastante lindo, pero me cortó los pelos. Luego me lo enganché y todo fue una locura. DM pasó de treinta personas a veinte mil.
Hugo es un innovador de la historia de la música. Hace un reciclaje musical en línea con las costumbres de nuestra cultura. Tiene algo popular y se lo pone a géneros impensados como el jazz y el soul. Originalmente, era música de los malandros y los drogadictos, unos gedes tremendos. Luego se volvió elitista. Lo que él hace es sacarle la parte que no tiene nada que ver con nosotros. Y lo hace porque es un apasionado. No, “apasionado” no. Hugo está recontra loco. La agita arriba y abajo. Y es una persona que genera locuras. Lo pienso como una pastillita de felicidad instantánea. Cuando DM suena no te tira un mensaje como los que yo me mato escribiendo. DM es un momento feliz. Y ésa es una gran estrategia de ayuda social.»
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Desde las quince funciones al hilo en la Ciudad Cultural Konex, el Cosquín Rock y el festival mexicano Vive Latino, DM está de fiesta. Este año cumple tres lustros de grandes hazañas: los 50 shows anuales; los llenos en el Luna Park y el Gran Rex; las cien fechas en Niceto junto a músicos del Teatro Colón y la Sinfónica de Buenos Aires (con invitados locales como papá Rubén y Skay Beilinson); el aniversario de ese ciclo histórico con un concurridísimo show gratuito; y la inclusión de imposibles como Rico Rodríguez, Doreen Shaffer, Gazz Mayall y Georgia Ellis.
En adelante, la jarana abarcará otra vez Niceto, las Fiestas Clandestinas, Córdoba y Rosario, además de México, Costa Rica, Colombia, Chile y Uruguay. De abril a septiembre, en los ciclos sonarán los siete álbumes del ensamble, a razón de uno por mes: desde 20 minutos hasta Non Stop, su compacto más ambicioso por extensión, impacto y apellidos, entre los que se encuentra el del propio Hugo, en dos composiciones que no serán las últimas. Porque, antes de fin de año, el combo instrumental presentará Ska explotion, un disco con canciones sólo suyas. “Finalmente se animó a tirarlas, como hace tanto tiempo vengo insistiéndole”, dice Rojas. La homónima al disco y “Song son” —dedicada a Ramón— ya fueron repartidas en tarjeta digital el año pasado en el Luna. Y están confirmadas las participaciones de Winston Francis, Carroll Thompson y Lynval Golding, de Los Specials. Y, claro, como cada “nueva etapa” de DM impone una meta garrafal, para la presentación, el sábado 29 de noviembre, el grupo hará su primer estadio.
Mientras tanto, Lobo exhibe el nuevo tatuaje en su brazo izquierdo. Es una cabeza en grises del animal que evoca su apellido y muestra los dientes de su identidad. Acaso signifique que ahora sí, señoras y señores, Lobo ska.
Fuente: NaN #16 (marzo-abril 2014)