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Lost (en la Isla Maciel).-

Las hermanas Miriam y Juana Monzón no sobreviven en una isla paradisíaca, como Jack y Kate en la serie de J.J. Abrams: lo hacen en la Isla Maciel, uno de los tantos barrios bonaerenses «aislados», según acuerdan las mujeres, que participaron en los talleres de periodismo, fotografía, panadería y derechos humanos realizados por la Asociación Miguel Bru en ese rincón de Avellaneda, y de cuyos ejercicios es depositario el libro Ojos y voces de la Isla.

Por Adrián Pérez
Fotografías del libro Ojos y voces de la Isla

De tu isla salió una esperanza
como de una guitarra.
Los Cafres – «Isla»

Buenos Aires, enero 8 (Agencia NAN-2010).- En el partido de Avellaneda, cruzando el puente homónimo, se alza un barrio cuyos límites son establecidos, en la arbitrariedad de toda convención, por las vías del ferrocarril, la Avenida Pinzón y el Riachuelo o Río Matanza-Riachuelo, el mismo que María Julia Alsogaray, ex secretaria de Medio Ambiente de Carlos Menem, prometió limpiar en un lapso de mil días y donde proclamó que se «tiraría a nadar» una vez finalizadas las obras de saneamiento. En Dock Sud, la Isla Maciel es uno de esos tantos barrios del conurbano bonaerense que el Estado abandonó hace tiempo –o del que se acuerdan en épocas electorales–, que los medios de comunicación demonizan como refugio de «vagos y delincuentes» o que el «saber popular» estigmatizó como paraíso del «turismo sexual».

En ese barrio de veinte manzanas de arquitectura precaria, de conventillos y ranchos dibujados a mano alzada, supieron convivir los primeros inmigrantes caboverdeanos llegados al país con trabajadores de los astilleros. Allí, donde la exclusión social es moneda corriente y constante, la policía bonaerense también hizo lo suyo aportando su «granito de arena». Hasta la Isla Maciel llegó la Asociación Miguel Bru, a principios de 2003, por la denuncia de dos casos de gatillo fácil, para asesorar a los familiares de las víctimas del abuso policial.

Con el correr de los sábados, las madres que llegaban al encuentro de la asociación planteaban otros problemas del barrio, y eso hizo que el proyecto se extendiera y reorganizara. Entonces, el trabajo comunitario se plasmó en talleres de panadería, género, derechos humanos, fotografía y periodismo, entre otros. Agencia NAN conversó con dos mujeres, dos hermanas: Miriam y Juana Monzón, sobre su experiencia en esos cursos. Su trabajo periodístico, y el de otros pibes y pibas de la Isla Maciel, fue compilado en Ojos y voces de la Isla, libro que destaca textos y fotografías que los y las jóvenes fueron construyendo durante su experiencia en los talleres coordinados por un grupo de capacitadores voluntarios de la asociación Bru, entre 2004 y 2008. Las Monzón llegaron hace 15 años desde Lomas de Zamora, cuando su padre enfermó, por «una cuestión de practicidad, porque la mayoría de la familia vivía allí». Aquí, sus historias, sus sueños, sus miradas sobre lo que significó para ellas la llegada de la asociación Bru a la Isla.

— ¿Cómo se contactaron con los talleres que la Asociación Miguel Bru llevó al barrio?
— Miriam Monzón:
Como todos, en la Isla teníamos problemas con la policía porque perseguía a los chicos constantemente. En aquél entonces, uno de mis hermanos estaba detenido en un instituto de menores y ellos (la asociación Bru) llegaron con un abogado. Entonces, comenzamos a reunirnos para parar con los atropellos.
— Juana Monzón: Yo me enganché, un poco siguiéndola a Miriam, en el taller de fotografía. Me interesaba todo lo que se podía aprender. Lamentablemente, después dejaron de venir.

— ¿Cuándo tomaron contacto con ustedes?
— M.M.: Si mal no recuerdo, fue cuando llegaron para mostrarnos una película sobre lo que le había pasado a Miguel (Bru), a quien conocí a partir del video. Desde ese momento, comenzamos a juntarnos los sábados cuatro o cinco mamás; yo iba más por curiosidad, por mi hermano. En un primer momento, nos encontrábamos en la escuela y, cuando dejaron de prestarnos la llave, nos reunimos en la casa de Andrea, una vecina. Finalmente, como éramos muchos, nos fuimos al Club 3 de Febrero. En ese momento, comenzaron a venir no sólo los papás sino también los chicos, que llegaban para merendar o tomar mate. Entonces nos preguntamos qué podíamos hacer todos juntos reunidos ahí y así nació la idea de hacer periodismo y fotografía.

— De todos los talleres que se ofrecían, ¿por qué eligieron periodismo?
— J.M.: Por curiosa, fui y me metí. Los profesores de periodismo, Leo Godoy y Maru Ludueña, me parecieron «copados» y me gustó.

— Además de periodismo y fotografía, ¿tomaron otros cursos?
— J.M.: Sí. Hicimos todos los cursos que había. Estábamos metidas en Periodismo, Fotografía, Pastelería… «Los Monzones» fueron los primeros que estuvieron ahí. Si vamos al caso, todo comenzó por nosotros. Se empezó a sumar gente y gente. Cuando nos dimos cuenta no entrábamos en ningún lado.
— ¿Qué piensan cuando escuchan que se asocia al barrio con un lugar peligroso o donde sólo se ejerce la prostitución?
— M.M.: La prostitución se terminó hace mucho tiempo en la Isla. Que nos asocien con eso nos llena de indignación porque, si nos dan la oportunidad, somos capaces de hacer cosas. Sólo es cuestión de que nos integren. Lo único que necesitamos es eso, que nos integren.
— J.M.: A mí me pone mal porque la gente habla sin saber. Hace 15 años que vivo ahí y es como en todo lugar. Si pasa algo, enseguida dicen: «Uy, la Isla esto, la Isla lo otro». Pero sin embargo, te vas a otro lado donde también pasan cosas feas y ya no hablan más de la Isla. En todos los barrios pasan cosas.

— ¿Vivieron algún cambio a partir de la participación en los talleres?
— M.M.:
Claro, nos hizo darnos cuenta de que somos capaces de hacer algo por nosotros, aunque parece que en la Isla estamos excluidos de todo. Es la Isla porque estamos «aislados»: del acceso al teléfono, del cartero, del ingreso de ambulancias, de todo. Pero cuando la Asociación Miguel Bru llegó, nos dimos cuenta de que sí se puede. Antes, mi vida era totalmente aburrida; estaba en mi casa y miraba cómo la policía reprimía, cómo les pegaba a los pibes, cómo mis hermanos se hacían mierda con la droga. Con la asociación entendí que sí podía hacer algo, como cuando hicimos el diario mural y todo el barrio pudo ver lo que hicimos, o cuando pusimos en los murales las fotos que habíamos sacado, o cuando se armó la gran fiesta de fin de año donde hubo desfiles, o la choripaneada donde todos los papas se integraron. En ese momento, empezamos a ver que la policía ya no mataba pibes. Ahora casi que no hay casos de gatillos fácil en la Isla. Los pibes saben cómo hacerse respetar, la Policía ya no los para, ni les pega porque sí. Desde que llegó la asociación y nos enseñó nuestros derechos, la policía se apaciguó bastante.

— ¿Qué fue lo que aprendieron sobre esos derechos?
— M.M.: Lo que aprendimos surgió del trabajo en los talleres de género, de derechos humanos. Ahí nos fueron enseñando nuestros derechos, que no nos pueden parar porque sí para pedirnos documentos o llevarnos a la comisaría y detenernos doce horas. Yo vivía con mis hermanos detenidos por «portación de cara”, por “ser de la Isla”.

— ¿Cambió algo en el barrio, en la gente, a partir de los talleres?
— J.M.:
Algunos cambiaron y otros no. El que no quiere no va a cambiar. En mí siento un gran cambio porque aprendí muchas cosas en los talleres; de todo lo que nos enseñaron me quedó mucho y me sirve para el día de mañana.

— El acercamiento al periodismo o la fotografía fue nuevo para ustedes.
— M.M.: Claro, si estábamos totalmente aislados. Para nosotros fue conocer un mundo nuevo. Con veinte y pico de años, recién conocí lo que es una cámara, lo que es escribir, conocí otros barrios, el trabajo de otros lugares.
— J.M.: Fue muy bueno lo que hicimos porque comenzaba desde nosotros. Eramos nosotros quienes íbamos a molestar para preguntar por los cursos.

— ¿Continúan escribiendo o tomando fotos?
— M.M.: No.

— ¿Por qué?
— M.M.:
Porque ellos ya no están. Entonces no seguí escribiendo, ni tampoco sacando fotos.

— ¿Consideran que debería existir una continuidad en el trabajo, con la gente del barrio?
— M.M.: Sí.

— ¿Qué le dirían a los profesores de los talleres?
— M.M.:
Lo único que tengo para decirles es muchísimas gracias.
— J.M.: También, agradecerles, y decirles que estaría bueno que vuelvan al barrio así los molestamos un poco más (risas).

Los autores del Taller de Periodismo son Aldana, Angel Cisneros, Andrea Romero, Antonella González, Belén Romero, Betina, Bárbara Lucero, Carolina Insfrán, Daiana Monzón, Daniela Araujo, Elvis, Fernanda Romero, Federico Dorrego, Grabiela Rivero, Gabriela Bonahora, Gustavo Núñez, Jennifer Maidana, Jesica Báez, Juana Monzón, Karen Miranda, Kevin, Lucila, Marcela, Marcela Laris, María Alejandra Laris, María, Mayra Maidana, Micaela Sánchez, Micaela, Miriam Monzón, Marcelo Monzón, Nahuel Maidana, Nara, Romina, Ruth Romero, Rodrigo, Salomón Ramírez, Sonia, Vanesa Báez, Walter Castillo, Yésica Martínez y Yésica.

Los autores del Taller de Fotografía son Alejandro Almada, Ariel Monzón, Andrea Romero, Bárbaro Lucero, Emanuel Zarazue, Federico Dorrego, Gustavo Nuñez, Guadalupe Eusebio, Jesica Baez, Juan Manuel, Juana del Puerto, Leandro, Miriam Monzón, Juana Monzón, Mayra Maidana, Melina, Nahuel Maidana, Omar Castillo, Pichulo Benítez, Rosalía Prieto, Ruth Romero, Romina, Rocío Benítez, Salomón Ramírez, Yanina Maidana y Walter Castillo.

* La impresión de Ojos y voces de la Isla fue posible por el apoyo de la Secretaría de Cultura nacional. El libro se vende a cambio de un bono contribución voluntario, cuya recaudación será destinados a la escuela de la Isla Maciel. Quienes estén interesados en solicitar el libro deben escribir a ambru@ambru.org.ar o dirigirse a la Asociación de Reporteros Gráficos Argentinos (Argra), Venezuela 1433, de lunes a viernes de 13 a 18. Teléfono: 4381-4593.

Asociación Miguel Bru: http://www.ambru.org.ar/