La protagonista de este unipersonal de Patrizia Camponovo con dirección de Paula Lemme siempre está buscando una oportunidad para masturbase. La obra es una sucesión de pequeños momentos logrados que trae luz sobre un tema poco tratado, al tiempo que retrata la construcción de la identidad sexual femenina.
Por Esteban Vera
Fotografía de prensa de Lucy toca fondo
Buenos Aires, abril 16 (Agencia NAN-2009).- Atractivo, fácil de realizar sin la ayuda de nadie, siempre oportuno e increíblemente sencillo de guardar. Así es el vicio secreto –suena feo, es cierto, pero así lo plantea la narración– que tiene Lucy desde los tres años. A esa edad, ya era una pequeña maníaca sexual. Desde entonces, siempre está buscando una oportunidad para masturbase: con un chihuahua, un peluche o un caballito de madera. Humorística, irónica y provocativa en dosis desproporcionadas, la historia desenfrenada es la que cuenta la actriz y guionista Patrizia Camponovo en Lucy toca fondo (de tanto tocarse), unipersonal que presenta los jueves a las 22 en el Teatro El Piccolino, en Fitz Roy 2056, Palermo.
La pieza se focaliza en el devenir de la identidad sexual femenina desde la infancia a la madurez, a través de la biografía sexual de Lucy Lapaglia (“la paja”, en español), una onanista profesional. Ella es la asistente de un mago que tiene una erección permanente desde hace 25 años. Con un corsé negro, un tutú rosado, medias de red rotas y zapatos de charol, la mujer despierta bajo el escenario del ilusionista. Allí comienza a confiar su historia, ridiculizando las posturas que critican la masturbación, aunque advirtiendo sobre la adicción al sexo solitario.
Si bien la masturbación es indispensable para el autoconocimiento, el buen goce sexual y la afirmación de la personalidad, nunca fue bien ponderada la ayuda sexual, según expertos en onanismo consultados por Agencia NAN. Así, la pajera Lucy sufrirá la condena moralista de su madre. Para ella, entonces, más control: “Mi mamá empezó a seguirme a todos lados –se queja Lucy–, me olía las manos, no me dejaba sola ni para hacer pis”. Poco a poco, Lucy confiesa todas sus habilidades para tocarse y pasar inadvertida. Sin embargo, la reiteración de confesiones, con ínfimos cambios en el relato, vuelve redundante la historia. Eso sí, la obra no deja dudas sobre su propósito: hablar de eso. Ése es su mayor mérito.
Para Patrizia Camponovo “si no se habla de eso es porque da vergüenza, sino qué problema hay en contar: ‘¡Uy! Anoche tuve un encuentro íntimo con mi mano, con mi consolador o con el chorro fuerte el bidet’”, comentó a esta agencia. Y presumió que, tal vez, “esté relacionado con una cuestión física del cuerpo: las mujeres se ‘meten’, se introducen. Es mucho más intimo que el ‘meter’ de los hombres”.
– ¿Es una obra autobiográfica?
– Lo es en parte, porque Lucy es un personaje inventado y su historia de vida también, pero tiene ciertas conductas por las cuales yo pasé ¡y sigo pasando!. Me llama mucho la atención cómo la masturbación femenina es todavía un tema delicado, casi tabú, del que rara vez se habla, incluso en círculos de amistades femeninas, como si el tema causara vergüenza o simplemente persistiera el «de eso no se habla».
El texto fue elaborado a partir de las historias y anécdotas recopiladas por Camponovo. “Reuní mucha información, sobre todo de prácticas infantiles de masturbación. Además, hablé con madres que tienen nenas. Y encontré muchas historias y anécdotas divertidas que incluí en el texto y otras que no pude incluir en el guión por una cuestión de tiempo”, contó.
El unipersonal, dirigido por Paula Lemme, avanza durante 40 y pocos minutos más, relatando el affaire de Lucy con su entrepierna y los embrollos que vive hasta que toca fondo de tanto tocarse. Con un novio toca ese fondo: “Con Charly supe realmente lo que era sentirse sucia. La vergüenza que había sentido de chica no era nada en comparación con lo que me hacía experimentar este tipo con todas sus hortalizas. Llegué a pensar, realmente, que me iba a enfermar. Por primera vez era yo la que me reprimía, la que me juzgaba”.
La obra, sin embargo, nunca termina de ir más allá de una sucesión de pequeños momentos logrados, como cuando la madre la descubre con las manos en pleno goce solitario. “¡Aaaaahhh Lucy! Pero, ¡¿qué estabas haciendo?! ¡No se hacen esas cosas! ¡Ay, Dios mío! ¿Sabías que podés enfermarte? Te pueden salir pelos en las manos ¡Ay, qué asco Lucy, qué inmoralidad!”.
Definitivamente ser una pajera (o un pajero) no es un don. Pero no importa, porque ahora mismo alguien da rienda suelta a su imaginación y desliza las manos hacía su entrepierna como lo hace Lucy, como parte de un ritual, entre el cepillado de dientes y el desayuno, mientras otro lee y (tal vez) recomienda este artículo.
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