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“No importa lo que hagas, importa el cómo”

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El joven maestro titiritero despedirá hoy “Cóctel”, espectáculo en el que les habla a adolescentes y adultos sobre el después de la niñez y otras crudas verdades. Fotografía: gentileza de prensa

Por Daniela Rovina

Una vez, al titiritero Manuel Mansilla un amigo le aconsejó: “Tenés que decir cosas muy zarpadas, pero que al público le dé la sensación de que fueron espontáneas”. Y él, que caminaba en el límite entre la improvisación y el guión, volcó la síntesis de una década entre muñecos y criaturas de goma espuma. Eso es Cóctel, espectáculo que presentará por última vez (hasta nuevo aviso) esta noche, a las 22.30, en la sala Pan & Arte (Boedo 876). “Este trabajo es como una primera gran tesis, el resultado de una larga investigación en la que fui incorporando técnicas a prueba y error”, resume.

Mansilla no es de los titiriteros convencionales. Hace seis años dejó su Temperley natal para recorrer Latinoamérica con su Teatro de Títeres Anticostumbristas, compañía que fundó con la intención de ofrecer otras formar de ver la vida. Fue por ese entonces que su primera obra, Títeres a cielo abierto, empezó a girar en colegios, cárceles, comunidades indígenas y barrios de emergencia, donde no importaron las hostilidades geográficas ni climatológicas. De a poco, y siguiendo el consejo cómplice de su amigo, escribió un mantra propio, basado en la itinerancia, la participación y la integración. “Ahora algunas frases de mis espectáculos llegan al punto en el que abren otras puertas, como subtramas”, describe.

De esta segunda incursión en la dramaturgia, Mansilla parió cuatro historias contadas con diferentes técnicas títeres: teatro de objetos, bocones con varilla y títeres corpóreos, que buscarán la complicidad y la participación de los espectadores. Según dice, “Cóctel fue naciendo en fragmentos”. Por ejemplo, el de Luis, un títere que no se reconoce como tal, habla del fin de la adolescencia y la aceptación de uno mismo. También está Papelín, un paquete de pañuelos de carilina que crece y se convierte en papel higiénico; momento crucial de su vida en el que su padre, un rollo de servilletas, tendrá que explicarle que los humanos querrán usarlo para limpiarse el culo. “Es el resumen de lo que a cada uno nos toca. En algún momento, alguien nos tiene que decir ‘loco, despertate y ponete las pilas porque si no, se van a limpiar el culo con vos’”, reflexiona. Como en este caso, cada capítulo de la obra está cruzado por objetos resignificados y personajes surgidos de la asociación libre: “Cuanta más catarsis se permita el titiritero, mejores relatos saldrán. Los muñecos están condenados a nosotros. Si recreamos una relación sexual a través de un mate y una pava, les estamos imprimiendo humanidad”.

A diferencia de su primera obra —que se anuncia como un “espectáculo familiar”—, en Cóctel las criaturas de Mansilla les hablan a adolescentes y adultos sobre la vida después de la niñez, los velos caídos y otras crudas verdades: “Me gusta que haya gaseosa y vino. En esta fiesta, un adolescente dice ‘yo también estoy invitado’. Algunos personajes indagan en conflictos que los adolescentes están empezando a transitar. Aprecié mucho a las personas que en mi adolescencia se detuvieron a mostrarme otras cosas, que me trataron como igual, no como un boludo”.

Una característica de tu compañía es la itinerancia: viajás por Latinoamérica, visitás comunidades indígenas y a personas en contextos de encierro. ¿Cómo lográs la empatía cuando los códigos culturales son distintos?
—Es loco. Antes pensaba que todos nos reíamos de lo mismo. Pero es más interesante que haya sociedades en las que se ríen de otras cosas. A las funciones de Cóctel a veces llevan a chicos de siete años, a pesar de que es un espectáculo para más grandes, y el sonido de esas carcajadas te quiebra cualquier ambiente. Es muy inocente y tiñe todo de otro color. A veces pasa que el público no se ríe cuando se suponía. Por ejemplo, el año pasado visité una comunidad guaraní en Pozo Azul, Misiones, de la que me hice muy amigo. A ellos les causaban gracia momentos de la obra en los que no pasaba nada. También tuve una presentación en Guantánamo (Cuba) y fue más o menos como acá.

—¿A qué asociás esas diferencias?
—A la relación con la naturaleza y con lo artificial. La naturaleza tiene otros ritmos. Quizás sean comunidades más inocentes. Hay sociedades que para nosotros son otro universo.

—En las funciones de Títeres a cielo abierto se te ve en patas, en cuero, manipulando muñecos sobre suelos de tierra. Cóctel, por el contrario, se sube a un escenario convencional. ¿Cómo te llevás con ese cambio?
—Me cuesta porque entro en una situación comercial, muy propia de Buenos Aires, en la que necesitás como un motorcito para hacer funcionar las cosas; por ejemplo, un agente de prensa. Estoy más expectante por la cantidad de público que asistirá, quizás porque con mi laburo suelo llegar a lugares donde hay gente que quiere ver teatro, casi como si fuera a buscarla. De todos modos, los dos espectáculos fueron pensados para ser presentados en cualquier lado. Desde una fábrica de carteras hasta en la calle. La magia es alucinante. En un quilombo terrible, de repente se hace el silencio y brota una frase que le rompe la cabeza a la gente.

—Y misión cumplida.
—No importa lo que hagas. Lo que importante es el cómo, lo que se puede hacer. Mi trabajo es prescindible, pero todos los laburos son difíciles. Siendo titiritero, miro para adelante y veo más incertidumbres que certezas. No sé ni cuando me voy a jubilar. Espero que nunca me pise un auto porque tengo que vender un órgano para hacerme atender. Hay algo artesanal que nos hace ser bastante gitanos en algunas cosas.