/Archivo

María Inés Krimer: “Toda historia secreta tiene un potencial narrativo”.-

En Sangre kosher, su última novela, María Inés Krimer se detiene en un «capítulo negro de la historia del judaísmo»: la Zwi Migdal, una red internacional de trata de personas fundada en Avellaneda por polacos. Entrecruza personajes históricos con ficticios y postula que la historia, más que repetirse, continúa. “Los traficantes se aprovechaban de la marginalidad. Es similar a lo que sucede hoy con las jóvenes del interior”, compara.

Por Esteban Vera
Fotografía de Mariana Meyer

Buenos Aires, agosto 20 (Agencia NAN-2010).- “Toda vida está hecha del entrecruzamiento de otras vidas. El pasado parecía fluir en el presente.” La sentencia, narrada por una voz femenina, sintetiza el esqueleto argumentativo de Sangre kosher (Aquilina), la última novela de María Inés Krimer. La trama se detiene minuciosamente en sórdidos detalles de la Zwi Migdal, una red internacional de trata de personas fundada en Avellaneda por rufianes judíos polacos, entre otros Noé Trauman (anarquista, agitador social, amigo de Roberto Arlt y modelo para delinear a Haffner, el Rufián Melancólico de Los siete Locos). En paralelo, el relato va palpando la superficie del tráfico de mujeres con fines de explotación sexual en la actualidad y revelando los recovecos de funcionarios cómplices de un negocio perverso, con historias de silencio e impunidad.

En esas líneas, la historia avanza en la resolución de un enigma, a partir de datos contextuales. La organización de Trauman nació con la identidad de Sociedad Israelita de Socorros Mutuos Varsovia en 1906. Luego cambió su nombre por el infame Zwi Migdal. Y durante 24 años “importó” mujeres de una Europa devastada, sobre todo de pueblos campesinos de Polonia. Allí, los rufianes seducían a “polaquitas” con una nueva vida en Argentina, promesas de trabajo o matrimonio. Chicas que hablaban idish o polaco y que eran encerradas bajo la custodia de proxenetas. Hasta su final, en 1930, logró convertirse en una red mafiosa respaldada por policías, políticos y jueces a los que compra el dinero. No muy distinto a lo que viven las mujeres traídas de Paraguay, República Dominicana o el interior del país un siglo después. Así, Sangre kosher entrecruza personajes históricos con ficticios. Y plantea que la historia no se repite, sino que continúa.

La novela arranca cuando a una ex bibliotecaria le proponen hallar a una joven que desapareció. Chiquito Gold, un joyero de la calle Libertad, le encarga hallar a su hija Débora. Convertida en detective, la mujer indagará en un gimnasio, repleto de curvas, tetas plásticas e islas de Tigre.

–¿Por qué le interesaba explorar en la historia de la Zwi Migdal?
–Me presentaba personajes y situaciones más novelescos que cualquier ficción escrita. Además, es una historia bastante conocida, pero no por toda la sociedad. No todos conocen éste capítulo negro, oculto, silenciado de la historia del judaísmo. Una historia muy poca simpática para algunos apellidos que aparecen en las listas de la Zwi Migdal y que hoy son bastante conocidos. Y como toda historia secreta tiene un potencial narrativo. Es una historia que se oculto durante muchos años. Recién en los ’70, comenzaron a aparecer informes y ensayos sobre la Zwi. Pero aparecieron en el ámbito académico, no en la colectividad ni en el público masivo. Es una historia oculta, bastante embromada para la colectividad en relación al uso de la mujer y del cuerpo. Curiosamente, cuando leía sobre trata de personas reflexionaba y hacía reflexionar a la protagonista del libro de que no ha cambiado demasiado el modus operandi de las redes de trata.

–¿A qué se refiere?
–La explotación de las personas en situación marginal no cambió desde la época de la Zwi Migdal. Ayer y hoy se aprovechan de personas que necesitan una propuesta laboral. Antes, la Zwi reclutaba mujeres del este de Europa, en países con problemas de pobreza muy marcados, en una Europa post I Guerra Mundial. Más allá de que las chicas supieran o no a que venían a Argentina, indudablemente lo objetivo es que los traficantes se aprovechan de una situación de marginalidad muy similar a lo que sucede hoy con las jóvenes del interior del país. Son gente que se aprovechan de la fragilidad de las personas. Los paralelos me parecen interesantes sin intentar una explicación conductista.

–¿Para usted la novela tiene una función de denuncia?
–Yo creo que la literatura no tiene ninguna función social ni política. En última instancia depende de la lectura de cada lector. A mí lo que me interesa es hacer un trabajo serio, verosímil, acorde a la realidad. Es decir, no me propuse hacer una denuncia, aunque pueda leerse como tal. Y si es así, bienvenido sea. Pero me planteé que funcione como ficción, que entretenga, que despierte interés. Es el planteamiento que tengo con mis otras ficciones. Además, yo pienso la narrativa como una construcción de sentido. Una vez que se apropian del texto, cada lector tiene una lectura diferente. Para esta novela, pienso que un lector judío tendrá una diferente a un no judío.

–La narradora reflexiona que “si las polacas eran explotadas por rufianes de su mismo origen había que buscar las causas en la condición de las mujeres dentro del templo” ¿Cuál es la situación de la mujer en el templo?
–Históricamente, aunque tengo entendido que ya no ocurre en los templos más progresistas, los rezos son por separados. Los hombres están en un piso y las mujeres en otro. El protagonismo lo tienen los hombres, dado que las mujeres están en un piso superior.

Ellas

Maestra y abogada antes de dedicarse a las letras, Krimer, de 59 años, se formó en el taller literario de Guillermo Saccomanno. Publicó el libro de cuentos Veterana (1998), y las novelas La hija de Singer (2002), El cuerpo de las chicas (2006), y Lo que nosotras sabíamos (2009, ganadora del premio Emecé). Mientras Ruth Epelbaum es una detective judía, con vida propia, “una mujer grande, sin atractivos”, invisible a la miradas de los hombres, que vivió la mayor de su vida en Entre Ríos. A lo largo de la trama de Sangre kosher –que integra la colección “Negro Absoluto” que dirige Juan Sasturain– Ruth irá formándose, hasta graduarse al final, con la ayuda de Gladys, su “shikse” (empleada), experta en “delitos tramontina”. Se convierte en el contrapunto de Ruth, su Watson, aunque más insolente y astuta que el personaje de Conan Doyle. De esta manera, dos mujeres serán las encargadas de tomar el rol de detectives.

–¿Tuvo dificultades para darle vida a una detective judía?
–Fue complicado. El género femenino está muy bastardeado en el policial. Me encontré con el problema de que las detectives mujeres que existen son policías o están relacionadas con la policía. Acá, no cierra una mujer policía como protagonista. No es creíble. Tenía que crear una detective un poco despistada, guiada por su intuición, lanzada a la calle y que le comiencen a pasar cosas. Que las mismas cosas que le van pasando la van conduciendo a la resolución del enigma. Fue la solución que encontré para que sea verosímil el personaje. Aparte, en la ficción argentina es complicado crear detectives, porque no es un personaje verosímil en la narrativa local. Después de la dictadura es imposible pensar un detective verosímil. Si uno piensa en uno tiene que pensar en un cana o en un servicio. Y ambas alternativas son pocos simpáticas como personaje. Una vez que decidí que iba a ser una mina judía, el desafío fue pensar cómo hacer para no pasará por la policía. Ahora bien, si lo logré o no, depende del lector.

–¿Es el principal problema de la novela negra en el país?
–Sí. De hecho, los otros autores de la colección lo resolvieron de otras maneras. Por ejemplo, (Osvaldo) Aguirre ubicó a su protagonista en los años del diario Crítica (de Natalio Botana, no la fallida remake de Jorge Lanata); Ricardo Romero ancló su personaje en un Bicentenario del futuro. Han buscado distintas estrategias para evitar el aquí y ahora para eludir el problema de la verosimilitud de los detectives.

–En la novela, se da una particularidad: las víctimas son ellas, pero las heroínas también son ellas. Incluso, una travesti comparte filas con ellas. En cambio, los hombres representan papeles negativos: son proxenetas, reclutadores, funcionarios corruptos o cómplices. ¿Fue una cuestión de género?
–Desde el inicio del policial, con (Edgar Allan) Poe todas las víctimas son mujeres, como en Los crímenes de la calle Morgue, El misterio de Marie Roget o La carta robada. Y en el policial negro, a partir de (Raymond) Chandler todas las mujeres son asesinas. En resumen, todas son víctimas o victimarias. Y al menos desde mi lectura, notó un tratamiento de género no deseado. Acordemos, no es un podio muy deseable. Yo quería un personaje donde la mujer tuviera una entidad un poco superadora de esa visión misógina de los iniciadores del género, cuyas personajes femeninos son criminales o femme fatale. Yo quería un personaje que fuese querible, gracioso, con códigos éticos, que no se las supiera todas.

Por lo pronto, Krimer prepara la secuela, incluso una tercera entrega. “Sabía que se trata de una saga de tres libros. En Sangre kosher el compromiso estuvo en la creación del personaje. Hay un decálogo que dice ‘dale al lector un personaje’ y eso es lo que intenté hacer”, comenta la escritora.