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Las flores del mal

Fotografía: Pilar Boyle
En “Spleen”, nouvelle premiada en el Concurso Literario UCES, la escritora narra una relación amorosa desde la pérdida. “Tengo una relación ambigua con el lenguaje: si bien es la herramienta que elijo como refugio, también en muchos momentos lo que siento excede la posibilidad de ponerlo en palabras”, dice. Fotografía: Pilar Boyle

Por Esteban Vera
@estevanvera

Hay una analogía entre la bella y llorosa pecadora María Magdalena del relato católico y la protagonista de Spleen (Letra Viva), reciente nouvelle de… María Magdalena (que no es un seudónimo, es su nombre real, asegura): ambas sufren a lagrima viva. La prostituta bíblica es un emblema de la perdición, ya que nunca pudo ser feliz al sufrir la muerte de Jesús. En la novela, las heridas del pasado no dejan de sangrar tras una separación. Para su protagonista, no hay chances de restaurar ese vínculo roto, sólo queda un goteo continuo de desilusión. No da más, pero no olvida (condición necesaria para la supervivencia) y la angustia le gana. No sucede otra cosa. Se percibe que goza el padecimiento, mientras se hunde lentamente en la depresión. “No hay discurso, no hay lenguaje en el que pueda esconderme. Quiero darle forma a lo que no tiene forma, eso es: esta opresión que me empuja hacia abajo”, dice el personaje de este libro, enmarcado en la literatura del yo.

La autora explora el desencanto por una pérdida amorosa. De esta manera, el libro, que tiene registro de diario íntimo y epistolar, adquiere una densidad dramática, realmente obsesiva por momentos: no hay rehabilitaciones emocionales ni racionales que ayuden a encontrar un refugio. Su escritura es irritante y al mismo tiempo engancha. En verso y con prosa poética, los fragmentos de Spleen hablan, con crudeza, del amor como duelo. El resultado es un libro escrito en clave testimonial, íntimo, catártico, desesperante, narrado en primera persona, como si fuese una larga sesión de terapia. Así, la escritora emprende un viaje interior en el libro y convierte en cómplices de su reconstrucción a los lectores. Porque si algo consigue MM a lo largo de las 80 páginas del libro es volver al lector voyeur de su sufrimiento.

En un bar de Palermo, María Magdalena habla de la nouvelle como si ella fuera personaje del mismo. Es que en Spleen el narrador parece a la vez el personaje principal. “No fue una decisión contarlo así, es la forma en la que escribo por ahora. No encontré otra manera y no sé si quiero hacerlo. Por eso me costó tomar la decisión de publicar. Igual tengo pendiente incurrir más en la ficción, aunque si escribiera una novela no dejaría de ser autobiográfica, porque es una forma de vivenciar la escritura y yo la vivencio desde ese lugar”, confía. En francés, el término “spleen”, popularizado por el poeta Charles Pierre Baudelaire, representa el estado de melancolía. “Hay una excesiva facilidad para sentir en la melancolía”, nota ella en diálogo con NaN.

—Jugás mucho con los formatos: diario íntimo, epistolar, poesía. ¿Cuáles fueron las circunstancias que alentaron esa clase de escritura?
—Todo tiene un punto en común. La prosa es poética y está mezclada con poesía en verso. Pero sí, es un collage. Son diferentes textos que escribí en distintos momentos de mi vida y que tienen en común el duelo, la relación amorosa contada desde la pérdida. No es una historia lineal ni escribí pensando en publicar como parte de un mismo libro, sino que hubo un momento en el que me puse releer y editar lo que tenía escrito y me di cuenta de que tenía ese punto en común.

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Fotografía: Pilar Boyle

—A lo largo del libro repetís que “no hay refugio”. Paradójicamente, ¿el lenguaje no podría ser uno?
—El lenguaje termina siendo un refugio, aunque en el momento de escribir no lo pensaba. Tengo una relación bastante ambigua con el lenguaje: si bien es la herramienta o el medio que elijo como refugio, también en muchos momentos lo que siento excede la posibilidad de ponerlo en palabras. Entonces, estoy peleando todo el tiempo con el lenguaje. De todas maneras, en cada texto que escribo hay una búsqueda constante: llegar a un refugio. Por momentos lo encuentro.

—“¿Qué se hace con el excedente de amor?”, te preguntás. ¿Qué se hace?
—En mi caso, escribo. Es la única salida que encontré. Ese excedente te deja en un estado de melancolía eterna, si no lográs tramitarlo de otra manera.

María Magdalena es delgada, blanca, de ojos celeste grisáceos. Una musa. Pero demuestra que es más que una mera portadora de belleza. En las fotos del corto que complementa el libro, luce frágil y tiene la misma mirada que uno imagina en los ojos de una mujer en ruinas. Nació en la Ciudad de Buenos Aires hace 30 años, “un domingo de 1984, bajo la influencia de la luna en Morrissey y el sol en Orwell, dando como resultado un engendro melancólico y autoritario —detalla en la solapa del libro— que escribe porque fracasó como música, guerrillera, striper y rescatista de delfines”. “Tuve una época en la que quise ser rockstar”, ríe. Completa: “Pero me faltaba constancia en la música. Fueron años de clases y finalmente abandoné porque me dediqué más a escribir. Encontré en la escritura un lugar en el que me podía expresar más cómoda. Igual escribo desde muy chica; lo difícil fue tomar la decisión de publicar, sobre todo este libro que es bastante autobiográfico”. Es feminista, milita en Autodeterminación & Libertad, partido fundado por Luis Zamora, y estudia psicoanálisis. “Estoy tomada por el psicoanálisis, desde muy pequeña hago terapia”, confía.

Spleen ganó el primer premio del Concurso Literario UCES 2013, cuyo jurado estuvo integrado por los escritores Ariel Idez, Marina Gersberg y Luciano Lutereau. En el prólogo, Lutereau pondera que “María Magdalena recupera el spleen de la vida erótica, para teñirla con un velo que, antes que ocultar, muestra de la mejor manera las coordenadas de la voz femenina que, al narrar, se hace letra”.

Para MM no hay una distancia entre el poeta y el poema, como también sucedía con Vicente Luy, Rimbaud o Alejandra Pizarnik, entre otros. No por nada considera a la autora de La condesa sangrienta una de sus referentes. “Pizarnik fue determinante en mis lecturas. No sé si ella es el camino a seguir, pero siempre somos influenciados por nuestras lecturas mientras hacemos nuestra propia búsqueda. De ella también es fundamental la forma romántica que adoptó al igual que otros poetas, como los malditos; esa manera de vivir poéticamente más que de hacer poesía en la vida, esa imposibilidad de separar vida de poesía. Es un camino que elijo porque no quiero que la poesía se reduzca a un espacio escindido de mi vida. Por eso, vivo como escribo, con la visceralidad y la intimidad que pongo en juego al escribir”, comenta.