Hijo de una madre que le tejía los pantalones y camisas, sesentón, muralista, escultor, kolla, jujeño, militante, reflexivo, solidario y charlador. Todo eso es el artista plástico que se sentó a hablar con Agencia NAN acerca del pachakuti, el muralismo, las estaciones de trenes y la represión a los pueblos originarios, sin pelos en la lengua. Ni en la brocha, ya gastada en Luján, Lomas de Zamora, Adrogué, Longchamps, la Ciudad de Buenos Aires, Jujuy…
Fotografías de prensa (1) y Agencia NAN (2)
Buenos Aires, octubre 28 (Agencia NAN-2009).- El arte tiene la capacidad de eternizar la historia. Y también la virtud de sacar a la luz los hechos olvidados, aquellos que el sistema social oculta con todo su aparato represivo. Dentro de esa historia escondida y acallada, se encuentra la lucha de los pueblos originarios del Abya Yala (llamada América por la cultura occidental). Mario Barrios es un muralista, escultor y militante kolla nacido en el pueblo jujeño de Yavi, que se ocupa de que los “próceres indígenas” que se rebelaron durante la conquista española, como Tupac Amaru y Tupac Katari, no formen parte de la historia maldita; y de continuar el reclamo por el territorio al que pertenece su pueblo, para conseguir la autonomía del Estado nacional que «permitiría el desarrollo cultural completo de las comunidades indígenas», según consideró él, integrante además del grupo de Muralistas del Qollasuyu, junto a otros «hermanos artistas» de Buenos Aires, durante una entrevista con Agencia NAN.
«Dibujo desde que estaba en Jujuy, pero en Buenos Aires desarrollé mi arte en torno a los procesos que sufrieron los pueblos indígenas: evangelización, sometimiento y genocidio», expone Barrios, que cuando da charlas en escuelas, les habla a los chicos sobre la cultura, la filosofía y los derechos de los pueblos. Un artista que, además de murales, puede pintar con una simple lapicera sobre una barata cartulina. Un militante plástico que no usa tanto la simbología incaica en sus obras porque no la conoce «en profundidad», admite, pero que sí hace pinturas con símbolos de la colonización. Por ejemplo, el mural que embellece la estación de trenes de Temperley, donde hizo un «dibujo de un hombre que tiene clavado el sable, la espada, la cruz, el trabuco, la cadena y la Biblia». El dibujo de un hombre atravesado por el occidente caucásico.
Y esa tarea artística es la forma de lucha y reivindicación que tienen Barrios y el grupo de personas que pinta con él. Pero «nadie recibe un peso» por los murales que realizan en centros culturales, estaciones de ferrocarriles, plazas y espacios públicos. «Porque es una práctica comunitaria, es decir, lo hacemos entre todos. No importa si colaboran personas que saben o no pintar. Una vez, en la ex plaza Ramón Falcón, que ahora se llama Che Guevara, había un mendigo mirando mientras nosotros realizábamos un mural. Le pregunté: ‘¿Quiere pintar?’. ‘Pero no sé hacerlo’, me respondió. Y yo le dije: ‘No es problema no saber, usted ya antes de pintar dice que no sabe. En cambio, si me dijera que quisiera aprender, sería otra cosa’. Entonces empezó a pintar y estuvo todo el día con los pinceles. Al final, pusimos su firma en la obra. Es increíble cómo cambia el valor de una persona. Por eso, el muralismo es algo comunitario», explica el artista, que además de todo, milita en la Organización de Comunidades de Pueblos Originarios (Orcopo).
A 517 años de la conquista española, en el marco de un nuevo Pachakuti («vuelta a los orígenes» en quechua) iniciado en 1992, el reclamo sigue siendo el mismo: la recuperación de los territorios que fueron robados por la cultura occidental mediante sistemáticas violaciones a los derechos humanos, que aún siguen existiendo. Tal es el caso de Daniel Chocobar, miembro de la comunidad indígena de Chuschagasta, en Tucumán, quien fue asesinado el pasado 12 de octubre (¿casualidad?) por el terrateniente Darío Amín y con la complicidad de dos policías retirados durante un conflicto por tierras, pasando por encima de la ley 26.160, sancionada en 2006, que prohíbe los desalojos en las comunidades hasta tanto el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI) no realice un relevamiento territorial. «Esto es una señal de que la conquista continúa», reflexiona Barrios, quien vino en 1968 a Buenos Aires y actualmente es un paisano de Hurlingham.
Por eso, el hombre de tono sereno y palabras firmes explica que la lucha por la tierra es la principal preocupación de las comunidades. «No queremos planes ni subsidios del Estado ni del INAI. Lo que realmente necesitamos es que nos devuelvan los territorios a los que pertenecemos. No queremos tampoco un Estado nacional, pero sí autonomía como tienen algunas provincias o la Ciudad de Buenos Aires, para poder manejar nuestros recursos. La autonomía de los pueblos originarios daría el derecho al territorio y a la educación propia. Y permitiría el desarrollo completo de las comunidades. En verdad, el Estado no tiene territorio, porque nos robó las tierras a los pueblos indígenas. Argentina no tiene siquiera educación, idioma ni filosofía propia, porque todo es una copia de Europa y Estados Unidos. Nosotros decimos que es una continuación del colonialismo».–¿Cómo se logra conseguir el territorio y la autonomía?
–La única forma es la organización, la lucha. Pero no con lucha armada, porque el Estado nos reventaría en dos patadas. La lucha nuestra es ideológica, el fin es concientizar a las nuevas generaciones. Ya se está hablando en algunas comunidades sobre autonomía, educación y autodeterminación. Pero hay que profundizar más y crear una organización compacta integrada por todos los pueblos, un organismo centralizado en el que participen las 24 comunidades indígenas que persisten y que responda a la filosofía indígena.
-Hay muchos hermanos indígenas que están pateando para otro lado. Hay un gran problema cultural y filosófico. Hay movimientos políticos indigenistas, como los relacionados con el peronismo, que no hablan ni de autonomía ni de educación autónoma ni de recuperación de los territorios. Es necesario conseguir todo lo que tenga que ver con el reconocimiento y la identidad de los pueblos, como la lengua. Sin embargo, el INAI se encarga de defender los intereses del Estado y controlar a las comunidades. Por derecho histórico, nos pertenece el 2 o 3 por ciento del Producto Bruto Interno. Además, cuando se sancionó la ley 26.160, en contra del desalojo, el Gobierno destinó al INAI 30 millones. ¿Y esa plata a dónde está? Van a parar a los bolsillos de los punteros. Es como un servicio de inteligencia contra los pueblos indígenas: sacan datos, controlan todo, averiguan quiénes luchan, qué están haciendo las comunidades. No trabajan por los derechos indígenas. Por eso, la única salida es la autonomía.
–¿Y cuáles son los aspectos fundamentales de la filosofía indígena?
–La filosofía de los pueblos indígenas está basada en la condición del todo, no sólo de los seres humanos, sino de las plantas, el agua, el aire, los animales. En nuestra filosofía no existe la lucha de clases, como plantea el marxismo. Creemos que si no hay un cambio cultural y filosófico, no se puede cambiar una sociedad. El marxismo está dentro de la filosofía occidental y cristiana. Además, si empezamos la lucha de clases, se rompe la armonía. Es una lucha, porque se enfrentan ricos y pobres. Pero nosotros planteamos una sociedad comunitaria, sin plata, sin bandera, sin alambrado, sin fronteras.
–Como vivían originalmente las comunidades…
–Sí, antes las comunidades vivían en una armonía en la que no estaban contaminados los ríos, las personas no pasaban hambre y las especies estaban intactas. Pero el colonizador, en 500 años, destruyó todo. La cultura occidental no sirve para el desarrollo de la humanidad. El capitalismo, la propiedad privada y la economía de mercado no sirven. La educación y la filosofía occidental aportan a la destrucción del medio ambiente. Y si destruyen el medio ambiente, también destruyen al ser humano, porque todos formamos parte de él. El capitalismo contamina, produce muerte, genocidio y hambre. En cambio, nosotros venimos de la tierra y volvemos a ella, porque somos sus hijos. No somos hijos de dios, porque no existe. En nuestra cosmovisión, el Tata Inti (Sol) representa al hombre y la Pacha Mama (El Todo = Tierra) a la mujer. Sin esa dualidad, sin esos complementos, no habría vida. La tierra habla, nos da todo: el alimento, la vida, el oxígeno y el agua. En cambio, occidente tiene otro concepto de la vida.
Junto al colectivo artístico, Barrios realizó más de 50 murales en Gran Buenos Aires y en capital. La Universidad de Luján, Longchamps, Monte Grande, la boletería de la estación de Adrogué, son algunos de los sitios en los que dejó su marca. «En Lomas de Zamora hicimos un mural en el centro cultural La Toma, pero después lo borraron. Ahí pintamos la cara de Tupac Katari y pusimos unos versos de un poeta guaraní que decían: ‘Prefiero meter mi nariz en el culo antes que pedirles redención'», recordó con una sonrisa el artista de 65 años.
–¿Cuál era la importancia de la pintura en la civilización inca?
–El arte era el que contaba la historia de los pueblos. Se plasmaban en murales o tejidos, antes de la colonización. Aunque persiste la simbología, no todas las comunidades la conocen. Lo primero que hicieron los españoles fue matar a los amautas (los sabios), los gobernantes, los astrónomos y los médicos, los que tenían el saber. Por eso, se perdió gran parte del conocimiento incaico. En las pinturas se retrataban los solsticios, las manifestaciones, las danzas, la alegría, la fiesta. Inclusive hoy los aguayos (tejido andino usado para llevar niños u objetos en la espalda) de las comunidades andinas cuentan eso. Pero lamentablemente también se está perdiendo esa técnica. Mi vieja me tejía pantalones y camisas. Éramos autónomos.