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“Me gusta posicionarme en lo marginal”

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Así se planta Carolina Massola, que acaba de publicar su segundo poemario, “La mansedumbre del pez”, una “exploración de lo efímero” con ribetes filosóficos. Fotografía: Antonella Casanova

Por Emmanuel Videla

A Carolina Massola le salen palabras como “algo”, “esto”, “aquello”. Una y otra vez. No es que se trate de una poeta que no tenga palabras, pero ese ejercicio maldito de nombrar las cosas parece enfurecerla, molestarla. Tira un suspiro casi agobiante y trata de conceptualizar, sabiendo que no llegará a decir el todo de la cuestión que se le pregunta. Así, una y otra vez. Más que la de una “poeta” –categoría que rechaza rotundamente, como suelen hacer muchos de sus colegas– a Massola la envuelve un aura filosófica. A pesar de esa frustración que le genera poner etiquetas, se lanza a navegar por un análisis de su última creación, La mansedumbre del pez, poemario producto de la “exploración de lo efímero, del fluir constante de una experiencia”.

Massola es sintética. La pregunta por el qué, claro, la inquieta. No es para menos. Predicar sobre la razón general de la obra le genera un poco de perplejidad. “Me interesaba dejarme llevar por los sonidos, sin olvidar la inquietud por el fluir.” Palabras más, palabras menos, un ferviente lector de filosofía podría interpretar esta obra, que tiene el sello editorial de Zindo&Gafuri, como un tratado sobre la vida posmoderna a través de los ojos de una poeta asombrada por un mundo sujetado a ese capricho intelectual que recorre todos los tiempos: la pregunta por el mismísimo ser. De hecho, la lectura del texto avanza, con ritmo lento, hacia esa insoportable pregunta: “¿Por qué esperan ser algo?”. En ese momento del texto, el manso pez se transforma en una piraña que agita la mano del pescador hacia un lado y hacia el otro. Su texto se desplaza, dinámicamente, hacia ese cataclismo: las cosas que nos circundan no son las mismas, cambian constantemente. “La gente se angustia si no se representa algo de una determinada manera. Quiere estabilidad.”

No es la primera vez que Massola se lanza a poner en pugna “eso”, la manera que tiene el ser humano de representarse las cosas. Estado de gracia, su anterior trabajo, también indaga de cierta manera en la percepción de lo humano. Paulina Vinderman, poeta que presentó su primer libro y ahora prologa el último, indica que la poesía de Massola se asemeja a ese dicho del filósofo Gilles Deleuze: “Un escritor es siempre como un extranjero en la lengua en que se expresa, aún si es su lengua natal”. El silencio que expresa en sus poemas es “esa utopía poética de nombrar lo imposible”, en base a la cita del filósofo. El derrotero de Massola no se acaba en estas dos obras, ya que publicó poemas en revistas especializadas y su Estado de gracia fue traducido al francés. Y un poquito más: adelanta la continuación de sus chapoteos. “Ya estoy trabajando con otros poemas que me conectan con los astros. No paro nunca”, reconoce a NaN. Frente a la pregunta, media tonta a estas alturas, del origen de su poesía, Massola atina a decir y se refugia en el deseo que ahoga todo mandato: “De golpe surge algo y voy por ahí”.

Así como es difícil limitar lo que dice, también el tiempo parece volar o al menos suspenderse, transformarse en puro presente. Ella se da cuenta: “Pero mirá qué hora es ya”. Algunos atributos producen este efecto: uno es que Carolina saca libros de su cartera y produce un breve lapsus. Se explaya en contar la historia de ese volumen de poesía que consiguió en Francia, donde vivió un tiempo. Otro es que tiene una excelente memoria. Recita partes de sus poemas como un juglar en la típica Edad Media. Para estos tiempos, todo un asombro. Cuando se la trata de llevar hacia ese pez que navega en su texto, ella se limita a recitar: “Retrasar la mansedumbre del pez/ la rabia del ojo malparido. Tu voz: columna vertebral de cada encanto/ cucharada balsámica/ acaso desconocida/ en lo más hondo…”. La poesía resuena en su voz y parece retribuirle un encanto mayor a ese texto, mar de libertad y osadía.

—Con la lectura de La mansedumbre… uno llega a un punto en el que parece cristalizarse, paradójicamente, la rabia del pez. Es cuando escribís: “¿Por qué esperan ser algo?”
—El tema del fluir va en contra de lo inmóvil y lo estático. Yo no creo en nada de eso. Tenemos una representación que indica que las cosas están ahí de una manera, pero nada de eso es así en realidad. Hay mucha gente que se angustia de que las cosas no sean como las ve. Es muy inmenso el hecho de aferrarse a las cosas, de apegarse, de no poder fluir. Estaba latente en mí algo sobre el universo, sobre el movimiento constante.

—¿Cómo se entiende ese “movimiento constante”?
—Comprender el movimiento constante es algo que me relaja muchísimo. Es lo que me permite explorar, jugar y reír, irme de las cosas que se pretende ser, pero que realmente no se son. Hay gente que cae en la angustia con este pensamiento, pero a mí me trae mucha paz. Nada va a permanecer como lo estoy mirando. Todo va a pasar. Al mismo tiempo, comprender el movimiento es saber que tenés que disfrutar lo que está pasando en este momento. Es muy efímero, pero es maravilloso en sí mismo, porque no va a volver a ser de esta manera. Las cosas tienen un devenir. Ése es el ritmo que maneja el libro.

—Si se plantea el devenir, el ser no se podría categorizar de ninguna manera. Y el ser se tiene que representar de alguna manera…
—Es una falacia. El ser no se puede representar. Sé que en la vida tenemos que cumplir ciertos roles, pero creerlos es totalmente inútil. La vida pierde pureza, deja de ser auténtica. La persona que está instalada en querer ser algo se olvidó de su esencia, perdió lo más auténtico que es el devenir.

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“Los poetas estamos fuera del circuito comercial. Es un lugar de resistencia la poesía. A veces se sufre en ese lugar. Por ejemplo, por todo lo que significa hacer un libro”, asegura. Fotografía: Antonella Casanova

—Si se sigue ese razonamiento, tus mismas poéticas caen en la permanencia que criticás.
—Sí, totalmente. Después de este libro, tengo otro que tengo que laburar. A mitad de terminar éste, quedé enamorada de los astros. Me gusta mucho explorar para escribir. Me interesa un tema y empiezo a jugar sin saber qué puede pasar. Lo que hoy estoy escribiendo me gusta más que lo que estuve haciendo. Pero si no hubiera pasado por la mansedumbre del pez, jamás podría estar donde estoy ahora. Además de las lecturas que uno hace, que te van formando muchísimo. Cada libro es una unidad que tenés ganas de hacer y forma parte de lo que va a seguir.

El recorrido que llevó a Carolina Massola hacia la poesía no es lineal. De vez en cuando la poesía es intempestiva y se escapa de las denominaciones impuestas, pero el recorrido por ese arte es bastante claro. Siempre la pluma escribió versos, se podría alegar. No es el caso de la también traductora literaria y docente de francés. No reniega, pero existe cierta actitud de otra-no-me-queda. Massola afirma que hay que “asumirse de una vez”. “Entré tarde en la poesía. Quería escribir realmente narrativa, pero no podía. Había algo que me empujaba hacia otro lado. Jamás lo busqué”, relata. Ese despertar, probablemente, la llevó a atacar desde los versos.

La invade a la poeta un sentimiento de pesimismo y crítica en una justa medida. A la vez, siente que su escape es la poesía porque cuando narra esos versos surge algo diferente en su ser, se despega de la agridulce crítica. El cosquilleo de pura pasión aflora cuando trata de hablar de sus “grossos de la poesía”. “A veces no tenés nada que decir y necesitás que hablen los otros”, cuenta y, maravillada, completa: “Me gusta enamorarme del poeta. Rilke y Charles Baudelaire son lecturas que necesito siempre para ir a la profundidad”. Sin dudarlo, califica Cartas de un joven poeta, de Rilke, como “maravilloso”, y dice que Baudelaire es un “comprometido” con su tiempo. Un segundo más y se sincera. Se siente un bicho raro y dice: “Leo mucho y leí mucha narrativa. Conozco el palo de la literatura. Sé que es un poco aburrido, pero soy así”.

Sin embargo, cuando se le repregunta si hay algún otro arte que la apasione se ataja. “En mi casa, mis hermanos no leían historietas. Ni conozco bien Mafalda”. Al parecer, lo siente como una falta y se empuja a su discurso: “Me gustan las historietas francesas como Los Bidochons. Me gusta cómo se encaran las cosas ahí. Hay un matrimonio en el que la mujer es una ferviente ecologista y el marido tiene muchos clichés encima. Está bueno salir de la narrativa y de la poesía, de esos roles instaurados. No quiero nunca creer que estoy en ese lugar porque sería el asesinato de la poesía. Está bueno nutrirse de esas otras cosas”.

—Al hacer poesía, te encontrás inevitablemente con un combate, más allá del que planteás en tu obra: se dice que hay pocos lectores. ¿Qué lectura hacés?
—Estamos fuera del circuito comercial. Es un lugar de resistencia la poesía. A veces se sufre en ese lugar. Por ejemplo, por todo lo que significa hacer un libro. Es más fácil hacer poesía que terminar en el objeto libro. No hay ningún tipo de renta. Te alimentás de otra forma. Yo no elegí escribir poesía. Jamás, lo juro. Jamás tuve el deseo de decir: “Yo soy poeta”. Me tuve que hacer cargo. Me costó bastante decir esa frasecita que comienza con el verbo ser. La digo de la misma manera en la que digo: “Soy Carolina. Soy traductora”. Ser poeta es ocupar un lugar marginal porque tenés que resistir muchos modelos, como el de la narrativa. Me gusta posicionarme en lo marginal.

—¿Cómo se vive el intercambio con los demás poetas?
—Hay gente muy linda, se generan intercambios. La poesía tiene esa cosa grata que trae encuentros increíbles. Pero soy reservada. Me contacto cuando brota la relación. Tampoco voy a lugares sólo por el hecho de ir, porque no significa nada eso. El laburo es lo que vale. No es un amor de verano la poesía.

Para Massola la poesía es ese “todo”. Pero la frustración, el temor al vacío, a esa “nada”, a esa indeterminación, emerge de vez en cuando. El pez parece que por la boca muere, pero antes de prenderse al anzuelo, se escapa. “Horacio Castillo fue mi gran maestro. Cuando dudo y se vienen todos los monstruos, pienso en él y en las cosas que intercambiamos por mail para seguir haciendo.” Respira nuevamente. Suspira Massola. Es abrupta: “Si te querés parar en el lugar de la costumbre, no tiene sentido”. Más allá de esa agonía por despegarse de “eso”, de todo lo que rodea al mundo, la poeta se escapa, busca su último punto de fuga (qué/quién será no se sabe) pero así lo dice en La mansedumbre…: “Otórgame un señuelo incauto/ Y morderé el anzuelo”.