Medea Tango intenta contar la tragedia griega de Eurípides en ritmo de melodía arrabalera. Intenta, pero no lo logra de manera exitosa. Es en la lectura que busca un mensaje en la que la obra naufraga.Por Ailín Bullentini
Fotografía gentileza de Medea Tango
Buenos Aires, junio 7 (Agencia NAN – 2011).- Medea toca el piano, canta a puro grito, esboza un pequeño cúmulo de frases y camina el escenario de punta a punta a punta. Se frota contra sus maridos, les toca el sexo, les pide fuego y les promete hijos. Pero no baila. La protagonista de Medea Tango, la nueva obra de Sabrina Silva, es la única integrante del reducido elenco que no practica la disciplina y la única, también, que le aporta el ingrediente de dramaturgia necesario para justificar la catalogación del producto final en el ambiguo cajón de la danza-teatro. Si se lo analizara sólo como un cúmulo de coreografías que se suceden sin una unión de sentido obligada, la obra generaría una satisfacción interesante que no alcanza, no obstante, al momento de entenderlo como un espectáculo cuyos elementos se combinan para emitir un determinado mensaje.
Medea Tango no invita a disfrutarla. Te obliga. La hechicera de la historia, sentada en un costado del escenario, golpea las teclas de un teclado y llora a aullidos mientras el público busca una butaca donde acomodarse. Mientras, seis bailarinas se contornean desde diferentes partes de una de las salas de Ciudad Cultural Kónex, a la espera del comienzo de la acción. Más tarde aparecerán los bailarines, últimos dos integrantes del elenco en su totalidad.
Con la acción ya iniciada, el espectador apura sus pasos y encastra su cuerpo en cualquier butaca lo más rápido posible, temeroso de perder el hilo aunque la historia propuesta por Silva, directora y coreógrafa del espectáculo, no sea desconocida. Medea Tango intenta contar la tragedia griega de Eurípides en ritmo de melodía arrabalera. Intenta, pero no lo logra de manera exitosa.
Es que la obra puede entenderse desde dos posturas diferentes, análisis cuyos resultados serán casi contrapuestos. Si Medea Tango fuera un cúmulo de pasajes de baile independientes, el resultado es optimista. Los poco menos de diez cuadros que componen al espectáculo adaptan al dos por cuatro tanguero los pasos básicos de la danza jazz, mecha sus mejores saltos y figuras de suelo. Silva añade sofisticación a sus elaboraciones con algunos detalles contemporáneos bien combinados. Los bailarines, por su parte, interpretan prolijamente los dibujos y suman la firmeza en los movimientos y el reflejo de emociones diversas en sus rostros, claves para dar cuerpo a la generalidad de la obra.
Estos últimos elementos, acaso la prueba de que los bailarines cuentan con alguna preparación en lo actoral, son los únicos ingredientes que aportan en el análisis dramático de Medea Tango. La protagonista, Medea, cuenta con todas las de ganar en este aspecto, aunque sea nula en el área de la danza.
Sin embargo, es en la lectura que busca un mensaje en la que la obra naufraga. Tal vez por que existe un error en la elección de los ejes de sentido que componen los cuadros. No todos cuentan momentos claves de la tragedia. Quizá la falla radique en la falta de elementos distintivos en los bailarines. Chicas y chicos comparten vestuario, maquillaje y peinado y se hace complicado adivinar el personaje que ejerce cada quien. Varias bailarinas juegan el mismo rol y lo mismo ocurre con los hombres. Sólo dos cuadros cumplen la excepción, pero el cambio en los detalles de nada sirve ya que sucede en un solo y en el dueto de Silva con uno de los artistas.
El dueto de la directora de Medea Tango es el fragmento de la obra que más se disfruta. El dibujo coreográfico, combinado con la técnica de la directora de la obra y uno de los varones del equipo, trabaja exquisitamente la melodía, uno de los tangos más hermosos del espectáculo; la recorre al compás, lo acaricia y se vale de él para lograr la escena más lograda.
Junto a la calidad artística de los intérpretes, la selección de la música es otra de las fortalezas de Medea tango. Se trata de versiones de tango moderno pero no electrónico, en el que las letras desaparecen para dejar que las melodías se distingan enteras. La directora juega, en algunos pocos pasajes, con efectos de sonido que ayudan a anclar el sentido de los cuadros.