
Por Nahuel Lag
La idea surgió en un bar de Temperley, en el mismo que nos había reunido tantas veces en nuestra adolescencia, el que nos forjó como un equipo al tiempo que Messi tiraba las últimas gambetas en La Masia antes de debutar para el Barça, en un amistoso de 2003, y desde ese día ascender a la gloria que gran parte de los pibes argentinos (y también algunas pibas) sueñan: la 10 en un Mundial con la banda de capitán. Sumá que jugás la final en el Maracaná y es un cuento de hadas con botines. En los amistosos nomás, algunos se bajaron de la motorhome con la que íbamos a recorrer Brasil para seguir a la Selección de nuestra generación, la parida al grito de gol de Diego a los ingleses, la que andaba en pañales cuando Burruchaga definió el último partido que le ganamos a Alemania en un Mundial. En primera ronda, algunos se tomaron un avión para clasificar al mejor encuentro de sus vidas. Messi nos puso en octavos, Messi y Di María en cuartos, y después del asado en el que gritamos el gol del Pipa ya era un hecho: como fuera, había que estar cerca de esos 23 que podían cumplir uno de los más maravillosos anhelos populares argentinos. En la plaza del General Mascherano, la plaza del 9 de Julio, una de tantas plazas, la de Lomas de Zamora, vivimos la primera fiesta patria entre tanta gente convocada espontáneamente. Sacados, con algún moretón de cabezazo producto de la tapada de Chiquito y el penal de Maxi, con la voz ya afónica, el grito incrédulo era: “El que no salta no va a Brasil”.
Sin motorhome, sin vuelos disponibles, con miles de argentinos planificando el mismo viaje, la opción era la ruta: 40 horas sin parar a dormir, medio sueldo trocado por reales para seis días de travesía, un chofer asignado cada 300 kilómetros, mate, un tupper de empanadas, camiseta albiceleste, una heladera con fernet y coca, unos dólares que no alcanzan para el negocio de la reventa. Y sale la caravana.
En la primera parada obligada, para cargar el tanque, se acumulan los primeros autos con destino a Río. Mingitorio mediante, el pudor se transforma en confianza para averiguar: “¿Van con entradas?”. Todos preguntan, nadie las tiene. Todos van, no importa si no alcanza. Ver la pantalla a tres kilómetros del Maracaná es un consuelo, es lo más cerca que se puede alentar, gritar ese gol que se espera hace 28 años.
Todavía surgen las preguntas por la ruta: por dónde ir. El GPS son las estrellas. Es la tercera estrella.
La ruta 14 llega a Paso de Los Libres. La Aduana argentina no demora más de 20 minutos. Los empleados parecen empujar a los que encaran la cruzada mundialista. Al otro lado del río, la bandera del rival histórico, las casas linderas a la Aduana que lucen el escudo del Gremio y la Policía Federal dan una bienvenida fría. Tiene la edad de Neymar, pero anda con botas, traje camuflado y una metralla que calla el canto sobre “Brasil”, “papá” y “Maradona es más grande”. Tres horas de silencio, de turnos para dormir en el auto, de algún mate. Una encuesta a ojo sobre la población de una fila de hasta siete horas de demora confirma que el 70 por ciento de los que están en camino nunca vieron una final del Mundo jugada por la albiceleste; que el Diego es divino porque se cree en él sin haberlo visto hacer esa jugada celestial.
Pasa la primera madrugada intentado dormir con el cuerpo a 90 grados. El sol ilumina los hermosos campos de Rio Grande do Sul. En Cachoeira do Sul —capital nacional do arroz— el río desborda. Los palos de luz a la mitad muestran que las aguas bajan fuerte hacia el litoral, inundado en la Argentina. El diario local habla de otra tragedia: asegura que Neymar —el pibe que aparece en el packaging de los chicles, las bebidas y otros productos— habría perdido la movilidad de sus piernas si el colombiano Zuñiga hubiese acertado el rodillazo en su columna dos centímetros más abajo. Las gaseosas ya son frutales, el café sale dos reales. Lo que queda argentino es un turrón de Arroyito, Córdoba, en la góndola del mercado del posto do servicio; la patente del auto que nos lleva; nosotros y nuestras cosas.
BR290 arriba, Porto Alegre es un contingente de cientos de edificios, un morro de conglomerados aprisionados frente a la bahía de Guaíba. La ruta pasa por la puerta del estadio del Gremio. A lo lejos, sobre el Río Guaíba se ve el coloso Beira-Río, la cancha del Internacional, el otro club grande de la ciudad, el que fue la sede mundialista donde Lionel embocó esa delicia de tiro libre frente a Nigeria. La periferia de esos dos colosos es pobrísima y refleja la otra cara de Brasil, ojos que te miran a lo largo de toda la ruta: el estadio millonario y el rancho bajo la autopista, las fazendas de los ruralistas de Rio Grande do Sul y las coloridas casitas de madera de los trabajadores del campo.
Lejos de la frontera argentina y en una ciudad futbolera por excelencia, la sonrisa tímida de los empleados del Graal —una gran cadena de comida que se extiende al costado de las rutas brasileñas, con un extraño sistema de molinetes y tarjetas magnéticas para consumir y pagar al final del recorrido gastronómico— espera alguna broma por los siete goles alemanes; pero no llegan, el “Brasil, decime que se siente” parece reservarse para la previa del partido, para cuando todas las camisetas albicelestes se reúnan en el destino final. En el playón donde se carga otra tanda de nafta y esperanza, dos pibes de bermudas, cadenas y gorras visera con veleta al east o al west —joven y global moda que saltó del Bronx a los barrios pobres de Latinoamérica, del rap a Pitbull haciendo la canción del Mundial—, miran cómo hasta los del Fiat Uno se animaron a los 2700 kilómetros para estar el día de la final lo más cerca posible de los once de la Argentina. Más allá, apoyado contra el acoplado del camión, con su ropa de trabajo, Junhior se acerca tímido y con un portugués cerradísimo —lejos de los “oi”, “uma”, “dois” y “duas” con los que todos jugamos al portugués— pide una camiseta argentina. Sí, la celeste y blanca. Y esboza algo así como: “Nunca les tuve fe. A ustedes sí”, comparando a los locales de Neymar con los históricos rivales. Un poco sorprendidos o desilusionados en medio de nuestro espíritu patriotero, le devolvemos un “mañana le ganan a Holanda”. Mueve el dedo como un péndulo, dice que ni el tercer puesto.
Cuando cinco pasaron por el volante, en una rotación de 300 kilómetros por turno, toda alternativa o señal rutera que indica que se acelere el paso es un oasis: el país mais grande de América del Sur se hace sentir, siempre faltan 1200 kilómetros. El embotellamiento de viernes en los ingresos a Florianopolis, las decenas de tramos en obra —incluyendo esos túneles magníficos que atraviesan montañas—, las rutas envenenadas de camiones y curvas en Curitiba y la enredadera de autopistas en San Pablo sólo suman argumentos a aquel “lo que hice por vos, no lo hice por nadie” de las canchas argentinas.
Sale el sol otra vez. Seguimos entre cinco puertas. La velocidad crucero está en las cuatro ruedas, en los ojos, las manos, los pies de piloto y copiloto. El resto se desparrama en el asiento de atrás luchando por conseguir al menos un ángulo de cien grados para descansar. Los que duermen, lo hacen en la posición en la que los encontró el sueño.
Los últimos kilómetros se hacen más livianos por la aparición de más brasileños cazadores de patentes argentinas. Viajamos sin otra insignia que delate nuestro fanatismo, pero cuando la ven, algunos levantan los brazos, otros gritan, otros saludan. Hay quienes alzan las manos al cielo, muestran una gran sonrisa, visible a pesar de la velocidad por el contraste de los dientes blancos y la tez morena, y adelantándose al chiste, rendidos, riendo de su desgracia, muestran siete dedos extendidos: una palma más una V. Hay tantos otros que callan: aguardan que el verdugo alemán también haga lo propio con los “hermanos”. Nada de Patria Grande, esto es fútbol. Los que quieren la victoria argentina buscan castigar ejemplarmente a Felipao y a un equipo que no los representa, que no hace jogo bonito, a pesar de que la Argentina también fue dejando de lado la identidad futbolera sudamericana a cada paso que dio hacia la Copa. Los otros, los del deseo perverso de que el enterrador de la vuelta en casa, de que se encargue del vecino, no soportan la idea de Messi levantando la dorada en el Marcaná: “É muito”, dicen. “Van pasando los años,/ te acordás del Mundial del ‘50./ Están todos cagados,/ tienen miedo de que pase de vuelta./ Sé que te duele, que te lastima,/ pero esta Copa es de Argentina”, llega el eco desde Copacabana, de los argentinos que no pasan por las puertas de una ciudad que se las abrió todas.
Antes de las últimas curvas hacia Río, el tanque de agua de una fábrica al costado de la ruta nos ofrece un guiño premonitorio, celestial: ahí dice “LTA”. Lo interpretamos de la única manera posible (hasta ese momento) y avanzamos bien al palo.
La llegada a Río es un “caos de tránsito”, pero uno posta, no de cliché de periodista de noticiero argentino. El ingreso es a una superpoblada-malpoblada-pobrementepoblada copia, en tamaño Brasil, de la Ruta 4 del conurbano bonaerense. Edificios derruidos de antiguas fábricas, con sus vidrios rotos y sus paredes grafiteadas hasta en lugares inalcanzables; vendedores ambulantes que caminan por la autopista entre los autos ofreciendo maní, plátanos fritos, maíz inflado, papas fritas. Los ofrecen de a decenas por dos reales, en bolsas que cuelgan de sus cuellos y llenan sus manos. Lo hacen mientras esquivan motos que se filtran a bocinazos limpios entre la marcha en cámara lenta de los autos. En hora pico, desplazarse 30 kilómetros en las afueras de Río o en las calles de la costanera de las bellas Copacabana e Ipanema puede llevar dos horas.
Finalmente, con la guía de un taxista, el auto se hace lugar por la Avenida Brasil —como la de la novela pero sin los personajes ricachones— hasta el túnel Santa Bárbara. Pocas cuadras antes, un puente ofrece una vista panorámica del Sambódromo —monumento a la fiesta pagana más importante del país, custodiado desde lo alto por una favela— donde las camionetas, motorhomes, carpas e hinchas argentinos se acomodan antes de la peregrinación diaria al Fan Fest. Sobre el mismo puente, un cartel parece mofarse de los argentinos que llegan después de 40 horas detrás del volante (algunos rezagados verán la final en un bar de la ruta brasileña y después seguirán hacia Río, en busca de consuelo). “Argentina, a sólo tres horas de aquí”, invita la publicidad turística nacional y muestra a sonrientes vacacionistas disfrutando la nieve patagónica. Después de tanto viaje, el invierno de 27 grados de Río hace sopesar el esfuerzo. La distancia también se hará sentir cuando la presidenta Cristina Kirchner reciba al plantel en Ezeiza, mientras miles emprenden el viaje en la lejana y ya no feliz Río. Pero para eso falta.
El túnel Santa Bárbara sale al barrio de Botafogo y, después, ya le sigue el destino: Copacabana. A pesar de los siete goles alemanes, los comercios ubicados en las céntricas calles del barrio playero aún lucen orgullosas guirnaldas verdeamerlas y tiras de pequeñas banderas brasileñas. En Junior y Nossa Senhora de Copacabana, a una cuadra de la costera Avenida Atlántica, se oye la música que desde temprano suena en el Fan Fest, a la espera del partido entre Brasil y Holanda. Las expresiones de protesta y rechazo contra la FIFA, el gobierno de Dilma y los gastos excesivos para la organización del Mundial quedan rezagadas por el interés de los comerciantes y rentistas en picar compradores de la marea de turistas: el hombre del carro de cachorro quente (panchos, pero muchos mejores que los súper con lluvia de papas) luce una camiseta argentina.
La señora que prometió el departamento al grupo de bonaerenses ya lo alquiló y también la segunda opción, y ofrecerá una tercera, que el grupo pagará con los reales que cambió en una cueva porteña por el equivalente a medio sueldo. Los hostels completos, los hoteles también. Las banderas de varias nacionalidades se saludan desde las ventanas, las camisetas se cruzan por las calles. Quedan mexicanos, ecuatorianos, ticos, yanquis y unos pocos holandeses, que en la tarde enterrarán un poco más la actuación brasileña con una goleada más decorosa que la alemana y se quedarán con el históricamente desvalorado bronce mundialista.
Pese a ellos, Copacabana es argentina. “Ooooh, te copamos Río, oooh, oh, oh. Ooooh, te copamos Río, brasilero, pecho frío.” Las casacas argentinas —de seleccionado y clubes— son locales, son las únicas que se hacen oír. En grupos de a diez, bajan cantando desde los departamentos hasta la costanera, donde se hacen grupos de veinte, cincuenta, cien, o un banderazo de mil. Sobre la Avenida Atlántica no existe lugar para estacionar. Varios autos se convierten en carpas: colchones en lo furgones de las camionetas, toallas secándose en los techos de los autos. Los micros que llegarán desde la madrugada del domingo estacionarán a varias cuadras y se irán rápidamente (eufemismo de un retorno de 56 horas en algunos casos), de vuelta tras el gol de Götze.
En Copacabana ya no hace falta el bocinazo cómplice al auto argentino que te deja o dejás atrás en la ruta. Saludar a cada argentino sería imposible. ¿Somos locales otra vez? ¿Por única vez? La mayoría de los jóvenes presentes fundan su éxtasis en la probabilidad de vivir algo que, posiblemente, no volverán a vivir: un Mundial, primero. Con la Argentina en la final, después. O todo junto. Uff. Ante cada cosa que sale mal, bien, regular, cada reflexión sale acompañada de un “¡estamos en Río, carajo, en la final del mundo!”.
La pregunta por las entradas es casi de rutina. Todos sabemos que el “intento” implica más de 1500 dólares en mano, que vinimos a cometer la locura de alentar al equipo lo más cerca posible. Vinimos a sentirnos parte, a vivir la fiesta o, simplemente, a autocumplir la profecía.
Falta menos de un día, el partido Brasil-Holanda en el Fan Fest sirve para tantear el terreno, para saber si conviene ingresar al corralito con capacidad limitada y venta exclusiva para la caja de la FIFA; o si se aprovecha la imposibilidad de privatizar la playa, el espacio entre el corralito vip y el mar, para acomodarse con la heladerita, el fernet y el pack de birras a disfrutar de la pantalla grande un poquito más de costado, pero con la libertad de meterse al mar y volver al fogón frío de la bebidas.
Los cantos se escuchan en cada esquina. Sólo se habla de la emoción de lo que vendrá en pocas horas. A la noche, en Lapa, las cinco cuadras de bares rebalsan el crisol de nacionalidades que atrae el Mundial. Miles de personas pasan la noche alrededor de las sillas y los puestos callejeros de caipirinha. Otra vez, los argentinos son los que dicen presente. Algunos brasileños ya se saben las canciones, filman, saltan. Mañana van a alentar por Lionel. Otros revolean vasos llenos de cerveza a un círculo más numeroso de fanáticos. Hace días que están soportando la del papá en casa.
El departamento está a una cuadra y media del Fan Fest y ni en la madrugada dejan de pasar grupos de argentinos entonando el repertorio más variado que un seleccionado nacional tuvo en los últimos años, acaso en su historia. La de “la banda quilombera” quedó jubilada. La ventana da a un pasaje peatonal en el que desfilan camisetas: “¡Deuteschelaaaaaaand!”. El alemán mira hacia la ventana del tercer piso sonriente, el argentino no le devuelve el gesto. Faltan tres horas y la Avenida Atlántica es un mar albiceleste. El número de argentinos que llegó entre la noche del sábado y la madrugada es notable, y lo es más aún cuando, después de ingresar a la playa por detrás de la pantalla del Fan Fest para ubicarse a un costado con la heladera, hay 50 mil argentinos ya acomodados.
Hacerse lugar entre la multitud en busca de una buena o regular ubicación para ver la inmensa pantalla, heladerita en mano, es tan difícil como sería llegar a los baños del estadio de River Plate desde el campo en un recital de reencuentro de Los Redonditos de Ricota. Salvo que la que canta en vivo desde el Maracaná es Shakira.
A cada freno del grupo para acomodarse, las miradas de los que están desde las siete de la mañana se clavan en la nuca; sin embargo, hay que plantarse y hacer ronda. Es difícil dimensionar cuánta gente hay atrás, adelante, a los costados. Es preferible controlar la cantidad de bebida y evitar hacer la peregrinación al gran baño público en el que se convirtió el bello mar Atlántico de Río, a pocos metros. El riesgo es no reencontrar al grupo a la vuelta. En el océano de argentinos se arman pequeñas islas entre los que utilizaron las habilidades de las vacaciones de la niñez para edificar barras de bar espontáneas, en las que despachan cervezas, tragos, sánguches.
“Brasiiiiiill decime qué se siente…” Media hora antes los nervios son incontenibles y la ansiedad explota en un aliento que no se detiene. El clásico de 2014 también es entonado por suecos o franceses que alientan por el equipo de Messi, Kun, Pipita. Se saben todo el plantel e intentan modular las canciones. Graban, quieren unirse a una fiesta que los excluirá más adelante, cuando alguno los tilde de mufa y les tire un “shhh”. Es un estadio horizontal en ojotas y mayas, con el sol que eleva la temperatura y las burbujas. Los que no se hayan entrenado con varios veranos en Gualeguaychú o Mar del Plata, no van a resistir el partido planteado en Río. En los parlantes de la fiesta playera organizada por la FIFA suena “JiJiJi” y después “La mano de Dios”. Te copamos Río.
De un momento a otro, los nervios plantan el silencio: Lionel está en el túnel, Higuaín saluda a uno de los alemanes. Salen. La cámara hace un traveling hacia atrás: el árbitro no va tomar la pelota de frente, como ocurrió en cada uno de los 63 partidos anteriores, porque la lleva en la mano. La que está en la tarima, la que se mira y no se toca, es la dorada Copa. Frío, palpitaciones, tembladeral: hoy no es sólo un juego de pelota, hoy es el puto día Mundial. Estamos en la final. ¿Messi sabrá los miles que estamos acá sin poder verlo y sin que pueda escucharnos? ¿Lo sabrán los otros diez? ¿Los 23? ¿Marcaría una diferencia en la actitud con la que saldrán a jugar? Mano en el corazón. Hay un “shhhh” masivo que recorre la arena. A coro: “Ooooh, oooh, oh, oh…”. Quizá se haya batido un récord Guinness al tararear el himno entre tantos. Gritos, abrazos colectivos, la sensación de que la Copa se juega en la playa, la certeza del hincha argentino de que “los partidos también se ganan en la tribuna”, aunque se esté a cinco kilómetros del Maracaná.
Nadie canta ya. Las cabezas se mueven por tics, para enfatizar una puteada, un grito de aliento, para perfilarse mejor respecto de la pantalla. Respiración colectiva, puntitas de pie, el Pipa queda solo frente al arco de Neuer. Messi apila, la tira al medio del área chica. Centro de la derecha, llega Higuían. La playa explota. En el primer segundo se grita en el lugar. Después una ola de energía desparrama todo: gente en el piso, arrodillada, boca arriba, manos extendidas, tetras volando, conservadoras dadas vuelta. Nada, banderín arriba. Orsai. Ese grito va a ser una daga, la primera lágrima derramada y la última gota del vaso de la desgracia que rebalsará Götze a los 113 minutos. No sólo se escapa el sueño ideal sino que deja palpitando, en carne viva, el cómo se siente.
La confianza del primer tiempo pasa a ser nervio puro en el segundo. La transmisión oficial muestra que somos miles. Todo el mundo ve la magnitud y la locura que colman la playa. La transmisión muestra un Cristo Redentor coronado por el sol. Algunos miran hacia atrás y se dan cuenta de que está allá a lo lejos en el morro. No se habían detenido en otra cosa que la camiseta, pero aprovechan para pedirle una mano.
La mano de Dios esta vez no va a llegar ni en el tiro del final. Ni para hacer divina la máxima acción heroica del mejor jugador del mundo en la situación más épica de la final más ansiada. Otro puñal. El tiro libre de Messi se va alto, lejos de la precisión exquisita del 10 y del travesaño de Neuer. El pitazo del italiano dice que ya no hay más tiempo para el milagro. El pitazo espanta a las hadas con botines, que vuelan rápido y abandonan el libro sin final feliz. La arena es un desparramo de envases, ojotas, mochilas, algunos empujones. Por primera vez, se escucha sólo el mar. Poco después, el llanto de un amigo, de otro argentino. El silencio por un largo rato. Unos pocos esbozan: “Y en las malas mucho más”.
La transmisión se corta en el Fan Fest después del silbatazo. Hay una banda en el escenario, dicen que “ésto es sólo un juego”, pero nomás bailan los alemanes y los que quedaron eliminados antes y se quedaron a la fiesta mundial. No podemos ver ao vivo cómo lo viven nuestros jugadores, cómo Messi recibe el premio al mejor jugador. No podemos mimetizarnos con ellos para paliar el dolor. Quedamos más lejos de ésos a los que vinimos a alentar sin que nos escuchen. Nos quedamos en la arena un rato largo, frente a una luna roja inmensa que se levanta sobre el agua, en el horizonte. Hubiese sido la refundación del carnaval de Río. Hubiese sido el Carnavalazo.
Un souvenir para la vuelta. La vendedora lo envuelve con el diario del lunes y deja a la vista a Schweinsteiger besando la Copa. Se ríe, jura que no fue intencional. La tapa del periódico O Dia dice: “Argentina decime qué se siente perder la Copa en casa de papá”. Así, en castellano. Un brasileño, como tantos otros, lleva puesta la camiseta de Alemania. No sólo eso, tiene estampado el “7” de Schweinsteiger, el “7” de un alemán. Masoquismo incomprensible para el también descabelladamente apasionado hincha argentino.
En la primera parada del largo regreso, todavía en Río, una brasileña me toma del brazo y me dice: “Jugaron un gran partido. Son el segundo mejor equipo del mundo. Sepan valorar eso”.
Quedan 40 horas de viaje hasta casa. El repaso lógico de cada jugada. El repaso emotivo de lo que no pudo ser. La certeza de lo inexplicable que es vivir el fútbol de esta manera. La alegría de haber disfrutado la primera final de nuestras vidas a pasos del (los) mejor(es) de nuestros tiempos. Las cuentas para llegar a Rusia. Las estadísticas para no perder las esperanzas: 1974/1978, 1986/1990, 2014/¿2018?