
Por Ana Esperança
Afuera llueve y Julián Oroz, cantautor que acaba de grabar La importancia, su segundo disco de estudio, habla de su vida y de sus planes. Por decisión espontánea, el espacio elegido es la cocina: un cuadrado pintado de azul. Convida un mate amargo y el hocico rosado de su gata empaña el vidrio de la ventana que da al patio. En la casa hay calor de hogar. La gata tira una panorámica y enseguida se hace un ovillo olvidándose del mundo. Sabe que está a salvo.
—En tu música suena mucho la canción uruguaya. ¿Cómo fue esa elección?
—Anclo a pleno en la música uruguaya. En mi familia se escuchaba mucha y además viajábamos bastante hacia allá. Montevideo me recuerda a Boedo, el barrio donde nací. Tiene algo de antiguo, de melancólico. Siempre digo que la música uruguaya tiene la alegría rítmica brasilera y la nostalgia argentina del tango. Mi música, además, tiene mucho de rumba española, que en realidad viene de un carnavalito mal aprendido mezclado con rumba y candombe. Lo bailable para mí es análogo del humor: como vengo del teatro lo asocio con eso; y a través del humor se pueden decir un montón de cosas esenciales. El toque de murga y candombe lo saqué de Jaime Roos. En realidad yo hacía una mezcla hasta que en Montevideo aprendí los toques. También empecé con la música bailable porque cuando arranqué con mi hermano éramos guitarra y percusión: tenía que explorar el instrumento para explotarlo. Son géneros que desde la guitarra se marcan mucho con los apagadores. Pero siempre conecté con la parte rítmica. De hecho el primer instrumento que estudié fue el bajo. Hablo de lo bailable dentro de lo que yo puedo tocar. Por ejemplo Tote, el percusionista, que es muy creativo, en el set tiene un timbre de hotel y llaves, usa una estructura de batería con cajón peruano como redo y yembé como bombo. Investiga mucho las sonoridades de los timbres. El tema pasa por ir tomando cosas de distintos lugares y, de ahí, construir. Así se van presentando transformaciones y cruces, y aparecen cosas a veces muy interesantes.
Antes de La importancia, Oroz grabó Las cosas que se ven con los ojos cerrados y participó del proyecto Si no tenés a donde ir con la Asociación Paunero. Una de las novedades del último disco fueron los músicos que colaboraron y que ahora lo acompañan. Participaron Ignacio Pello en ukelele; Felipe, su hermano, en los tres tambores de candombe (piano, chico y repique); Víctor Siete en pandeiro; Giovanna Fusco en acordeón; Tote Gómez Vega en percusión; y Guido Chiatti en bajo. La banda actual la conforman sólo los últimos tres.
—¿Cómo vivís el hecho de tener una banda para tus canciones?
—Me motiva muchísimo. Ellos son mucho mejores músicos que yo. Musicalmente, con ellos tengo resto, puedo descansar. Yo aporto lo teatral, las canciones, pero en términos musicales estoy muy sostenido por la banda. Además, tengo permanentemente una mirada sobre todo. A Ignacio Pello, que vive conmigo, yo le llamo el “productor encubierto”, por la cantidad de escuchas que hubo en esta cocina. Guido, el bajista, me devolvía la pelota todo el tiempo; creo que entendió el quid de la propuesta de entrada. Cuando estás grabando un disco, en un momento te hacés todas las preguntas que no te habías hecho; y está bien que el disco se vaya manifestando solo, a su ritmo, pero hay ciertas cosas básicas de las que en la vorágine uno olvida el origen, y con él todo el tiempo las recuperaba. El nombre del disco, por ejemplo, que arranca con un tema que se llama “La importancia de decir te quiero” y termina con “Uno a uno”, canción que concluye diciendo “nada es tan importante”, salió desde esa asociación. Caí en la cuenta de que había una contradicción, pero lo interesante también estaba en eso. Él me ayudó a ver la dimensión espiritual o de intención de este trabajo. Todos los músicos en realidad fueron muy importantes.
Julián Oroz tiene una capacidad de análisis perspicaz. Como un artesano de la palabra, va uniendo piezas que parten del sentido común y rozan inquietudes filosóficas más allá de lo musical. Y entonces la conversación merodea tópicos del tipo “no existe una sino múltiples verdades”, “la vida te va dando vuelta el bote”, “si sos demasiado rígido, te partís”, “hay que usar una pierna y la otra, como en el tango, favorecer el equilibrio”. La charla avanza en una propuesta de entrega a lo lúdico y en la confianza depositada en una creatividad que sobreviene y a la que se deja ser: “Mentiría si dijera que no voy pensando lo que hago, soy sanguíneo pero también muy cerebral. Parto de una idea global, de un gran pilar. Pero confío en el inconsciente y el significado que tiene: ahí hay un yo mucho más pasional”, describe.
—Decís que lo importante es hacer lo que uno ama. ¿Qué impacto tiene practicar eso?
—Para mí lo esencial es que el arte sane. En principio sanándome, haciendo lo que siento que quiero hacer. Y de esa manera, a los demás. Ése es el mensaje. Creo que el arte es una inmejorable oportunidad para expresar un mensaje, sea cual fuere. Con la música me siento al lado del fuego, tiene eso de hogar, por eso lo de sanar. Trato de conectarla siempre desde un lugar que tire para adelante. No es que sea todo pum para arriba; para hacer arte hay que estar en cierta situación de incomodidad, de no resolución, pero la decisión última siempre es ir hacia lo que abre.

—¿Cómo te favoreció el teatro para lograrlo?
—Tuve la suerte de estudiar clown con Cristina Moreira, una grosa. Lo musical tiene mucho de escénico y el teatro ayuda a vibrar mejor el vivo. Por ahí, uno arriba del escenario es una estatua. Está bueno dejar paso al lenguaje de los cuerpos. Igual no estudié teatro por eso, pero reconozco que ayudó mucho. Con la técnica del clown terminé de encontrar el último enfoque en ese sentido: ser consciente de que cada movimiento, por mínimo que sea, está contando algo. Desde mi óptica, un vivo cambia muchísimo a partir de esa herramienta que es el cuerpo; es otra la relación con el público, con lo que está pasando, con la música.
El primer instrumento que tuvo fue una guitarra que le regaló su padre a los ocho años, pero fue a los catorce que por decisión propia y estudiando bajo eléctrico se acercó al lenguaje musical. No estudió música en institutos ni escuelas. Su formación artística sólo hizo pie en una institución, cuando empezó teatro en el IUNA. “Música estudié con profesores particulares. No es que esté en contra de las instituciones, pero sí me parece que a veces generan fragmentaciones en cuanto a la formación. Tampoco creo que el aprendizaje pase por estar permanentemente de viaje. Hoy creo que lo real pasa por buscar el equilibrio”, sentencia.
En palabras de Julián Oroz, el disco tiene algunas canciones “más sanguíneas” y otras “más cerebrales”, pero en general es un disco breve. Su manera de encontrar la estructura de la canción busca ser simple. Son canciones cortas, direccionadas, que podrían aplicar a una suerte de minimalismo estético de contenido. “La forma que más me va a la hora de hacer canciones es buscar la sencillez. Tenés poco tiempo para desarrollar una historia, el tiempo de la canción es fugaz. Es un lenguaje rápido. Mi estilo busca ser preciso. Si es demasiado enroscado no se llega a entender”, analiza. “Por ejemplo, ʽPor el chatʼ es una canción que se desarrolla muy rápidamente y está toda la historia; ʽTialasfloresʼ, también. Me gusta esa retórica, me siento cómodo ahí”, dice.
—Tu trabajo se podría enmarcar en la música popular. ¿Estarías abierto a algo diferente?
—De una. Claro que ya hay una base. Pero, de hecho, ahora estoy en planes de hacer algo con un rapero, Joaquín Alarcón. Me gusta que el rap tiene la acción bien dirigida. Se trabaja con lo explosivo de la palabra, lo que tiene mucha potencia, como si fuera patadas ninja. Tipo la poesía de Alejandra Pizarnik.
Sobre la mesa de la cocina reposan mate, termo y un disco con la cara de un zorro rojo que apenas se adivina detrás de un racimo de hojas silvestres, arte de tapa a cargo de la ilustradora Pez de Tierra. Cuando el nombre de este disco de siete breves canciones se manifestó por sí mismo, manifestó también la posibilidad de abrir un espacio para pensar lo que para cada uno es importante. “El nombre apareció porque era recurrente desde un sentido global. Me pareció bueno que cada quien evaluara qué es lo importante desde su perspectiva. Y también el hecho de que en sí mismo lo importante pueden ser muchas cosas, a veces opuestas entre sí: es importante la presencia pero la ausencia también tiene un valor de significado”, reflexiona. Su pensamiento integra opuestos: es consciente de que en el mejor de los casos siempre se puede intentar reconciliar las partes, ponerlas en diálogo.
—Ahora que hay disco y banda, ¿cuál sería el próximo movimiento?
—Los planes son salir a tocar. Ya hay fechas. También me encantaría salir de viaje con la banda, pero no quiero decir nada porque no hay nada concreto todavía. Estoy muy contento de estar acompañado por estos músicos, que no sólo tocan, ¡también cantan! Eso aporta mucho. Volviendo al tema de lo escénico: cuando salen las voces, sobre todo desde una forma coral, todos juntos, se abre otra dimensión muy rica musicalmente hablando, otro compromiso. Se genera algo muy especial, re potente. Como dice Cabrera: “Aquel que canta milonga en tono mayor y anhelante, conoce que en la platea va el corazón adelante”.
Fuente: NAN #18 (octubre-diciembre 2014). Conseguila en nuestra Tienda Virtual.