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“Pezones mariposa” en El Camarín de las Musas.-

La obra creada por Bernardo Cappa pone en escena la cruda realidad de los clubes de barrio que luchan por salir adelante mientras sostienen bien alto la bandera de la pasión.

Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de Pezones mariposa

Buenos Aires, marzo 15 (Agencia NAN-2011).- La historia es sencilla, cotidiana, tierna, nostálgica; y en el buffet de un club de barrio logra la poesía a través de la pequeñez, a pesar de su costumbrismo y gracias a él (paradoja que resulta exquisita si se habla del under local). Del hambre de gloria trata Pezones mariposa, una de las últimas creaciones del director Bernardo Cappa, quien pone en escena la más intensa pasión argenta y al mismo tiempo suya personal, el fútbol. Ese hambre de gloria –que posesiona al personaje del indiscutible Lorenzo Quinteros– contrasta con la quietud del buffet y con el paso de los días sin ton ni son, materializados en unos muebles añejos y venidos a menos que distan mucho de sugerir que algo está por cambiar.

Pezones mariposa no se llama así porque incluye entre sus personajes a un grupo de botineras. El título alude a Lionel (Fernando de Rosa), un joven chaqueño que trabaja junto a Cesáreo (Quinteros) en el buffet del club. Los une una relación “familiar”, pero más estratégica que afectiva: Cesáreo, que en su pasado fue un jugadorazo, proyecta en el joven sus deseos de triunfo, a pesar de que Lionel ya no juega hace tiempo y se dedica a limpiar los baños por estar notablemente excedido de peso. “Te han crecido los senos. Las tetitas no estaban tan grandes”, le dice Cesáreo a Lionel, que lleva ruleros y faja, y que se prepara para salir a la cancha con un curioso sistema de poleas. Ambos esperan una llamada de Bolivia que cambie el rumbo de los acontecimientos.

Mientras preparan la entrega de medallas para las chicas de patín –con quienes fantasean y se excitan–, cae al buffet Ricardo (Darío Levy), un miembro de la comisión directiva. Desde que ingresa a ese lugar detenido en el tiempo se nota que lo que trae no son buenas noticias: de movida pone en evidencia que el local ha entrado en la decadencia, al recalcar que sólo queda una mesa y pedir un café que deja ver que la máquina está en desuso hace quién sabe cuánto. En un segundo encuentro, claramente más hostil, Ricardo llega para decirle a Cesáreo que está endeudado hasta la manija. Y que se olvide de una vez por todas del buffet, que repiense su función en el club.

La trama de Pezones mariposa tiene su anclaje en la cruda realidad para los clubes de barrio, que data de un par de años atrás (la retrató en 2004 Luna de Avellaneda, la película de Juan José Campanella). “Teníamos una pista de baile, ya no tenemos más. ¡Esto era un club de fútbol, ahora patín! ¡Patín! ¡Putos, ahora somos todos putos! Acá había un escenario de cemento… hasta el escenario vendieron”, recuerda Cesáreo, en uno de los parlamentos que aluden a la decadencia de la institución. También es cierto que, si bien la obra parte de un acontecimiento real e innegable, construye su mundo propio y extraño, aunque verosímil (por ejemplo, el muchacho y el sistema de poleas). En esto influye la calidad de las actuaciones.

En su totalidad, Pezones mariposa funciona como metáfora del anhelo, como dice ese viejo tango que le entona Cesáreo a Lionel, “Pasional”: “No podrás nunca entender lo que es amar y enloquecer. Lo que es vivir muriendo de ansiedad”. Un hambre de gol que es tan intenso en el corazón de los personajes y que se hace visible en su sometimiento a las más intrincadas pruebas, así como también en inesperadas mentiras y traiciones. Y el anhelo es tan fuerte que parece ignorar el entorno, la geografía compuesta por una serie de cacharros inútiles y en desuso, que son paradójicamente el trofeo que ha obtenido Cesáreo de sus años dorados como futbolista. Tal vez sea por eso que valora tanto ese espacio. El diálogo se hace constante entre los objetos que componen la geografía, lo que dicen, sienten y hacen los personajes (Eliseo Verón hablaría de reenvíos metonímicos), y un afuera que es peligroso, censurador.

Finalmente, cualquier obra que hable de fútbol acaba en un sentido último, la identidad, camino que en el recorrido de la obra no es tan obvio ni necesario, porque la victoria y el fracaso parecieran ser las varas con las que se mide lo que sucede. Pero, efectivamente, la trama se va entretejiendo con retazos de argentinidad: el rechazo al boliviano, al chaqueño, la viveza criolla, la nostalgia tanguera, el peronismo, la pasión por las mujeres y el irrefrenable deseo sexual. Aunque los sucesos viajan rápido y los diálogos están cargados de sentido, el ritmo de la obra es siempre lento, pausado, como la vida del club de la esquina que todavía puja por sobrevivir. Y quizá, de eso se trate el triunfo…

* Viernes a las 23 y sábados a las 21 en El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960.