
Por Loreta Neira Ocampo
Mucho se ha discutido en el campo de la historia del arte acerca de si la situación social del artista determina la articulación de su obra. Hay dos posturas históricas que niegan la relevancia del componente cultural y social en el arte: el idealismo metafísico y el romanticismo. Ambas tendencias le confieren al artista características de genio y/o iluminado. Las posturas más marxistas prefieren hablar del arte como el más fundamental acontecer histórico de la sensibilidad humana; es decir que a partir del anclaje histórico y social es que se produciría el proceso estético en general. Esta manera de concebir el arte parece ser más razonable en una sociedad como la nuestra, pues diariamente nos encontramos con artistas de todo tipo y muchos de éstos parecen ser personas comunes, con más o menos sensibilidad que otras, con trabajos, familia, amigos, pero no nos atreveríamos a hablar de genios, ermitaños o pseudodioses; simplemente podemos hablar de gente que opta por evitar que la cotidianidad los digiera así nomás y que prefiere dejarse poseer de creativas maneras por todo lo que invade. Personajes comunes cuya voluntad creadora apunta a la consolidación de un modo de vida propio y sincero, derribando muros y gastando el tiempo en hermosos “algos” que nadie sabe realmente en qué consisten pero que terminan siendo experiencias estupendas.
En la Ciudad de Buenos Aires encontramos a Pablo David Sánchez Pitucardi, músico y artista visual. Así, en ese orden no cronológico de prioridades. Pablo David no se hace llamar Pablo ni David, y responde más rápidamente a Pitucardi, apellido sobrenatural que adoptó como seudónimo para sus proyectos artísticos. ¿Por qué? Ante la pregunta, Pitu (como lo llaman sus amigos) ríe y comenta que prefiere no revelar la larga historia que hay detrás de su apodo. “¿Te molesta?”, pregunta. No, claro que no; el misterio es parte del arte.
Pitucardi nació en marzo de 1983 en Mar del Plata, momento de éxtasis internacional por la música pop, el nuevo rock sucio hecho por jóvenes con caras limpias, la estética chillona saturando las pantallas y un ánimo de resistencia exasperada en la juventud argentina luego de una dictadura castrante que marcaría la historia del país para siempre. El terreno y el fenómeno ochentoso fue fuerte, bailable, frívolo y consciente, dependiendo en quién cayera y en qué momento. Fue aplaudido y odiado, como todo boom. Un hecho innegable con respecto a la década en cuestión es que la música que sonaba al palo y sin cesar en las radios de muchas cocinas de hogares latinoamericanos se convirtió en la música de raíz de varios jóvenes de hoy. No el folklore campesino, no el folklore inventado, no la música docta: los ’80. Si bien hoy declara entre sus referentes a Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui, Caetano Veloso, entre muchos otros que no adscriben a la estética de hombreras y gel, en la música y en las palabras de Pitucardi entran nombres como Virus, Prince, Miguel Abuelo, Kate Bush y otros emblemas de aquellos llamativos años. También entre los músicos que lo inspiran menciona a los chilenos Javiera Mena y Alex Anwandter, ambos con mucho beat y midi de los ochenta, sonido que utilizan con una frescura similar a la que emplea el ex integrante de Di Hombrecit y RuloMan, y que combinan con el amplio abanico de estilos musicales que se abre cuando la curiosidad por conocer otras formas de vida y sonoridades late fuerte.
A pesar de estar dedicándose mayormente a la música, Pitu admite que en la primera etapa de su crecimiento se inclinó más por el arte visual: “Creo que, como todo ser humano, lo primero que empezás a hacer es dibujar. De chiquito dibujo, siempre dibujé. El secundario al que iba fomentaba la cuestión artística, y a los 14 años muchos amigos míos tocaban la guitarra; ahí me dieron ganas de agarrarla. Más bien, quería ser bajista. Quería formar bandas en el colegio y todo eso. Al final, a los 15 me compré una guitarra, porque me empezó a gustar mucho Soda Stereo. Empecé a tocar y seguí haciendo más o menos las dos cosas hasta el día de hoy”.
—¿Cómo fueron tus primeras experiencias musicales?
—En el colegio tuve una banda que se llamaba La Charaja Maldita. Con ellos hacíamos covers de The Beatles y de Emerson Lake & Palmer, y en realidad tocamos dos veces en vivo, y las dos veces hicimos dos temas: uno de The Beatles y otro de Emerson Lake & Palmer. Después tuvimos bandas imaginarias con otros compañeros. Tuve un dúo también, con otro compañero del colegio, Manuel. El dúo se llamaba Led Trevelling. Ése era casi un dúo de protesta. Protestábamos contra lo que nos pasaba como adolescentes.
Pitu está sentado en la terraza de su casa en Colegiales y tiene una escarapela argentina en su campera que le da a su look moderno y relajado un toque distintivo y algo freak. Su rostro delata que durmió poco y comenta que la noche anterior fue larga, pues ensayaron con La Pandilla del Verano, banda en la que canta y se desempeña principalmente como guitarrista, aportando también canciones de su autoría. Al ritmo de unos mates abrazados por una cálida mañana, el chico que acaba de lanzar en formato digital su primer disco, Expediciones Científicas Vol. I, cuenta que cuando le hicieron un test de orientación vocacional en el colegio el resultado fue: 50 por ciento músico y 50 por ciento artista visual. “Igual el test era una boludez”, remata.
—¿Por qué decidiste estudiar artes plásticas y no música, finalmente?
—La verdad es que nunca contemplé la idea de estudiar música. Me veía más siendo ilustrador, pensaba estudiar dibujo. Pensaba que quería trabajar haciendo eso. Siempre tuve una visión algo ilusa sobre el mundo en ese sentido, como inocente. No me imaginaba una salida laboral “real”. Quería estar haciendo eso: dibujar, pintar. Igual del todo no se perdió, por suerte. En realidad, en el fondo, sigo pensando eso.
—¿Cuándo y cómo empezó a ser la música el foco de tu atención?
—Cuando me fui para La Plata a estudiar a la Facultad de Bellas Artes tuve varias bandas. Por eso también tardé un rato en el tema facultad. Me parecía que había muchas cosas interesantes para hacer e investigar además de sólo eso. Después me fui a Brasil. Brasil estuvo buenísimo. Viví en Río de Janeiro y casi ni trabajé. Me estuve dedicando más que nada al arte. Fue algo así como un año sabático. Sí, fue mi año sabático. Traté de no tener un empleo estable. Traté de sólo pintar, tocar, dibujar. Publiqué un libro infantil, participé de exposiciones. En Brasil empecé a ser más artista plástico, en realidad. Cuando volví a Buenos Aires, de hecho, entré en una galería que ya no existe, que se llamaba Carmen Sandiego, y ahí empecé a dedicarme más a las artes plásticas. Igual siempre mantuve lo de la música y estoy enfocándome cada vez más puramente a eso. En Brasil hice “Blanca” y “Luna”, dos temas que están en el disco. Creo que siempre quise ser músico, la verdad.
—¿No considerás al arte un trabajo?
—Es difícil esa pregunta. Siento que cualquier cosa que diga se puede malinterpretar, me da un poco de miedo. Para mí el arte es vocación. Posta. O sea, más allá de todo lo que me pasa en la vida, yo tengo que hacer esto; tengo que hacer canciones, tengo que hacer dibujos. Es eso: una vocación. Siento que es difícil darle el nombre de trabajo, porque en el trabajo vos vendés tu tiempo para ganar plata y así poder sobrevivir. O yo por lo menos al laburo lo pongo en ese lugar. Y sí, es genial cuando combinás el placer con el trabajo. Cuando tocás y te pagan, por ejemplo, es genial pero es muy difícil para mí verlo como un trabajo, porque está la concepción de que el trabajo es pasarla mal. Tanto así que te tienen que pagar para trabajar. O sea, yo creo que el trabajo es vender tu tiempo, básicamente. Yo con mi tiempo quiero hacer otra cosa. Si me pagan además por eso que me gusta hacer, buenísimo. Pero eso: para mí pasa más por una vocación el arte, no lo llamaría trabajo.

—Y cuando te encargan una ilustración, por ejemplo, ¿la ejecutás con la misma pasión que cuando haces algún dibujo que simplemente te surge a vos?
—Siempre trato de dar lo mejor. Las herramientas ya las tengo. O sea, las elecciones que hago, las maneras, las canciones que toco, todo eso es un mensaje que estoy dando. Cuando me hacen un encargo, trato de que todo eso se vea, porque alguien va a ver eso que te encargaron y está bueno que quien lo vea, vea que sos vos.
—¿El arte es comunicación?
—Sí. Para mí hay un mensaje. No soy Bob Marley y no es que tengo el mensaje para dar. Me encanta Bob Marley, igual. Pero a lo que voy es que no vengo a predicar una palabra. El arte es un lenguaje. La música es un lenguaje, las artes plásticas son un lenguaje. Hay algo que se transmite. Hay cosas que las palabras no pueden decir. Hay cosas que me cuesta mucho expresar con palabras. Cada día aprendo más y me cuesta menos, pero me cuesta igual. Creo que la posta de lo que tiene para decir todo artista lo dice a través de lo que hace. Es como cuando mirás una entrevista de un artista que te gusta mucho lo que hace y lo ves hablar y decís “éste es un tarado”. A mí me pasó y creo que simplemente tiene falencias para expresarse verbalmente; lo que tiene para decir, lo puede decir a través del lenguaje que mejor sabe manejar. Creo que el arte es una herramienta para decir eso que con palabras no podés. Lo que tengo para decir lo digo mejor en canciones, con música, con ritmo, con gestos.
—¿Lo que hacés es entendible para todos?
—No. Claramente no. Pero las palabras tampoco son entendibles para todos. Lo que pasa es que hay más consenso. Estamos más acostumbrados a las palabras, pero yo también digo algo y cada persona lo interpreta de distinta manera. Tampoco podés estar controlando o pretendiendo que la gente entienda lo que vos querés que entienda. Nunca vas a poder lograr eso. Con el arte menos, porque es mucho más abierto.
—¿Trabajás tus creaciones para que sean entendibles para una mayor cantidad de gente?
—A medida que uno va creciendo y va aprendiendo otras cosas, te vas dando cuenta de cómo otros miran o entienden algunas cosas. Ahora me preocupo por cosas que antes no. Ahora trato de grabar mejor los temas para que se entiendan y suenen bien, o de tocar con instrumentos que más o menos anden bien. Pero en general no, no me parece bien pensar tanto en eso. Me parece que las cosas que hago así como están alguien las va a entender de una manera en la que le haga bien y ya.
En Expediciones Científicas Vol. I hay una combinación de géneros que reflejan lo que la mirada de Pitucardi transmite cuando está contestando una pregunta: hay ansias por conocer, por expandir los horizontes dados; hay dudas y hay ganas de cagarse de risa y de miedo; hay apertura pero siempre dejándose algo para él, algo que incentive al otro a querer ver más allá y a él mismo a seguir buscando cómo abrirse. Cada persona tiene un modo de ver que es absolutamente propio, pero condicionado sin duda por el entorno, por las vivencias. Cuando charlamos con Pitu podemos entender por qué suena un huayno con batería electrónica o un tema en ritmo brasilero con líneas pentatónicas que habla de una canción inmaculada en la que además aparecen los nombres de John y de Yoko. La música de Expediciones Científicas parece eso: un colorido collage de sonoridades provenientes de los distintos lugares que su creador ha visitado y vivido, ya sea en formato real o imaginario, y todo envuelto en un mundo artístico que parece no distanciarse mucho de la vida misma: hay humor, amor, calle, ritmo, matices, misterio y un glorioso, ansiado y perturbador mundo ideal que altera las acciones terrenales. Pitu parece vivir aquí y allá. Sea donde sea eso.
—¿La mezcla de géneros y sonoridades en tu trabajo es consciente o simplemente fluye de esa manera? ¿Hubo un concepto para hacer el disco?
—Sí, lo pienso. Hay claramente un tema brasilero, que es “Blanca”, homenaje a Jorge Ben Jor, un músico que admiro muchísimo. Después hay un tema que se llama “Melón Ramita”, cuya base es como un huayno, aunque ahora se transformó y por ahí no se nota tanto. Al igual que “Luna”, que también es un huayno. “Luna”, por ejemplo, también la hice en Brasil y es un tema cuya letra no es mía, es de Martín Lavernhe, un amigo de La Plata. Hay temas como “Traidora pecadora”, más pop. Hay temas románticos, también, como “Nuevo”. Es raro porque yo no sé si soy de expresar románticamente mi amor pero en una canción me sale así. Imagino el disco como algo chiquito, como si fuesen canciones de juguete, algo así. Ése puede ser el concepto. De hecho, las canciones están armadas con pocos elementos, porque grabé prácticamente todo yo. Todas tienen baterías electrónicas que quiero que suenen a batería electrónica, no hay una búsqueda a sonar a banda. En algunos temas grabaron amigos míos como Andrés Sartison, Víctor Borgert, Ignacio Pello, Lea Franov y Fernando Palazzolo; el Tincho (Martín Lavernhe) grabó también. Si hay un concepto, sería ése: un espacio pequeño en donde transcurre todo pero a la vez… Es como el armario de Narnia: vos entrás a un cuarto, te encontrás con un lugarcito, abrís ahí y sale un brillito. Es algo pequeño pero hay todo un mundo dentro.
—¿Cómo es tu momento de hacer letras? ¿A qué apuntan?
—En general las canciones me salen a partir de una frase que tengo dando vueltas, por eso tengo un problema con hacer letras largas y ahí sí tengo que hacer un trabajo distinto. A veces siento que es sólo es eso, la frase, lo que quiero decir, entonces me cuesta después inventarle algo más. Cuando he tenido que hacer ese trabajo de sentarme a escribir un poco más, me gustó hacerlo y quedé bastante conforme. En “Blanca” lo hice. “Blanca” tenía una letra re corta que decía: “Blanca en blanco, así es mi canción preferida”. Todo lo demás que dice la letra ahora, lo escribí pensando en imágenes de lo blanco. Fue más mental ese trabajo. ¿Y a qué apuntan? No sé. Siento que el medio es el mensaje, quizá. Me gustaría que mis canciones transmitan frescura, curiosidad por el mundo, alegría de hacer música, y creo que eso, todo eso que quiero que transmitan, no es necesario decirlo en la letra.
—¿Cómo te sentís tocando tus canciones con otras personas?
—Me encanta. Está muy bueno el ejercicio de tener una idea y decir “bueno, trabajémosla entre todos”. Es difícil cuando ya trabajaste la canción de antemano solo. Por ejemplo, muchas veces grabo las canciones en el Abbleton con bajo, bata, guitarras, arreglos, y otras cosas, todo solo, y ahí es un poco complicado porque ya tengo una idea muy formada de la canción. Cuando entra otra persona a tocar, la canción va mutando, va tomando otra dirección muchas veces, y no es que está mal eso, simplemente a uno le cuesta. Hay que ir acostumbrándose a la idea de que la canción es un ser mutable. Ahora estoy tocando con mi banda, que se llama Las Expediciones Científicas, y armo algo tratando de no trabajarlo mucho solo; cosa de decir “bueno, hice esta canción en la guitarra, armémosla”, porque así es más interesante.
—¿Cuál es la diferencia entre el formato solista y con banda?
—Al tocar solo puedo tocar en cualquier estado: borracho, drogado, como sea; y está bueno, sale bien porque manejás el clima, los tiempos, todo. Ya cuando estoy borracho o drogado y hay otra gente, la otra gente se puede poner medio incómoda o no sé. Cuando toco en formato solista la comunicación que hay que tener es la comunicación entre la gente y yo, y eso me encanta. Es muy sincero. Cuando tocás en vivo con una banda necesitás lograr ese equilibrio entre comunicarte con los de la banda y comunicarte con el público, y a veces es difícil pero está re bueno.
—¿Qué le aporta tu música a la movida musical actual?
—Me gusta que haya cierto misterio en la música y en las artes en general. Me gusta que no sea algo totalmente traducible en palabras. Me gusta que el arte sean pistas y que éstas sean lo suficientemente abiertas como para que el otro pueda captar algo de eso y completar la obra con lo que quiera. Mis canciones son canciones sinceras. Nacen de algo que me da vueltas. Tienen humor y también son románticas, porque la vida es tragicómica. Y el arte también.
* Pitucardi presentará Expediciones Científicas Vol. I el próximo viernes en Vuela El Pez junto a Los Tremendos y el viernes 10 de julio en C’est La Vie (La Plata).