El quinteto repasó sus temas, asociados al folklore, al tango, el jazz y músicas populares del mundo, en un ambiente de intimidad y oscuridad. Fue ideal para disfrutar los detalles, gestos y sutilezas de la banda.
Por Sergio Sánchez
Fotografías de Ana Farías
Buenos Aires, agosto 7 (Agencia NAN-2012).-Con total impunidad, Puente Celeste le da una cachetada a la manía periodística de etiquetar y definir la música (y todo a su paso). Pero, algo hay que responder o decir ante la pregunta ineludible: “¿Qué hacen estos muchachos?”. En vivo, cuando suenan los primeros temas, la instrumentación y las sonoridades permiten asociar al quinteto con el folklore argentino (entendido aquí como género), principalmente de la zona litoraleña y cuyana. Sin embargo, como todo proyecto del que participa Santiago Vázquez, la cosa no se queda ahí, va mucho más allá: en el grupo también late el tango, el jazz y músicas populares del mundo (hay sonoridades árabes y africanas, por ejemplo). Lo curioso es que no hay sobresaltos entre canción y canción: todo suena a Puente Celeste, todo pasa por su tamiz. No se oyen géneros tradicionales puros, sino “aires de”. Es más, el grupo sorprende a cada paso. Los músicos interpretan y exploran las posibilidades de sus instrumentos (incluidas sus voces y hasta sus silbidos) de manera casi obsesiva, cuelgan con largas improvisaciones sin caer en el tedio y manejan los climas como si se tratara de una pieza teatral o cinematográfica. Esas sensaciones se pudieron percibir el jueves último y se podrán experimentar todos los jueves de agosto a las 21 en el CAFF (Sánchez de Bustamante 764).
Se podría decir que el espacio elegido para el ciclo le cabe justo a la propuesta: la intimidad, acústica y oscuridad (por una cuestión estética, porque a los músicos les sobra luminosidad) del CAFF dan un ambiente ideal para disfrutar más de cerca las originales canciones de Puente Celeste y no perderse detalles, gestos y sutilezas. En ese plano, Edgardo Cardozo (guitarra, requinto y voz), Marcelo Moguilevsky (clarinete, clarón, flautas dulces y voz), Santiago Vázquez (percusión, mbira, guitarra y voz), Luciano Dyzenchauz (contrabajo y bajo) y Lucas Nikotian (acordeón y piano) pasan sin despeinarse de un desenfrenado cuelgue instrumental y vocal como “Generala III” a una canción con estructura más “convencional”, como la hipnótica “La noche murmura”, donde los cinco silbaron como pájaros.
Como si el afán fuera romper moldes, no hay líderes en el quinteto. Tres se prestan el micrófono para cantar y siempre pareciera haber horizontalidad. De todos modos, hay diferencias en los tonos: por ejemplo, a Cardozo le queda mejor el registro folklórico y a Moguilevsky, el tanguero. El primero su lució con la bellísima “Milonga del bicho feo” y el segundo con la urbana y nostálgica “No hay después”, bien escoltado por las teclas de Nikotian. En tanto, Vázquez parece encontrar su mejor faceta en todo aquello que se preste a la experimentación.

Una de las primeras de la noche, “El amor”, reveló no sólo la influencia rioplatense, sino que los músicos realmente la pasan bien arriba del escenario. Como niños, le dieron lugar al juego: comenzaron a tocar sus instrumentos lentamente y de a poco aceleraron el ritmo sin dejar que la canción se les fuera de las manos. Un vaivén sonoro. Con el acordeón al frente, siguieron en la línea rioplatense con “Chiquita” y luego mostraron algunas canciones nuevas con aires de tonada mendocina (que recordaban al dúo Orozco-Barrientos). Sin duda, en el versátil viaje musical que propone el grupo conviven desde una suerte de klezmer (“Tal”) hasta una extraña (para nosotros) pieza con aires árabes llamada “Buey”, compuesta por Vázquez e interpretada con un instrumento tan exótico como su sonido. El desafío parece ser siempre uno: correrse de lo convencional. Es decir, mostrar nuevos paisajes y sonidos y que el espectador se movilice, se vaya con la sensación de que no vio algo así antes (o, por lo menos, no todo concentrado en un mismo escenario). En algunos pasajes, la ambientación llega a un grado de dramatismo, excitación o misterio tal que uno imagina que podrían componer la banda de sonido de una película u obra teatral.
Pero cuando uno ya terminó de convencerse de que son de otro planeta, bajan a la tierra y tocan una canción con raíces bien litoraleñas, como lo es “Aire seré”, o una con aroma a jazz, como “Otra vez el mar”. Se nota a la legua que hay libertad absoluta a la hora de componer e interpretar. Sin embargo, en vivo, nada está librado al azar, todo está perfectamente ensayado y cuidado. Ningún cuelgue está de más o desubicado. Ni el del público, que no para de aplaudir. Dicen que las normas de la escritura se pueden romper cuando uno las conoce a la perfección. Si se trazara un paralelismo, Puente Celeste se formó justamente para destruir las de la música.
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