
Con un lenguaje coloquial y fragmentario, la ilustradora de 35 años acaba de publicar su primera novela, LOSER. Celebre en la web, sobre todo, por su blog Treintañera, que alimenta desde 2006, la escritora arriesga: “Hoy la literatura es más terrenal, el lector puede decir ‘esto me puede pasar a mí’ o puede hallar historias de perdedores acordes a la vida real”.
Por Lola Kuperman
Ilustraciones gentileza de R.S.
Buenos Aires, enero 27 (Agencia NAN-2012).-Van a mil. Ella, su libro, su personaje, sus múltiples profesiones, sus objetivos y claro, sus manos. Se hace llamar Robertita Superstar y junto a su nombre, aparece el título de su libro primogénito, LOSER (Interzona). Ella es una perdedora y una superestrella, todo en la misma tapa, al igual que puede ser arquitecta y artista, ilustradora y escritora, mientras se quema la cabeza con la muerte y todo le “chupa verdaderamente un huevo”. De pura cepa bloggera (treintanera.blogspot.com), Robertita decidió documentar su malestar amoroso tras vivir en carne propia un rechazo enmarañado y pausado de un hombre. Con un material tan jugoso para el siglo XXI, escribió su primera novela saltando entre incomunicaciones de MSN, “asistirés” de Facebook y posteos de fotolog. Si bien la relación entre los protagonistas, Robertita y Rolando, comienza y se gesta a través de Internet, la historia es tan universal como la genuina histeria entre un hombre y una mujer.
“Le digo que la naturaleza es injusta, que Lía (Crucet) tiene tanta teta y yo tan poquitito. Al pedo. Me arrepiento de recordarle que no tengo tetas. Capaz es eso lo que no le gusta. Capaz no es nada personal. Sólo que no entro en su targuet. QUIERO ENTRAR EN TU TARGUET, ROLANDO”, escribe Robertita en su novela. Su registro, que incluye uso y abuso de mayúsculas, de signos de exclamación y vocales excitadas y estiradas como chicle, refleja los códigos (o la falta de ellos) entre personas procurando relacionarse en la nueva era.
–¿Cuál fue el puntapié para escribir LOSER?
–Contar, no tan literalmente, algunas cosas que me estaban pasando que no las estaba poniendo en el blog. Si bien es ficción, el personaje se llama Robertita, no me lo contó una amiga. En la mitad de la historia me dije “este pibe no me da bola, ¿qué hago?” y bueno, escribo. Yo me iba divirtiendo y pensé que si yo me reía, podía ser que funcione.
–¿Cómo trabajaste la autoexposición?
–Nunca me dio miedo exponerme, tras cierta cantidad de años de terapia, claro. Lo que más vergüenza me da es que mi papá lea coger. Después, la historia es tan universal, tan que la pasa a todo el mundo todo el tiempo que no me dio pudor.
–¿La historia está fechada?
–A mi me urgía editarla porque el momento histórico es ahora. Aunque no tenga tanto énfasis en los códigos de Internet, tiene que ver con una época, con un espíritu en general. La historia es una excusa, no es una ficción que hable de Internet, si bien ésta trasciende y ayuda, sobre todo a la histeria desgraciadamente.
Su nombre no es Robertita y tampoco estudió letras porque se duerme en los teóricos. Comenzó matemática y finalmente, se recibió de arquitecta en la UBA. Ejerció hasta que su doble vida entre el “robertismo” y la licenciada se enfrentaron. “Cuando tiene que salir el monstruo, sale”, enfatiza y se ríe por la comparación. Los estratos de la conversación se mueven en una especie de tetris. Robertita habla de su paso por el colegio de monjas, mientras afirma que su religión es el psicoanálisis con la misma facilidad que cita los chismes faranduleros. Habla de poses, de guerra de egos y de un movimiento de gente que habla de sí misma en forma descontracturada. La pose en ella, aclara, era la arquitecta.
–¿Le rehusabas a la artista porque tenías miedo de caer en esa pose?
–Siempre fui muy rebelde a desarrollarme como artista y sí, también me parecía ver siempre una pose pelotuda, una cuestión Canal (á). Yo no quería ser así, no entendía por qué hablaban tan pausado y a la vez, me estaba peleando con ese deseo interno que tenía.
–¿Qué camino encontraste para no caer en el estereotipo?
–Tengo una especie de militancia en hacer las cosas como a uno se le ocurre, aunque todos te digan que es una ridiculez. No quiero que nadie me cuente como lo hace, así no tengo su influencia y no siento que soy una trucha.
–En un comienzo, ¿relacionaba lo trucho con la no ficción?
–Claro, al principio yo era súper puritana, todo lo que ponía en el blog tenía que haber sucedido. Cuando versionaba, sentía que les estaba fallando a mis lectores. Después me di cuenta que no tiene que ver con el qué estás contando, sino con el cómo. No es necesario ponerse en un lugar elaborado, si tu forma es rudimentaria entonces es genuino.
–¿Crees que la literatura está suavizando sus límites?
–Hoy existe una búsqueda de cosas nuevas, sin tanto barroco y con otro lenguaje que se está gestando. Quizás sea una literatura más terrenal, donde el lector pueda decir “esto me puede pasar a mí” o historias de perdedores acordes a la vida real.
“Todos tenemos un loser adentro que actúa por nosotros y se va alejando paso a paso del objeto del deseo”, reconoce Robertita y sus manos corren para poder gesticular la oración completa. ¿Será la nueva era la que obliga vivir a mil cambios? Robertita se jacta y lamenta que ella siempre fue así, que nunca pudo hacer sólo una cosa a la vez y que sólo busca una cosa: ritmo. Chasquea sus dedos al compás del dos por cuatro y explica: “Me acostumbré a llevar una vida en la que ya no podés parar: pensar en el pibe, trabajar, dibujar, chatear”.
–¿Sirve el blog como cura para la neurosis?
–Nació por eso, con mis hazañas cotidianas y para contar que la estaba pasando como el orto. Porque si lo escribía, ya me divertía y lo podía ver de lejos. Sin duda, escribir tiene algo de terapéutico, la palabra cura, aunque de ahí a que te cures, hay un largo trecho.
El blog comenzó seis años atrás y está por llegar a su fin, “ya escribí mil veces que viajé en bondi y había una mina que tenía olor”, reseña. “Al principio era la papá caliente, la historia y el dibujo escritos así nomás y sacarlos, después naturalmente empezó a irse el apuro”, explica Robertita mientras toma café con leche en un día de treinta grados centígrados.
Cada entrada en treintanera es ilustrada con un dibujo robertísimo: su estilo es ya inconfundible. Mientras las palabras que teclea la efusiva joven tienden a “quemarle el cerebro al lector”, sus ilustraciones bordean una invitación perfumada a un spa. Retratos, o autorretratos, de una mujer tomando café, posando con anteojos de marco gigante o simplemente sonriendo obligan a equilibrar la balanza entre la locura urbana y la introspección que conviven en Robertita. “Siempre me siento bien dibujando, me queda una calma terrible”, declara.
–Pero, ¿qué es el robertismo?
–Fue el modo en que salieron determinados aspectos de mi personalidad que mantenía ocultos por tener que trabajar como arquitecta y tener que ser una piba seria. Robertita apareció como pseudónimo para el blog y terminó acaparando todo. Es, de algún modo, la exacerbación de mi misma: cuestiones ultrafóbicas y paranoicas que antes tenía que esconderlas un poco para poder vivir en sociedad.
“Es terrible la diferencia entre la seguridad que se vende online y lo que uno es realmente en persona”, reflexiona mientras da cátedra sobre Internet. Crear teorías sea probablemente el puente más sólido entre la loser virtual y la loser real. “Existe una movida de tapar lo peor de cada uno, si escucho un tema de Alejandro Sanz te lo voy a decir y me voy a poner la foto de perfil con mi vieja porque me la saqué, como todos”, dicta la treintañera de flequillo recto y rulos rebeldes que está escribiendo, simultáneamente, en cinco archivos de Word y no para. Por suerte.