Ezequiel Kronenberg y María Ezquiaga le contaron a Agencia NAN de qué está hecho el «clima de intimidad» característico de la banda que integran desde 2002. “El oyente ideal para la música que hacemos es alguien que tenga su sensibilidad y sus sentidos atentos a escuchar”, disparó él. Además, revelaron el secreto de La casa de la noche, su último disco de estudio.
Por Sergio Sanchez
Fotografía gentileza de Rosal
Buenos Aires, diciembre 23 (Agencia NAN-2009).- Hay quienes dicen que escuchar música no sólo es dejar que ingresen sonidos por los oídos, sino permitir que entren en juego todos los sentidos. Y luego el cerebro debe seleccionar los aspectos vitales para la prolongación de la vida. Sí, escuchar música –y consumir otras artes– es necesario para vivir. Y esa es la lógica con la que los integrantes de Rosal entienden la música. “El oyente ideal es alguien que tenga su sensibilidad y sus sentidos atentos a escuchar”, arriesga Ezequiel Kronenberg, guitarrista de Rosal, en una charla con Agencia NAN. “Que pueda meterse de lleno –continúa– en lo que la música tiene para darle, y poner su parte. Ese publico sería un oyente comprometido con lo que está escuchando”, sostiene convencido, como si fuera un investigador alineado a los Estudios Culturales, una teoría que propone romper con el esquema clásico de comunicación (emisor activo-mensaje-receptor pasivo) y en su lugar busca un intercambio de mensajes en el que el receptor sea activo.
— ¿De qué está hecho ese “compromiso”?
Kronenberg: — Creo que es una entrega ante la obra. Rendirse entero con sus sentidos a la música, a que te entre, te cambie; a poder absorberla y que te inspire. Nosotros ponemos mucha dedicación para hacer los discos, y es lindo que alguien lo escuche de lleno y te pueda decir cosas detalladas. Entiendo que cada uno tiene su relación con la música. Hay personas que la escuchan para que les cambie la vida y otras no. Nadie puede obligar a nadie a escuchar la música de determinada manera. Esas cosas no están en nuestro control.
Pero lo que sí pueden los músicos de Rosal es orientar las canciones hacia un lugar, crear climas, generar ambientes. O proponer un relato, como en el último disco, La casa de la noche, un trabajo conceptual publicado hace apenas tres meses que pone el eje en la nocturnidad y que está pensado con un principio, un núcleo y un desenlace. “Un efecto interesante que tiene la noche es que los detalles no se ven con claridad. Ir más profundo produce miedo, no se ve el total, se ven partes. Y la luz apenas empieza a verse al final del disco. Para nosotros, La casa… es un disco de quiebre con los anteriores en cuanto a las letras, la música y el sonido. Las diferencias más notorias son la búsqueda de un sonido más ‘serio’ y que las letras se corren de la autoreferencia. Creo que tiene que ver con una madurez”, explica María Ezquiaga, cantante y líder de la banda de pop que nació en 2002, cuando la artista decidió dar un paso al costado de Baccarat, el grupo de Sergio Pángaro, y crear su propio proyecto solista, más acústico e intimista, pero sin abandonar los sonidos electrónicos.
— ¿Qué huellas musicales hay en Rosal de tu pasado junto a Sergio Pángaro? ¿Y qué aprendiste de esa experiencia?
Ezquiaga: — No creo que Rosal tenga huellas musicales de Baccarat. Creo que Pángaro tiene una visión artística que se refleja en su obra, de la que no puedo decir que sea sólo música, sino que se expande a la escritura y a la vida. De él, aprendí a buscar mi propia mirada, a confiar en mi búsqueda, a atravesar mis críticas y enfrentar mis miedos para construir; a ser clara con lo que quiero decir en las letras y a buscar la rigurosidad en lo que hago. Él fue una de las primeras personas que confió en mí como artista.
De manera independiente, Rosal publicó en 2004 Educación sentimental, del que se desprendió “Bombón”, un tema lindo pero empalagoso que sonó bastante en un comercial de Bon o Bon. Sin embargo, la banda es mucho más que eso: es un proyecto musical que busca calidad y belleza en todos los elementos que la componen: las letras, la dulce voz de Ezquiaga y las melodías. Sin duda, tal combo original la convierte en una banda con un gran presente y mejor futuro dentro del rock alternativo.
— ¿Buscás una armonía entre música y letra?
E: — En La casa de la noche muchas letras fueron escritas junto a Guadalupe Gaona, por lo cual es difícil que la música refleje exactamente lo que quiso decir el otro que escribe. Generalmente, eso produce un efecto interesante: llevar las palabras hacia un lugar diferente con la música. En otras canciones escritas por mí surgen la música y la letra a la vez. Allí, están unidos el clima de la melodía con las palabras. Luego está el aporte de la producción que de por sí le agrega algo que la canción no tenía.
— ¿Cómo se consigue el clima de intimidad?
K: — Eso nace de las canciones de María y algunas letras de Julieta (Ulanovsky), quien escribió con un tono más humorístico en los primeros discos. En el último hay más temas de todos, de María sola y junto a Guadalupe Gaona, que escribe poesía. Pero la búsqueda en sí la dictan las canciones de María. No es que está primero la búsqueda y luego la canción. La primera surge a partir de lo que propone la segunda. Y la mejor forma de potenciarla es acompañándola con la música de esa manera.
— ¿Y todos componen?
K: — En los primeros discos, ella componía más con Julieta y traía los temas casi cerrados. En el tercero hay temas míos. Y ahora se sumó Guadalupe. Pero no nos juntamos todos a componer. Generalmente María trae los temas cerrados y entre todos hacemos los arreglos.
— ¿Rosal funciona como una banda o más como un proyecto solista con músicos?
K: — En algunos momentos más y en otros menos, pero siempre trabajamos como una banda con roles bien definidos. O sea, Rosal es inconcebible sin María, pero concebible sin algunos músicos. Y no al revés. En mayor o menor medida, no somos una banda democrática al ciento por ciento, porque no todos tienen el mismo nivel de opinión y participación. Pero no es un proyecto solista.
— ¿Y cómo trasladan su música al vivo?
K: — La idea del vivo es potenciar más los elementos que están en los discos. El disco es una situación ideal en la que tenés el control absoluto de todo, en el estudio. Pero en el vivo eso no sucede, entonces tratamos de tomar elementos y potenciarlos para que lleguen de una manera más directa, más dramática. Tiene que ver con elegir algunos elementos fuertes de la canción y tratar de llevarlos al máximo. Es decir, pensamos los shows como un viaje con muchos contrastes, con cosas efectistas, no como algo plano ni lineal.
Luego de la disolución de la formación inicial y el paso por la banda del tecladista y actual solista Mauro Conforti en 2006, se sumaron Martín Caamaño en guitarra y Juan Jacinto en batería. Con la fusión de esos integrantes llegaron los sucesores de Educación Sentimental: Rosal (2004), Su majestad (2007) y el reciente La casa de la noche, producido por Kronenberg y distribuido por PoP Art.
— ¿Cómo se manejan con el sello discográfico?
K: — Tenemos un gran apoyo. Nos sentimos privilegiados, en el sentido de que no nos quita nada de libertad de acción. Es una situación bastante ideal. Las decisiones artísticas no se ven perjudicadas. No podemos imaginarlo de otra manera, y los shows siempre los organizamos nosotros, excepto que toquemos en algún festival como el Personal Fest o cuando nos llaman para un ciclo en el Konex. Pero generalmente preferimos armar nosotros los shows. A veces da mucho mas trabajo, pero de esa manera ponemos un montón de condiciones que para nosotros son necesarias.
Sin embargo, el guitarrista lomense analiza: “Más allá de la ayuda económica que te puede dar un sello discográfico, hay miles de métodos de difusión que usan que quedaron un poco obsoletos, sobre todo en el largo plazo. Me parece que es mucho más difícil ahora imponer un artista nuevo con una difusión agresiva. Desde el punto de vista que está probado que no necesitás una publicidad convencional para que la gente vaya a tus shows o escuche tu música. Tiene que ver con algo que está en el aire. La gente se deja llevar por su intuición y necesidades, y no por imposiciones externas para descubrir la música y los artistas que le gustan. Además, las cosas caen en el momento en que tienen que caer.
— ¿A qué te referís con que “las cosas caen en el momento que tienen que caer”?
K: — Quiero decir que un artista que alguien trata de imponer tal vez puede funcionar este año pero después lo van a quemar y es probable que quede en el olvido. En cambio, cuando la gente descubre algo por sí misma tiene muchísima más fuerza y valor. A la larga, es mucho mejor para el artista operar desde ese lugar: confiar en que la gente, cuando realmente necesite su música, lo va a tomar y si no lo necesita, no. Es algo muy bueno que pasa y que le prueba algo al sistema que tenemos. Es como que dejan una marca inspiradora y enseñan que se puede sin todo ese aparato. A la música y a cualquier arte no lo podés tomar como una cuestión de hacer esfuerzo y trabajo para llegar, porque eso es absurdo. El único esfuerzo o trabajo que podés hacer es mejorar tu música, poner tiempo y amor para preparar un disco. Si hay algo bueno que puede pasar es que realmente podemos relajarnos y saber que la música va a llegar, como a través de internet, uno de los espacios donde parece que está democratizado el acceso a la música. Los medios todavía no optaron por difundir la música under masivamente. Pero también la música under le demostró a los medios que podía difundirse de otra forma y funcionar igual.
La escena pop independiente
La (casi) primera década del siglo XXI trajo una nueva escena integrada por bandas y solistas autogestionados de pop-rock vinculados con expresiones folclóricas locales y ritmos latinoamericanos que comparten ciclos organizados por espacios culturales recurrentes, como Ciudad Cultural Konex, el Centro Cultural de la Cooperación (CCC) o Club Atlético Fernández Fierro (CAFF). En rasgos generales, dentro de ese movimiento aparecen artistas como Lisandro Aristimuño, Gabo Ferro, Pablo Dacal, Juan Ravioli, Flopa, Alvy Singer, Hamacas al Río, Onda Vaga, Lucio Mantel, Tomás Lebrero y Rosal, entre muchos otros. Sin embargo, la banda liderada por Ezquiaga plantea cierta distancia. “No nos sentimos tan adentro de una escena. Aunque compartimos escenario con esas bandas desde el principio, nunca terminamos de entrar a un movimiento. En todo caso, con la persona con la que más compartimos shows y nos sentimos identificados musicalmente es Lucas Martí”, remarca Kronenberg, pieza fundamental en el sonido experimental de Rosal.
— ¿Por qué considerás que comparten escenario con esos artistas?
K: — Si compartimos escenario con alguien es porque tenemos afinidad musical, no por tener en común una forma de autogestionarnos. Consideramos que la autogestión en sí misma no es un elemento suficientemente fuerte como para generar un movimiento. Porque lo que nosotros hacemos es música. Entonces, si compartimos escenario con alguien es por términos musicales, no por estar en una situación parecida. Los escenarios en los que tocamos tienen que ver con un devenir que nos excede, no es que siempre elegimos tocar en el CCC. Y en el caso de los movimientos, no sé hasta que punto hacen crecer algo, sino que en algún punto tienen algo de cierre, limitan. El hecho de englobar en un movimiento a un artista es un poco matarlo. Sin englobarlo o encasillarlo tanto, permitís que cada cosa tenga un desarrollo más personal, infinito, sin preconceptos. Considero que es mucho más rica la relación que se puede producir entre un músico y un oyente, si alguien profundiza en algo.
— Pero lo cierto es que un artista te lleva al otro, es como una red…
K: — Eso es algo que ocurre mucho, más allá de que exista un movimiento o no. No sé hasta qué punto esa unión entre bandas es tan fuerte. La verdadera comunión entre los músicos es más que nada musical. Y me parece que la fortaleza la logra cada uno con su mensaje original y personal.
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